domingo, junio 28 2026

HAREMOS UNA ROTONDA by Francisco Javier Fernández

— Haremos una rotonda- dijo el concejal de urbanismo mirando aquel árbol inmenso que había emergido en la confluencia de la avenida de la Constitución con la de la Costa-. Sí una rotonda con el árbol en el medio.

— ¿Otra?- gritó el concejal de movilidad-, ¡qué vicio! Lo que hay que hacer es el gran bulevar que lleva reclamando esta calle desde hace años- señaló a la avenida de la Constitución-, que baje desde la rotonda del Foro hasta aquí y se una con la Plaza de Europa. Necesitamos que la gente pueda subir hasta el Corte Inglés paseando, libre de humo, respirando el aire puro que den los otros árboles que pongamos en él.

— ¿Podéis dejar de decir tonterías?- cortó en seco la alcaldesa los proyectos que bullían en la cabeza de los concejales- O es que no veis que el arbolito- dijo con sarcasmo mientras señalaba el extraño árbol que había surgido repentinamente en la intersección de ambas avenidas-, está rodeado por una valla y que una unidad especial del ejercito ha venido desde el acuartelamiento de Cabo Noval a tomar el control de esto; que la policía está aquí de relleno; y que los que se acercan al tronco van vestidos de astronautas, con sus traje encapsulado; ¿cómo ha dicho Vicente que se llaman?

— NBQ- se oyó decir a la mano derecha de la corregidora

— Eso, NBQ: Nuclear, Biológico y Químico. Aquí, en unas horas, vamos a pintar menos que un niño con un rotulador sin punta- señaló con resignación.

Todos tragaron saliva conocedores de la realidad que su jefa les había dibujado. Alguno aún trato de ganarse algún punto protestando y diciendo que quién mandaba en la ciudad era su alcaldesa, elegida por la mayoría de sus ciudadanos, aunque cortaron la perorata por la mirada reprobadora de ésta.

Aquel árbol había surgido de la nada, eso era lo único que sabía el equipo de gobierno de la ciudad. Los informes de la policía municipal hablaban de una noche anterior sin problemas, con una circulación fluida, pero que al amanecer, el coche patrulla 66 se había encontrado con la presencia de aquella maravilla de la naturaleza, de especie desconocida, que se elevaba hacia el cielo con una gran copa llena de fuertes ramas y hojas.

En un principio el mando superior de la policía municipal había ordenado acordonar la zona y desviar el tráfico por las calles paralelas. Luego había informado al concejal de seguridad ciudadana y este a la alcaldesa. Mientras esto sucedía, la policía nacional hacía lo mismo con el gobernador civil y este transmitía lo ocurrido a Madrid, desde dónde el protocolo de emergencia nacional había ordenado que el ejército tomase el control de la situación, en espera de los especialistas de CSIC.

De repente, de entre las raíces gruesas que emergían de la tierra para volver a hundirse en ella buscando el alimento necesario, comenzó algo a moverse. Y una figura apareció llena de barro y tierra. Era un niño, de unos once añor, de color indefinido, con la cara redonda y el pelo de color paja, que iba desnudo y con sus genitales ocultos bajo una hoja de color marrón anaranjado.

Todos aquellos que estaban cerca del árbol huyeron ante su presencia. Los militares se refugiaron detrás de un parapeto de protección que ellos habían instalado dentro la zona vallada y algunos apuntaron sus armas hacia la figura. El niño los miró a todos, girando trescientos sesenta grados y fijando la mirada de vez en cuando en algún punto. Una de esas veces pareció mirar al grupo de la regidora, que mordió con fuerza su labio inferior, casi hasta hacerse sangre, y la hizo temblar. A su lado el concejal de urbanismo buscó refugio de esa mirada tras un anuncio de Beefeater que tenía próximo.

Luego, un hombre desnudo, con los mismos rasgos que el niño, surgió de entre las raíces, y rápido subió a la copa usando las rugosidades de la corteza. Tras él una niña, idéntica al primero aunque menor en edad, sacó la cabeza y al salir estiró los brazos con fuerza surgiendo una luz de su cuerpo que cegó ligeramente a los que más cerca estaban. Finalmente, una mujer salió enseñando sus pechos y su desnudez, cosa que hizo a muchos murmurar. Ella sonrió y les saludo moviendo la mano, aunque parecía temerosa. Luego aplaudió y dijo algo a los dos niños. El pequeño se acercó al tronco y se puso a orinar y la niña se ocultó entre las raíces para hacer lo mismo. Cuando el hombre hubo bajado de entre las ramas, las cuatro figuras se quedaron mirando a lo puntos cuatro puntos cardinales, movieron las manos y dijeron en un perfecto castellano: Adiós; a lo que los presentes respondieron al unísono por no ser maleducados. Más tarde se introdujeron por la apertura por donde habían salido.

Al desaparecer las figuras, el silencio se adueñó de la confluencia de las Avenida la Costa con Avenida Constitución. Se oyó el graznido de una gaviota y el pitido de algún coche en la lejanía. Nadie se movía ante la expectación de lo próximo que iba a ocurrir. Entonces vibró la tierra, el viento se levanto y las hojas de todos los árboles del la Plaza Europa comenzaron a rozarse produciendo un ruido de fricción que se transmitió por resonancia al árbol. Este comenzó a temblar como si quisiese responder a sus hermanos en su lenguaje. Y vibró cada vez más y cada vez más, hasta que comenzó a elevarse, despacio, arrancando adoquines, asfalto y soltando los grandes trozos de tierra y barro que había agarrados a sus raíces, que se iban lentamente retirando dentro de sí mismas. Fue cogiendo altura y velocidad, entre una lluvia de hojas verdes que llegaban marchitas al suelo, hasta que se hizo difícil verlo.

El cielo lo acogió en ese azul tan esperado tras un año de lluvias. Lentamente desapareció y el alma de los presente se llenó de la congoja que la pérdida de algo querido te produce.

Nadie entendió esa sensación. Pero lentamente, cabizbajos, los vecinos de la alcaldesa volvieron a sus quehaceres. Los militares acordonaron la zona con más intensidad que antes y los hombres vestidos con NBQ volvieron a sus mediciones y toma de muestras.

— ¿Qué ha pasado?- Le preguntó en voz baja el hombre de confianza a la regidora.

— Pues que eligieron esta ciudad para repostar, descansar y hacer pipi antes de continuar viaje- contestó ésta mientras dirigía sus pasos hacia la alcaldía y con un gesto de fastidio se alejaba de dos concejales que discutían, tras un anuncio de Beefeater, por cómo aprovechar el socavón dejado por el árbol-ovni, si poner una fuente en una rotonda o en un gran bulevar.


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