Arquitectura del siglo X al XX en el reino de león
NACIMIENTO DE LA ARQUITECTURA UNIFICADORA DEL SIGLO X ROMÁNICA
Arte visigodo en España (Origen y características del arte visigodo)
LA CONSTRUCCIÓN VISIGODA DE LA ARQUITECTURA RELIGIOSA.
3.- SAN PEDRO DE LA NAVE EN ZAMORA
Sin que se disponga de una inscripción fechada, como ocurre con San Juan de Baños, a San Pedro de la Nave hemos de datar a partir de sus propios elementos constructivos y de la calidad de ejecución de los mismos. Esta construcción es ya una obra puramente visigoda, con sus capiteles y elementos labrados y ejecutados para ella. Sus muros labrados con sillares medianamente grandes, bien aristados y aparejados a hueso en hiladas completas de cabezas o tizones sobre hiladas a soga, probablemente responden al mejor momento de la construcción visigoda en España, que debió coincidir con el último tercio del siglo VII, y por ello, la tendremos como de ese momento histórico.
Quedó emplazada a la orilla de un remanso del Río Esla, a unos 20 Km. de Zamora. El año 1932, con motivo de la construcción del embalse que hoy ocupa dicho lugar, se trasladó la construcción a una pequeña meseta en Campillo de Arenas, en la misma provincia. Las obras de dicho traslado fueron encargadas al arquitecto Alejandro Ferrant, que realizó un trabajo minucioso y modélico.
Del esmerado traslado, la iglesia quedó limpia de las pobres construcciones domésticas que se habían pegado a ella y de la espadaña moderna que se le había incorporado como campanario. Asimismo nos quedó una buena documentación gráfica y otros datos nada conocidos hasta entonces, tales como que los visigodos habían utilizado, en ocasiones, llaves internas de madera para enjargar o unir dovelas y otras piedras de la fábrica, entre sí.
La planta de San Pedro de la Nave quedó perfectamente definida por Lampérez en las páginas 186 y siguientes del tomo I de su «Historia de la Arquitectura Cristiana en la España Medieval«. Nosotros no la transcribimos aquí por no alargarnos excesivamente en ello. Junto con Santa Comba de Bande, su planta responde a la tipología que hemos definido como de espacio central cruciforme, inscrito en un rectángulo. Sobre un rectángulo que exteriormente dispone de unas dimensiones, muy próximas a los 17,00×11,00 m2., se superpone la planta de cruz, de manera que la nave transversal, que se orienta en la dirección Norte-Sur, divide al rectángulo en dos zonas claramente diferenciadas. La parte occidental se ordena con forma basilical de tres naves, en tanto que en la parte oriental, bastante más compartimentada, se instalan, fuera de los brazos de la cruz, celdas para los monjes residentes. Esta parte delantera de la iglesia resolvió todos sus espacios mediante bóvedas de cañón corrido, ligeramente peraltado sobre sus arranques.
Los brazos de la cruz que conforman el transepto traspasan al rectángulo, adelantando sendos vestíbulos en sus extremos, ya que en cada uno de ellos se sitúan entradas a la iglesia. Igual ocurre con el brazo de la cruz que resuelve la cabecera del templo, en cuya prolongación se sitúa el santuario o capilla mayor, que se manifiesta limpiamente al exterior.
La nave central, que dispone de 3,40 m. de ancho, se separa de las laterales por una arquería de tres vanos, resuelta por arcos de herradura sobre pilares cuadrados. El crucero, como resultado de la intersección de la nave central con la transversal que dispone de 3,20m. de ancho, presenta, en planta, una superficie de 3,40×3,20 m2., aunque a la altura del cimborrio, genera un espacio de planta cuadrada. Para ello, los arcos laterales de herradura o paralelos al eje principal de la iglesia, se adelantan sensiblemente respecto a los muros de su nave central, aprovechándose de los fuertes cimacios, o impostas, colocados sobre las columnas del crucero.
Mucho se ha hablado y escrito desde que Vicente Lampérez describió esta diferencia de 20 cm. entre los lados del rectángulo, achacándolo a un error de replanteo, llegando a decirse, por otros historiadores, que ésta fue la causa de que la construcción se parase y se buscarán nuevos constructores que la continuasen. Esta y otras conjeturas se han hecho en relación con ese hipotético error de replanteo que nosotros no compartimos, o no concedemos tanta importancia, ya que no encontramos nada justificada la tinta gastada en la en la polémica, ni siquiera admitiendo que el crucero se cubriera con bóvedas de aristas. Admitiendo que lo fuere, un error dimensional de esa magnitud se puede encontrar en cualquier obra, y durante su ejecución, se asume y corrige, como aquí, sin mayores tribulaciones. La iglesia de los Santos Sergio y Baco de Constantinopla, que puede tenerse como la construcción peor replanteada de la Historia, resuelve su deambulatorio, lugar donde se acumulan todos los errores, mediante bóvedas de aristas, sin mayor respeto al cuadrado.
Por otro lado, que la anchura de la nave central sea mayor que la de la nave transversal ha sido siempre, no sólo frecuente, sino lógico, y siempre se ha articulado alguna solución constructiva para pasar al cuadrado o al círculo de arranque de la bóveda o cúpula. En San Pedro de la Nave, para cuadrar el espacio del cimborrio, si se quería perfectamente cuadrado, hubiese bastado con mantener los arcos laterales en el plano del muro y volar, por encima de la coronación de los arcos, una cornisa, y sobre ella, adelantar el muro del cimborrio. Esta solución se ha usado en múltiples ocasione
También, en relación con este mismo problema, se ha dicho que las cuatro columnas del crucero y sus correspondientes cimacios decorativos, fueron introducidos como consecuencia del citado error de replanteo. Con toda seguridad, son estas cuatro columnas, con sus preciados capiteles de traza bizantina y labra visigoda, y los cimacios que sobre ellas se colocan, como impostas decorativas de los cuatro grandes arcos de herradura, los elementos que han dado a la iglesia su reconocimiento y mayor belleza. Por ello, entendemos que si el proyectista, o constructor, entendió el rectángulo como problema, la solución que encontró para la transición de la forma rectangular de la planta del crucero, al cuadrado del cimborrio, fue genial y no cabe, en lo sucesivo, hablar de error. Al menos nosotros no lo haremos, y la entenderemos como una de las soluciones que, tomadas en la obra, completan al proyecto.
Los muros se conforman por medio de una sillería bien escuadrada y aristada, colocada en hueso. Como hemos dicho, hiladas completas de sogas sobre hiladas completas de tizones, aunque frecuentemente encontramos un tizón entre las sogas, en razón de la corta dimensión del muro, por el compromiso de estabilidad en la esquina y por el lógico aprovechamiento de la piedra. El encaje de los sillares es tan perfecto que Lampérez llega a calificar a la sillería como «de obra romana». Toda la construcción parece responder a un módulo de 80 cm., coincidente con el espesor de los muros y con la longitud mayor del sillar. Como una constante de la arquitectura visigoda, encontramos, en esta construcción, la falta de traba o adarajas entre los muros perpendiculares y el muro perimetral en el cual entestan.
Las columnas son monolíticas, de mármol y hechas para esta construcción. Se puede decir que en San Pedro de la Nave se encuentran los más bellos capiteles de la construcción visigoda. De traza bizantina, tronco piramidal invertido, aire oriental y labra visigoda, muestran figuras bien recortadas sobre un profundo plano neutro. Estos capiteles, reflejan motivos bíblicos, como el sacrificio de Isaac o Daniel en el foso de los leones. No menos potentes y ricamente labrados con roleos vegetales, son los cimacios de estos capiteles, que conformados por una gruesa losa cuadrada, se prolongan, adentrándose fuertemente en los muros, sirviendo, además, de impostas del arco triunfal y del crucero.
En general, los arcos son de herraduras, de claro trazado visigodo, con salmeres compartidos y muestran una junta en clave. Es decir, sin dovela de clave, o de doble clave, como ya los hemos descrito al estudiar la iglesia de San Juan de Baños.
En la mitad oriental, todos los compartimentos incluyendo el transepto, están abovedados por medio de cañones circulares peraltados. El crucero debió estar cubierto con bóveda de aristas. Como ocurre con algunos de los arcos de la nave central, buena parte de las bóvedas se completan, a partir de los riñones, con obra de ladrillo. Lampérez, en la descripción del monumento, que es anterior al traslado llevado a cabo por arquitecto el Ferrant, afirma que sólo la obra pétrea es visigoda, ya que fue este el único material que empleó esta construcción, y que todas las partes de ladrillo que, para entonces, completaba a los arcos y a las bóvedas, eran debido a restauraciones posteriores. Obviamente, nosotros así lo entendemos. También son de ladrillo, las obras que, con dicho material cerámico y buen criterio, introdujo y marcó claramente la restauración de Ferrant, y que como obra nueva realizó entre otros elementos, el cimborrio, toda la cubierta y la apertura de la puerta de entrada por la nave principal, la la cual había estado cegada durante mucho tiempo.
La cubierta que como hemos comentado es nueva, debe mantener un total acercamiento respecto a la de la construcción inicial, y esto hace que la imagen final, o su volumetría, deba ser muy próxima a la que debía presentar la iglesia cuando se consagró. Resuelta como la de San Juan de Baños, responde a la tipología de «par e hilera» con tirantes. Estos últimos, colocados bajo pares alternos.
La decoración de San Pedro de la Nave se reduce a la labra decorativa de los capiteles y de los potentes cimacios. También siguiendo las descripciones de Vicente Lampérez, en su obra ya citada, los trabajos de la talla de la piedra se han clasificado en dos grupos, o categorías. La primera, que el indudable maestro califica de «degenerada» o de la escuela bárbara, corresponde al trabajo más tosco, dentro del cual sitúa al capitel de Daniel en el foso de los leones. En la segunda, que dice de influencia claramente bizantina, cargada de motivos orientales y de talla más fina, encajaría los roleos de aves y el capitel del sacrificio de Isaac. Nosotros que no nos sentimos capaces de establecer diferencias tan claras, sólo queremos comentar que es posible que el trabajo se desarrollará por dos o más cuadrillas distintas, dado que fue normal, en este período, la existencia de cuadrillas especializadas itinerantes, no sólo en el trabajo de la talla, sino en muchas otras labores artísticas.
4.- SANTA COMBA DE BANDE, EN ORENSE
Esta pequeña iglesia gallega, de clara construcción visigoda, levantada probablemente hacia mitad del siglo VII en honor de Santa Columba, presentaba en su planta original un trazado muy similar al de la planta de San Pedro de la Nave. Es decir, planta cruciforme inscrita en un rectángulo, en cuyos espacios externos a los brazos de la cruz, se disponían las celdas que debieron ocupar monjes ermitaños. La única diferencia de la planta inicial, respecto a San Pedro de la Nave es que, en este caso, no dispone de planta basilical de tres naves.
La desaparición de las alcobas que rodearon a la cruz, dejó a la iglesia con un aspecto menos monumental, probablemente más delicado y rural. Sus muros se levantaron con grandes sillares de granito en una sillería bien labrada y aparejada. Acorde con la práctica de la construcción visigoda, los muros perpendiculares a los perimetrales se entestan sin trabas o con ausencia total de enlace o sillares de enjarjes.
Se trata de una construcción abovedada, con cañones de medio punto en el ábside y en los brazos de la cruz. En estos últimos, las bóvedas son ahora de ladrillo, probablemente producto de algunas de las reconstrucciones posteriores. Dispone de arco triunfal de herradura, de dovelas muy irregulares, descargando en pares de columnas, a la entrada del santuario. Estas columnas pareadas, marmóreas y monolíticas se adornan con capiteles corintios de toscos acantos, muy cortos o poco desarrollados. Sobre ellos se colocan los cimacios o impostas del arco del ábside, común a los pares de columnas y decorados en espiga o en zigzag. El crucero se resuelve mediante bóveda de aristas sobre arcos circulares, de dovelas regulares. Hoy esta bóveda está construida en ladrillo, como las bóvedas de cañón de los brazos de la cruz.
La iglesia ha tenido varias reconstrucciones y como consecuencia de ellas, su volumetría es muy distinta a la que debió presentar inicialmente, mostrando ahora un aspecto bastante rural y asimétrico. La decoración es muy escasa, pues aparte de los capiteles y de los cimacios ya descritos anteriormente, sólo una decoración de soga o de cordón trenzado recorre al crucero. La espadaña que se alza sobre el muro de fondo del pórtico de entrada, debe ser también un elemento extraño a la construcción primitiva.
5.- LA DECORACIÓN DE SANTA MARÍA DE QUINTANILLA DE LAS VIÑAS (BURGOS).

Santa María de Quintanilla de las Viñas, en la provincia de Burgos, es probablemente la última construcción visigoda del siglo VII. Se tiene, con acierto, como una obra tardía del período que estamos estudiando. Debió tener una pronta reconstrucción, hacia primera mitad del siglo VIII, en la que quizás fuese terminada la obra que hoy conocemos, según se deduce de algunos documentos de finales del siglo IX e incluso de algunas inscripciones realizadas sobre algunos capiteles, probablemente en la citada restauración.
De esta importante basílica que pretendía aglutinar la gran población que se afincaba en el valle de la Peña de Lara, sólo queda parte de la cabecera. Es decir, la capilla mayor y parte de la nave transversal, y es, más que probable que, la iglesia no llegara a terminarse e incluso que buena parte de los muros del cuerpo basilical no alcanzarán su coronación.
La planta responde a una cruz latina con una nave transversal que se prolongaba con dos capillas rectangulares en ambos extremos. El cuerpo principal de la basílica de la que sólo queda su cimentación, parece querer retomar la propuesta paleocristiana, en la que la nave central tomaba un ancho doble del que tomaban las naves laterales. El trazado de esta parte del templo puede apreciarse aún sobre el terreno, donde todavía se mantiene el arranque de los muros. En la parte oriental del transepto sobresale la capilla mayor, a modo de ábside cuadrado.
Los gruesos muros de la capilla mayor y del transepto responden a una sillería muy ordenada y decorada. Esta fábrica de grandes sillares totalmente escuadrados y asentados a hueso, mantiene perfectamente sus hiladas y, su aparejo, alterna hiladas completas de sogas con hiladas de tizones de testas perfectamente cuadradas. La altura de las hiladas se mantiene muy regular y próxima a los 50 cm. Entre estas hiladas de sogas y de tizones, se interponen hiladas decoradas con roleos de tallos, de forma que, sobre el frente exterior del ábside, se manifiestan, a distintas alturas, como tres frisos planos que rompen la sobria monotonía de la potente cantería.
La iluminación de este cuerpo de cabecera de la iglesia se resuelve mediante un conjunto de altas ventanillas abocinadas por el interior, que se asoman al exterior como finísimas saeteras, mostrándose como graciosas y larguísimas rendijas verticales de la sillería.
En la cara occidental de la construcción actual puede verse como entestando, sin ningún sillar de traba, se cerró el espacio del transepto que comunicaba a éste con la nave central de la basílica, probablemente con los mismos sillares que componían la fábrica de los muros inacabados de las naves.
La cubierta que dispone hoy la parte construida, supone un trazado un tanto extraño y no responde, en nada, a una forma ortodoxa en relación con la planta en «T» de la construcción. Lo artificioso de la construcción de esta cubierta, sin hoyas y pares leñosos, se hace más visible desde el interior del transepto. De un pabellón a cuatro agua, con cumbrera transversal al transepto, se descuelgan o prolongan los medios faldones delanteros para cubrir los cortos brazos de la nave transversal, de forma que los muros tuvieron que recortarse, en su coronación, en pendiente, lo cual genera una cierta desorganización de la fábrica en la parte alta de los muros. Otro tanto ocurre como consecuencia de esta forma de los faldones de las alas del transepto en el alero, resuelto con cortos canes en esviaje.
Sin duda, el mayor valor de Santa María de Quintanillas de las Viñas es la delicada decoración pétrea de su exterior e interior. Esta es la razón, intencionada, del título con el que se ha enunciado este punto. Los tres frisos exteriores a que hemos hecho referencia y que se disponen alternadamente a otros tantos niveles de la sillería, están labrados con magistral perfección sobre la piedra colocada. En el primero o más alto, los roleos de sogas alojan cuadrúpedos animados. Los roleos del friso intermedio, donde algunos, inacabados, muestran sólo su sólido capaz, se constituyen en impostas de las delgadas ventanillas y muestran pavos y otras aves, así como flores de seis pétalos radiales y anagramas cristianos. En el friso más bajo, como ocurre en la arquivolta del arco triunfal, un tallo ondulado va organizando la decoración floral, que aloja en sus ruedas: árboles, racimos de vid y lirios o azucenas. Es posible que por Santa María de Quintanillas de las Viñas pasaran más de una cuadrilla de maestros canteros, como fue habitual en estas construcciones; no obstante, la identidad de los trabajos es muy coherente.
En la decoración interior, los meandros vegetales de la potente arquivolta que acabamos de describir, parecen contagiarse de la suavidad de las curvas de los ángeles que sostienen el medallón de Cristo, en los fuertes cimacios del arco triunfal. Estos cimacios descansan directamente sobre las monolíticas columnas, sin que medie capitel alguno. De igual categoría, han de considerarse las metopas labradas en bajo relieve que reflejan las figuras de los apóstoles que encontramos, en exposición, en el interior del monumento y que constituyen dos joyas de la iconografía figurativa del arte visigodo español.
6.-LA MARTYRIA DE SAN FRUCTUOSO DE MONTELIOS EN BRAGA (PORTUGAL).
En Portugal, entre otras muchas iglesias de este período, son dignas de destacar San Giao de Nazaré, cerca de la actual Caldas de Rainha; San Pedro de Balsemao, al Sur de Vila Real y San Fructuoso de Montelios, al Oeste de Braga. Las dos primeras podrían tenerse, por su planta, como iglesias del tipo de San Pedro de la Nave o más exactamente como del de Santa Comba de Bande, que ya hemos estudiado. Nosotros, para no alargarnos más en este capítulo, sólo nos detendremos, dada su singularidad, en reseñar algunas peculiaridades de San Fructuoso de Montelios, que a pesar de construirse cuando ya se había superado la primera mitad del siglo VII, pues se tiene como del año 660, parece una construcción romana, o bizantina, más que visigoda.
Esta construcción cuya planta puede responder al arquetipo del Mausoleo de Gala Placidia, e incluso al de los mausoleos de los emperadores romanos de Constantinopla, fue mandada a construir, próxima a la costa, por el propio obispo Fructuoso de Braga. Es muy posible que cuando decidió su construcción estuviera pensando en su propio martyrión. No obstante, antes de su muerte, que ocurriría cinco años más tarde, pidió no ser enterrado en el interior de la misma, sino junto a ella. El año 1932 sufrió una restauración, de la que según el arquitecto D. Manuel Gómez Moreno, y el profesor Helmut Schlunk, quedó muy alterada.
La planta es una cruz griega con espacio centralizado y capillas circulares en tres de sus brazos, siendo en realidad, el edificio, una sala cupulada con vestíbulo y tres exedras o alcobas. El espacio central cuadrado puede tenerse como un crucero, que se cubre con cúpula esférica sobre cimborrio y cortas pechinas, quedando el sistema sostenido por cuatro arcos de herradura. Estos arcos traspasados son apeados por la solución bizantina, que ya se aplicó en Los Santos Sergio y Baco y en Santa Sofía, del tímpano perforado por tres arquillos, aquí, también de herradura, siendo el del centro ligeramente mayor que los colaterales. Este juego de arcos se descarga mediante dos columnillas lisas y monolíticas, dotadas de capiteles corintios.
Dentro de las capillas circulares se disponía un espacio central rodeado de un deambulatorio, a modo de baldaquino, cubierto con pequeña cupulilla sobre columnas, cuatro en las capillas laterales, y seis en la capilla del fondo.
El friso que recorre las impostas de las pilastras de los arcos de herradura, con apeo tripartito sobre columnillas de basa ática doble tórica del crucero de San Fructuoso de Montelios, no es sino un despliegue plano de la rica decoración de sus propios capiteles, con sus tres niveles de acantos cincelados. Esta bella talla puede tenerse como una joya de la labra en piedra.
El hecho de que, exteriormente, el muro, se quiebre creando cortos nichos o rehundidos de arcos ciegos, así como que se dispongan serios frontis en sus fachadas frontales, pone a la construcción más cerca de dichos arquetipos

@Pippo Bunorrotri.
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