Leía con fruición Construir al enemigo, de Umberto Eco (descubierto para mí hace escasos meses y rápidamente situado en los primeros puestos de mis preferencias), cuando me topé con una frase descontextualizada e inconexa de James David Vance, conocido en España por su candidatura a la vicepresidencia de Estados Unidos junto a Donald Trump. ¿Qué relación podría establecerse entre el ínclito italiano y el político conservador? Sin haber leído su autobiografía puedo garantizar que la obra del estadounidense se sitúa a eones de distancia de Eco. La trayectoria contrastada del segundo, su labor como filósofo, semiólogo y novelista a lo largo de décadas de dedicado estudio y entrega a la palabra escrita difiere en mucho de la hagiografía de Vance, texto del que solo he leído algunos fragmentos. Así y todo, estoy en disposición de establecer un juicio, pues voy conociendo en profundidad la producción del escritor transalpino y he decir que está más allá de las posibilidades de la mayoría de autores.
Pero esto no responde a la pregunta inicial, ¿cómo es posible establecer un vínculo entre los dos individuos señalados? Volviendo a la cita de Vance, aseveraba en uno de sus mítines frente a enfervorecidos republicanos que el enemigo son los profesores. Así de primeras sigue sin quedar clara la conexión por mucho que el título del ensayo de Eco haga referencia al concepto empleado por el político. Cabe, por tanto, aclarar el sentido del epígrafe elegido para denominar al conjunto de charlas ofrecidas por el italiano en distintas instituciones. La primera reflexión hace precisamente referencia al encabezamiento de la obra mencionada, pues, estando por Nueva York con motivo de alguna colaboración, tuvo que tomar un taxi. La cuestión es que entabló relación durante el breve trayecto con el conductor, un pakistaní con especial interés por mantener una escasa conversación mientras llegaban al destino. Después de varias preguntas y aclarar el origen europeo de su pasajero siguió profundizando en el conocimiento de su cliente al preguntar que quiénes eran los enemigos del pueblo italiano. El filósofo se afanó por explicar que en la actualidad tampoco podría hablarse de un enemigo concreto, pero esto no terminó de convencer al chófer al considerar que toda comunidad necesita de su némesis para concluir la construcción de su propia identidad.
Este choque de mentalidades, que bien mirado no es tan ajeno como podría parecernos, pues la dialéctica amigo-enemigo ya fue explotada por la obra de Carl Schmitt, es donde se localiza la clave para entender la sentencia del republicano. En su caso, es necesaria la reafirmación identitaria de su votante y, por este motivo, añaden a la pléyade de ilustres antagonistas la figura del profesor. Aquí es imprescindible un alto en el camino, pues podría parecer que los republicanos, máxime desde la llegada de Donald Trump, cuentan con un grupo bien nutrido de contrarios. Para empezar, y aunque parezca paradójico en una nación construida sobre flujos migratorios, la primera diana se sitúa sobre los inmigrantes. Así, son acusados de la inseguridad, la delincuencia, la pérdida de puestos laborales y más lindezas que, por supuesto, no se sostienen sobre ningún fundamento racional, sino sobre impulsos nacidos de la entraña. Por otro lado, las minorías raciales, vinculadas en muchos casos al fenómeno migratorio, también reciben su cuota de odio, pero, en este caso, de manera más taimada debido al peso asumido por latinos o afroamericanos en el censo electoral. Por supuesto, todo aquello que huela a novedad es catalogado como imposición woke, cajón de sastre en el que se incluye cualquier cuestión de género, sexual, medioambiental o legislativa en la vertiente referida a los derechos individuales. Es decir, se propugna la libertad, pero esta debe orientarse únicamente al ámbito pecuniario, pues, en caso contrario, se transforma de manera inmediata en un peligro para los valores tradicionales supuestamente defendidos desde las filas conservadoras.
Queda claro que el pobre o el que se levanta contra las injusticias es el enemigo. Se apunta hacia el débil, pues los abusos cometidos desde la clase empresarial representada por las fortunas absurdas se disfrazan de meritocracia. Se conserva de esta manera el sentimiento supremacista necesitado de sustento, se ofrece la sensación de que hay alguien más miserable que puede servir de chivo expiatorio para así explicar la miseria propia. Explicado de esta manera parece un absurdo, pero aquí entra en juego de nuevo el objetivo perseguido poniendo la diana en la docencia y debo reconocer que la técnica, por muy simplista que parezca, funciona a las mil maravillas. Para conseguir el fin perseguido debe trabajarse con denuedo la ignorancia dado que la propuesta republicana no soporta el más mínimo análisis superficial. Por este motivo, los profesores, en muchos casos guardianes del saber y hostiles al oscurantismo y la dogmática, se han convertido en objetivo de las iras del tradicionalismo estadounidense. No es una novedad, pues las purgas intelectuales son connaturales a todo decisionismo político y, en este caso, aunque no se haya consumado el proceso, se apunta en esta dirección. No en vano, Trump ya ha anunciado que el acto de votar, quizás el último reducto democrático, se subsanará gracias a su sabia planificación. Es decir, se anulará la voluntad de un pueblo que, por supuesto, no tiene la más remota idea de lo que necesita. Supongo que este camino es de sobra conocido por mucho que se intente disfrazar de novedad. No hay más que echar un vistazo a la historia del siglo XX, pero, para poder efectuar este análisis necesitaríamos de los profesores. Que oportuno resulta su señalamiento. Ahora bien, en un país donde hay más armas que ciudadanos esto se convierte en una incitación a la violencia. Tiempo al tiempo, pero palabras tan gruesas es difícil que pasen desapercibidas.
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