Solo le quedaba llorar y aullar a la luna; no podía devolverle la vida a la criatura más adorable y desinteresada de todas. Su madre se sacrificó por él, un lobo joven y pendenciero que no pensaba en los riesgos de sus correrías ni en que atraería a los cazadores a su territorio.
Él había estado cazando en el coto privado de un terrateniente y se había cobrado la presa favorita: del señor de aquellas tierras, un gran ciervo de 10 años.
El lobo era joven y fuerte; en su cabeza rumiaba una venganza atroz: cazaría a los cazadores y, cuando terminara con ellos, iría a por el hacendado. Terminaría con toda su familia y así su madre estaría orgullosa, pues expandiría su territorio hasta más allá del horizonte.
M. D. Álvarez
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