jueves, septiembre 3 2026

FANTASMAS DE CARNE Y HUESO by Lucas Corso

Cuando llegó todavía no había nadie. Seguía teniendo llave para entrar porque al marcharse años atrás, su madre había insistido en que la conservara. De modo que cruzó el pasillo en silencio y entró al salón. Allí se quitó el abrigo, lo colocó sobre el respaldo de una silla y se sentó en el sofá a esperar. Estuvo con el móvil un rato, sin saber siquiera lo que estaba mirando, hasta que lo dejó a un lado y observó aquella estancia. En aquella casa había pasado algunos de los mejores años de su vida. Un déjà vu de continuo bienestar le daba la seguridad de que así fue también en aquellos momentos donde la memoria todavía era de plastilina, y los recuerdos se mezclaban los unos con los otros, creando formas torpes, imprecisas pero también reales. Y entonces se sorprendió fijando su mirada en algunos rincones que, lejos de transportarle a aquellos años, lo que hacían era darles vida de nuevo de una manera que casi podía llegar a tocar con sus dedos si así lo hubiera querido. Pero tuvo miedo de que todo se desvaneciese al hacerlo, por lo que se quedó bien quieto, como queriendo pasar desapercibido.

Y es que a veces se ensimismaba tanto en los recuerdos de algunos de esos lugares que creía estar viendo fantasmas caminando por ellos; fantasmas de personas que ya no estaban y de otras que, aunque todavía seguían allí, lo hacían de una manera tan diferente que costaba reconocerlas. Y todos aquellos fantasmas pasaban por delante de él, sentándose en los mismos sitios, mirándose y mirándolo de la misma manera.

A veces era un niño escondiéndose detrás del sofá, o enrollándose en la cortina, como el que ahora mismo estaba viendo. Las anillas sujetando la tela estaban ya tan tensas que todo hacía pensar que acabarían cediendo hasta venirse abajo, arrastrando con ellas la vara de madera colgada del techo. Pero una mujer igual a la que él estaba esperando, aunque con veinticinco años menos, apareció justo a tiempo para desenredar al niño y, colleja mediante, sentarlo a su lado en el sofá. La mujer, joven y alegre, desapareció de nuevo, cantando canciones que creía haber olvidado aunque nunca hubiesen dejado de sonar en su cabeza. Un hombre al que conocía tanto como lo echaba de menos apareció entonces en la silla junto al sofá, mirando una televisión que ahora estaba apagada. En ese momento de su vida, con más años y menos prejuicios, podía comprender aquella mirada, triste pero pacífica, en la que se adivinaban preocupaciones que iban más allá de lo que veía en la pantalla; dudas y angustias por cosas de las que no podía hacerse cargo no por incapacidad, sino por ser demasiadas para una sola persona. Comprendía aquella carga, que entonces siempre le había pasado inadvertida, y sintió la imperiosa necesidad de ayudarlo a llevarla, aun cuando lo que allí había sentado no era más que otro fantasma, como el niño que ya había desaparecido de su lado. Entonces el hombre rió. Rió tanto que hasta se le saltaron las lágrimas. Aquella risa era contagiosa, o tal vez lo fuesen las lágrimas. Carraspeó. A veces los recuerdos y sus fantasmas no eran más que eso: una risa, un grito, un abrazo, una cojera. Detalles, algunos con más importancia que otros, que lo habían impregnado todo con el paso de los años y que ahora seguían estando allí, esperando a ser recordados en mitad de cualquier conversación o silencio. Porque los fantasmas podían ser también eso, emociones y dolor. Y aunque a esos no los veía con tanta claridad como a los otros, los sentía sin embargo con más intensidad. ¿Qué rastro o qué restos deja el recuerdo de un sentimiento que ya no se siente? Las emociones de los fantasmas aparecían entonces para decirle que, aunque no siempre presentes, seguían estando muy vivas. El salón podía estar vacío, pero sentarse en la silla junto a la ventana o en el sofá podía ser la diferencia entre reír y llorar. Y por eso acabó sabiendo que los lugares nunca acaban de quedarse vacíos del todo. Y que los restos que deja un sentimiento es ya sentimiento en sí mismo. Y duele, alegra o reconforta tanto como lo hacía cuando los lugares y sus recuerdos estaban todavía vivos.

Entonces escuchó las llaves en la cerradura de la puerta de entrada. Escuchó también la misma voz cantarina, más apagada por el peso del tiempo y los sinsabores que éste trae a veces, pero todavía segura de sí misma, fuerte. Y apareció en el salón su madre, que era toda ella recuerdos en carne y hueso, pero también presente, y lo saludó sonriendo a la vez que dejaba una bolsa junto a su abrigo en la silla.

—¿Hace mucho que estás aquí? —le preguntó.

—Toda una vida —contestó él. Ella alzó las cejas.

—Qué exagerado que eres, hijo —rió mientras descorría las cortinas. Y aunque no volvió a aparecer ningún niño de detrás de ellas, él se estremeció igualmente.

—No te creas. —Sonrió.

 

Irene Adler

33 años

Categoría Senior

 

 


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo