Entró sigiloso al cubil de la bestia dormida y le bisbeó una disculpa al oído por tener que alimentarse de ella. Se acercó por segunda vez y en un susurro le agradeció su sacrificio.
Cuando por tercera vez le susurraba una plegaria, la fiera se despertó y casi lo alcanza su zarpazo.
Cumplimentado el ritual del cazador, el mosquito abandonó delicadezas y se dispuso a picarle el cogote.
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