Mil voces atormentaban su cabeza cada día al despertar -diciéndole – lo tienes que matar, es
perjudicial para ti. Él decía, sí no me hizo nada malo, por qué debo matarlo. Sin embargo,
aquellas voces inquisidoras y repetitivas ahora le impedían conciliar el sueño, apenas una hora
cada noche.
El psiquiatra le cambiaba la medicación cada vez con más frecuencia sin resultados positivos. Pastillas de todos los colores, unas treinta debía ordenar en el pastillero para tomar a diario. Todas las mañanas se miraba durante más de una hora en el espejo del cuarto de baño después de la ducha. Se miraba una y otra vez, se atusaba su barba canosa con la misma frecuencia, pero aún así aquel bombardeo atronador no cesaba. ¿ Cómo lo voy a matar? No sabría hacerlo.
De nuevo miraba para sí mismo y de nuevo las dudas. En su diario lo escribía, sus creencias, dudas, su malestar y todas y cada de las palabras que escuchaba demasiado altas en su cabeza. Escribía cómo podría solucionarlo a su manera. Aún así él salía a dar sus paseos matinales y vespertinos sin fallar un sólo día. El espejo del baño era su confidente mudo silencioso. Pero si tiene cara de bueno como me insisten en lo contrario, mientras se hacía el nudo de la corbata.
Una mañana, mientras el cielo rugía en una tormenta que parecía no tener fin, vio una extraña
imagen en el cristal de la ventana de su dormitorio. Era él mismo cambiando el orden de las
pastillas en el clasificador y no sólo eso, sino también el tipo de medicación de cada día. Ahh, ya
está, se dijo, por eso me insisten las voces en que es peligroso para mí vida. La vista se le nubló
por unos segundos y la imagen del cristal desapareció.
Al día siguiente por la mañana, enjabonado en la bañera sintió una sola voz que pronunció una sola frase, ¡¡mátalo ya!!. En ese momento, volvió a mirarse así lleno de jabón y le dijo a su reflejo, no lo hago, no, nunca. Al poco, mientras se vestía su camisa preferida sintió un dolor de cabeza infernal, difícil de soportar. Ninguna voz pero ese dolor era casi peor. Su cuerpo se paralizó, no podía abrir la
puerta y estaba sólo. La cabeza le daba vueltas en un remolino sin fin. Un sudor helado salía de
cada poro de su piel. Su cuerpo comenzó a temblar. Su mente veía cómo él mismo tomaba a la
vez todas las pastillas del día. Cómo se enredaba en el cuello la ducha de teléfono y apretaba
hasta perder su vida poco a poco, sufriendo cada segundo mientras dejaba de respirar y su
corazón se olvidaba de latir.
Eran las dos de la tarde, lo echaban de menos para comer. Estaba toda la familia reunida en el
día de su cumpleaños. Al abrir la puerta de su dormitorio, estaba él en la cama con las manos
agarrando los barrotes del cabezal. Apretaba con tal fuerza que su sangre comenzó a brotar de las
palmas de las manos.
¡¡No quiero matarlo, no!!
¡¡ Nunca lo haré, nunca, por mucho que me insistan jamás lo haré!!
¿? ¿?
@Carlos Cubeiro letras
@Imagen Pinterest
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