Día de boda, día de fiesta. Y yo aquí, con mi vestido de flores, que me llega hasta más debajo de las rodillas. El pelo recogido, con unas flores silvestres trenzadas en él. Paquín el gaiteru, camisa blanca, corbata prestada y pantalón negro, su único pantalón bueno, mirándome: ojos tristes, melancolía fijada. ¿Qué culpa tengo yo de robarle el corazón?
Mi esposo, marido, no me acostumbro a cómo llamarle, Eulogio, un buen hombre, guardia armada en la capital, me había dicho mi padre, vestía camisa blanca, americana negra y corbata blanca con una línea fina en el meido, como la raya gris que se dibujaba en su pantalón. Se movía entre los invitados con gallardía y altivo.
Bajo el hórreo un grupo de mujeres buscan refugio del sol que abrasa y hacía brillar el verde de los prados. Bajo él no está mi ma, muerta hace unos años. Sí la madre del Eusebio, vestida con sus mejores galas, que por eso vive en Oviedo, en dónde su marido tiene puesto en la administración, que para algo estuvo huido de los otros durante la guerra. Hablan de cosas de mujeres: limpiar y coser, aunque mi suegra dice que tien criada que se lo hace to.
Cerca del llagar está el cura con mi padre y el de mi esposo. No sé de qué hablan, sé que el mío se amilana y encoge como el perro del Jacinto cuando se encuentra con los mastines. A pesar de ello hizo buen trato y de esta boda algo bueno sacará. Me mira a veces, entre culín y culín de sidra, y sonríe, está contento porque me ha dado futuro. Un día me dijo: Mañana vien el Eusebio, con su hijo, mozu casadero, que se llama como su pa; a ver si hacéis buenas migas y sacamos algo bueno pa’todos. No le respondí.
Yo ya andaba con el Paquín en las fiestas de prau, como siempre habíamos hecho, porque nos conocíamos desde críos, y algo enamorada estaba de él, aunque no sabía si me correspondía. Era tímido y tras la gaita se escondía. Y la llegada de aquel mozo desde la ciudad me llenaba de curiosidad.
Mi pa me contaba que yo lo conocía de guaje, que se había ido pronto de la aldea porque su pa había sido un héroe en la guerra y le habían dado un puesto importante en Ovieu, trabajando para todos. Ahora volvían para arreglar la casa de la abuela del mozu porque pensaban pasar los veranos en la aldea.
Cuando lo vi supe que no era un hombre como los demás de la parroquia, era fino y galante, y el primer día que estuvimos juntos le dijo a mi padre si me podía llevar a la fiesta del pueblo de al lado. Ante la atenta mirada del Eusebio padre, el mío no se opuso. Montamos en su coche y para allá fuimos. Al llegar al prau de la fiesta vimos a Paquín, con su gaita, tocando sin parar Soy Asturianín. Aquel día el gaitero nos vio a lo lejos, y no se atrevió a acercarse. Luego le vimos en otras romerías y en una se vino a mí cuando no estaba con el Eusebio. Venía muy decidido y me dio miedo. Por eso le dije que estaba con mi pretendiente y se quedó quieto, triste como una vaca a la que le quitan el xato para matar.
El verano acabó y el Eusebio volvió a la capital. Yo me quedé un poco prendada de su galantería, pero volví a la realidad de hacer la casa y cocinar para mi pa y mis hermanos, era la única mujer en la familia. Además, por ser la pequeña también ayudaba con las labores del campo: sembrar, recoger el ganado, ordeñar les vaques, las cosas típicas y duras de este valle empinado, que poco llano hay en esta zona.
Un día me llegó una carta del Eusebio, y luego otra. Yo no las contestaba porque no sabía nada de letras y poco de números. Hasta que un día fui a ver cura, del que no me fiaba, pero era el hombre más ilustrado de la zona y le pedí que me las leyese. Él no se opuso a leerlas, creo que por buscar el pecado más que por ayudarme. Las cartas del Eusebio eran muy bonitas y me hablaban de lo mucho que me echaba de menos. El cura dijo que estaban muy bien y que tenía que responder. Yo le dije la verdad: No sé de letras. Él se ofreció a ayudarme y con su ayuda conseguí escribir una bonita carta y luego otra. Además de aprender a escribir y a leer como hacen en la capital, y no como en el pueblu, que lo hacemos mal. Me enseñó buenas costumbres dignas de una mujer de bien. Mi pa no se opuso, lo mandaba el cura.
Pero todo lo bueno tiene una parte dolorosa. Una noche de mayo el Paquín llamó a mi ventana. Yo la abrí confiada en nuestra amistad. Sin mediar otra palabra me dijo que me amaba y era la mujer de sus sueños. No supe que decirle. Cerré la ventana y él se fue andando lentamente cuesta abajo.
Al día siguiente hice por encontrarme con él. Le dije que sentía algo parecido, pero que mi vida la ordenaba mi padre y sin su consentimiento yo no podía hacer na. Paquín lo entendió y cogió la gaita y subió hasta los peñascos más altos y allí la hizo sonar melancólica y dolorosa. Nunca nadie había oído así sonar una gaita.
En junio vino a la aldea el Eusebio padre, se juntó con el mío a beber sidra y hablaron largo y tendido. Cuando salieron del llagar los dos estaban borrachos y el acuerdo estaba cerrado: Yo me casaría con el Eusebio hijo, mi hermano pequeño iría a Oviedo a formarse como cura y al mediano le buscarían trabajo en la administración. Que yo nunca supe lo que era pero debía ser muy importante. En septiembre sería la boda.
El verano fue largo y Eusebio ya no era tan cariñoso como el año anterior, a veces era violento. Sabía que me tenía agarrada por el trato de nuestros padres y que mis hermanos me darían una paliza si rompía el compromiso.
Ayer, la noche antes de la boda, Paquín se volvió a acercar a mi ventana. No habíamos vuelto a hablar desde que se anunciase el compromiso. Él se había sentido traicionado y yo atrapada.
- Tú serás feliz y yo moriré en vida- me dijo.
- Entonces llévame contigo- le respondí.
Luego cerré la ventana. Le volví a ver bajar por la cuesta empinada. Llevaba la gaita al hombro.
Ahora que se acerca la noche, y todos han bebido más de lo esperado. Miro de nuevo al Paquín, no lleva la gaita. Los hombres le animan a ir a buscarla y tocar una canción. Yo le miro triste, él me mira desahuciado.
Se va del grupo. Vuelve con la gaita al hombro.
La mano de mi esposo me agarra por la cintura y aprieta fuerte, muy fuerte. Lo hace para que no olvide que la sabe usar.
Paquín hincha el fuelle, mueve los dedos por el punteru y una tonada de tristeza invade el valle. Suena a despedida, suena a muerte. Y yo lloro mi suerte.
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