jueves, septiembre 3 2026

Suplantaciones by Nacho Valdés

El juego del engaño resulta fundamental en nuestra especie. Es más, nuestra supervivencia depende en gran medida de nuestra capacidad para despertar la empatía ajena, pues, aunque nos pese, somos seres gregarios necesitados de los demás. En un entorno natural estaríamos perdidos de no ser por nuestros congéneres y puede aventurarse que sufriríamos idéntica suerte en un entorno cultural dado que nos hemos instalado en un sinfín de interrelaciones esenciales para garantizar nuestra persistencia. Este cruce de intereses, lealtades, facciones y elementos producto de nuestra idiosincrásica sociabilidad se erigen desde el sustrato de la confianza y, de manera asociada, desde el fraude que persigue ofrecer una imagen ficticia en contraste a nuestro fuero interno. Por este motivo, y por mucho que detestemos a un superior jerárquico o a un vecino desagradable, nos vemos apremiados a mantener cierta compostura cívica para de este modo ganarnos la simpatía ajena; únicamente en casos clínicos se desactiva esta capacidad desarrollada desde la infancia y quizás abandonada, solo en algunos casos, durante la senectud; la explicación bien podría encontrarse en la toma de conciencia de un ocaso cercano que nos hace comprender como superfluo el entorno. Tanto en el nacimiento como en las postrimerías de la vida nos encontramos en la más absoluta de las soledades, esta podría ser una sentencia universal aplicable a cualquier sujeto.

La cuestión fundamental se localiza en la necesidad de rodearnos de otros individuos. Todos sin excepción sentimos esta pulsión y, con independencia del empeño invertido en romper esta ligazón, la necesidad de apoyo se convierte en algo perentorio e inexcusable. Incluso los poderosos, sea cual sea el ámbito en el que ostenten su potencia, siempre encaminada al dominio de los restantes, necesitan de su camarilla para sentirse valorados. Pensemos que estos individuos no serían conscientes de sus propias capacidades si no pudiesen ejercerlas sobre otros, pues, en soledad, este potencial resultaría absolutamente vacuo. Pongamos un ejemplo que a buen seguro todos hemos observado o incluso sufrido en nuestras carnes: el abusón del patio del colegio. Este tipo necesita de su cuadrilla para reírle las gracias, darle soporte, respaldarle en algún momento complejo y amparar sus falacias, pues, de manera ineludible, este perfil requiere ofrecer explicaciones sobre su modelo de actuación de manera recurrente. Aquí es donde se localiza nuestra la insociable sociabilidad del ser humano, una aportación kantiana para explicar el ascenso de lo gregario. Incluso se da el caso de que este personaje agresivo y supuestamente misántropo se vea obligado a perseguir mediante embustes una visión amable hacia su modelo de actuación.

El patrón precedente puede trasladarse de manera prácticamente idéntica a cualquier ámbito de la sociedad. La conversión del victimario en víctima es algo usual que podemos certificar mediante innumerables muestras. Ahora bien, necesitamos a alguien, o a un colectivo, abusando de sus capacidades para de este modo encontrar explicaciones peregrinas para dar respaldo a su visión de la realidad. Podemos abarcar un amplio abanico de muestras, pero nos vamos a centrar en contados casos para terminar con un tema de actualidad que también se nutre de estas dinámicas.

El ámbito de la política, o más bien de la geopolítica, sigue este mismo patrón narrativo, pues rara vez se producen agresiones gratuitas, es necesaria cierta justificación para así ratificar los propios posicionamientos. El problema es que estas ficciones siempre cargan las tintas contra los débiles para así subyugarlos y procurar el manejo de los tempos ante la opinión ajena. En la biopolítica nazi el judío era el cáncer que había llevado a Alemania a su caída, el entorno se había vuelto contra la grandeza de este pueblo y estos factores obligaban a tomar decisiones trascendentales que incluían el exterminio, la hostilidad bélica y el empleo de la connatural preponderancia aria para con el resto de pueblos. También podemos comprender este modelo, aunque atenuado, pues la II Guerra Mundial supuso el techo de este tipo de narrativas, en las actuaciones norteamericanas en todo el globo durante la segunda mitad del siglo XX: Corea, Vietnam, Centroamérica u Oriente próximo. En este caso, la supuesta pretensión se encontraba en salvaguardar la democracia de la amenaza comunista, terrorista o socialista; no necesariamente en este orden. Ahora bien, esta lucha por la libertad ha dejado a su paso millones de muertos, exiliados, miseria y destrucción. Entiendo que los liberados por Estados Unidos no estarán satisfechos con el resultado. Lo mismo sucede con la Rusia de Putin y su pretensión de desnazificar Ucrania, casi parece que está haciendo un favor al resto de la humanidad al irrumpir en un país soberano e independiente. Estas tres situaciones, cada una con sus propias particularidades, tienen en común la necesidad de instalar la idea de su benignidad en el conjunto social, tanto el propio como el extraño.

En el seno de nuestras comunidades también se da la circunstancia señalada. Pensemos, por poner un caso que me viene a la cabeza, en las enormes compañías bancarias y energéticas en rebelión frente a la posibilidad de gravar sus milmillonarios resultados. Es de sentido común considerar en una aportación por su parte cuando se trata de negocios realmente rentables e imprescindibles para lo social, ¿por qué no revertir algo de este potencial económico? Para evitar esta posibilidad, además de la abierta rebelión, intentan mostrarse como víctimas de un gobierno extremista que busca la persecución de los honrados empresarios y accionistas autoconsiderados como un motor social fundamental. Ahora bien, no encuentran ningún reparo a la hora de ejecutar desahucios o degradar nuestros ecosistemas. Estamos hablando de cantidades desorbitadas que apenas notarían una contribución que, sin embargo, resultaría notable para la comunidad. Otra situación lamentablemente cotidiana podemos localizarla en casos de misoginia extrema en los que el agresor se justifica como presa de los embustes o provocaciones femeninas. Algo parecido podría decirse de la polémica relativa a El hormiguero. En este caso, un programa de éxito durante dos décadas se defiende mostrándose como el agraviado cuando es de sobra conocida su posición dominante. La excusa tiene poco recorrido: son prácticas habituales. Ahora bien, no por ser comunes, al menos entre los abusones del patio, vamos a aplaudirlas.


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