Estimado Daniel Fuentes,
Hay veces que contemplo el abismo de lo absurdo y, mientras me maravillo y me abochorno al unísono, cavilo si soy el único que infiere en que la idiotez es infinita en comparación con la inteligencia. Si no dispongo de un cubo de torreznos o una cuba de pacharán que perturben mis ensoñaciones, puedo incluso convenir en que no puede existir la sabiduría sin ignorancia, en que el progreso de nuestra sociedad pasa necesariamente por la atenuación de la incoherencia, en que hay más belleza en la torpeza que en la habilidad. Y ahí, estimado Daniel, nos abrazamos por haber hecho de nuestra carrera literaria una oda con vocación de guerra sobre la estupidez.
Hace algún tiempo que sé de tu obra. Tanto como nuestro estimado editor Alejandro me habló de tu Hombre analógico, de tus piruetas para conseguir prologuista y de algunos paralelismos entre nuestras visiones. Ya me disculparás que haya comenzado tu degustación por la precuela El hombre absurdo, pero dentro de mi montaña de libros se dispuso en una altura elevada. Pocos capítulos bastaron para que las desventuras de Tertuliano me entusiasmaran. El ritmo vaporoso, la sátira inteligente, una prosa enriquecida —seguramente por tu vertiente de poeta— y la construcción de un mundo y lenguaje propios deslumbran a cualquier lector que no esté hecho de cartón piedra.
Sin embargo, a la decena de capítulos me atravesó la duda de si estamos frente al legado de un loco o de un genio. Tengo mi propia teoría, pero supongo que la barrera entre ambas concepciones es tan fina que el caer de un lado u otro es cuestión de una percepción subjetiva. Lo que sí me atrevo a señalar es que la biografía del protagonista de El hombre absurdo es tan verosímil, contiene tal cantidad de pormenores y resulta tan convincente que mi única explicación es que este disparate derive más de una distorsión de la experiencia, a modo de autoficción, que un puro ejercicio de ficción. Lo cual probablemente me haga ser más comedido la próxima vez que te de un abrazo, estimado Daniel.
Es admirable la convicción que rezuma El hombre absurdo, la cual desprende la misma energía que un espontáneo desnudo describiendo un refinado pirouette en medio del funeral del rey de Noruega. Parece poco importar, estimado Daniel, si la dirección del sarcasmo queda suficientemente señalada, si se entienden las influencias filosóficas o si todo eso se diluye entre la sucesión de despropósitos. Qué más da si la ficción desnuda la majadería cotidiana o si el despistado la niega, pues no hay nada más cierto que absurdo somos y en absurdo nos convertiremos.
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