martes, julio 7 2026

INTERPRETACIÓN PURA by Anabel García

Roald tiene un amigo peculiar, y seamos honestos ¿Quién no lo tiene?, y hace unas semanas tuve la oportunidad de conocerle. Es más, me invitó a su casa, junto a Roald por supuesto, después de presentarnos y comer unas crepes rellenas de ensaladilla.

Es un entusiasta de los conciertos de música clásica, sobre todo aquellos en los que hay un solista junto la orquesta, y el diálogo entre ellos es una verdadera delicia, momentos de intimidad conmovedora entre arrebatos explosivos llenos de velocidad. Pero al mismo tiempo padece un principio de misantropía con agorafobia, así que eso de estar rodeado de gente suele ser un problema para él.

Gracias al invento de Berliner eso quedó solucionado para todos sus compatriotas de desgracia.

-Empecé a escuchar en el gramófono con mucha atención, y descubrí y analicé la belleza y la intensidad de la interpretación. Y me di cuenta, que justo ese elemento, la vivencia de la interpretación era una experiencia de lo más gratificante cuando formaba parte activa de ella.

¿Ahh? Así que mi nuevo conocido, Botibol, ¿Era un experto músico introvertido? Miré a Roald y él me lanzó una mirada significativa confirmando la misteriosa seriedad que encerraban sus palabras, pero dado que era la segunda vez que nos veíamos, y además no iba lo suficientemente arreglado, la ropa de etiqueta y la música son un dímero indivisible según su criterio, me prometió para la próxima ocasión tendría el honor de escuchar un concierto en vivo en su casa.

-¿Piano o violín? Son mis instrumentos fetiche, pero puede elegir otro si prefiere.

-Piano, pero decida usted la obra y el compositor por favor, soy un mero lego en estos temas.

Le aclaré francamente intrigado.

Roald acudió en nuestra ayuda, aliviando la tensión social del momento, y aseguró a su amigo que me aclararía los detalles después de marcharnos.

-Perfecto, pues el próximo miércoles, si os parece bien, tenemos un concierto que dar a las 20h.

Roald me explicó que Batibol tenía una pequeña sala de conciertos, realmente muy bonita en su casa. Como comprobaría días más tarde, con asientos en terciopelo rojo, relieves y cenefas en dorado. En el techo un medallón pintado con la musa Euterpe tocando una flauta y en las esquinas los nombres de Mozart, Beethoven, Chopin y Haydn en letras grandes rodeados de guirnaldas de flores. Y en medio, por supuesto, un escenario de tarima reluciente con un pódium en el centro, un atril, un piano de cola a un lado, y en el otro, una mesa con un gramófono encima.

-Batibold es el director de orquesta. – Me informó Roald. – y en esta ocasión yo seré el pianista. Como es tu primera vez harás de espectador.

-¿Pianista tú? ¿Desde cuándo sabes tocar el piano?

-Desde nunca, pero es que vamos a ser in-ter-pre-tes. Me sentaré en la butaca, pulsaré las teclas, el pedal como si fuera, pero sin… sonido.

– ¿Cómo sin sonido? ¿Tiene un piano que no suena?

-Y un violín, y un cello y un clarinete…Ahí está la gracia, que no suenen, lo nuestro es el estado puro de la interpretación. El movimiento, los gestos, la vibración a la par que el gramófono nos da la guía musical para completar el todo.

Admito que quedé más que sorprendido, y más aún, ante la tranquilidad de Roald, que siempre le he tenido por una persona cabal de agudo ingenio.

-No tengo chaqué.

-No te preocupes actúas de público, con un traje es suficiente.

Y llegó el miércoles. Compartimos una merienda frugal, acompañado por unos sándwiches de pepino con queso, y media hora antes de las ocho, mis dos acompañantes se levantaron, y despidieron, para prepararse y concentrarse antes del evento.

-En breve abrirán las puertas de la sala de conciertos.

Roald agitó un sobre delante de mí, antes de dármelo, y me guiñó un ojo.

Hice un poco de tiempo, recorriendo el pasillo varias veces, expectante, hasta que el mayordomo de Batibold, transformado en acomodador, me pidió la entrada.

Abrí el sobre, que me habían dado, y saqué una cartulina ribeteada con una filigrana de plata:

 Tchaivkosky. Concierto para piano y orquesta n.º 1 en si bemol menor Op. 23.  

Miércoles 14 de Mayo 20:00h

Fila 2, asiento 4.

Me senté en la butaca asignada y de fondo escuché un murmullo de voces, idéntico al que hace la gente a medida que va llegando, entre comentarios y saludos, hasta ocupar sus localidades.

De una puerta lateral apareció Roald, con el pelo repeinado hacia atrás, la mirada distante hasta que llegó al lado del piano y saludó hacia el público unipersonal.

Me costó reprimir la risa pero cuando el sonido de los aplausos salió de los altavoces, y observé la leve sonrisa de mi amigo, todo adquirió una inesperada solemnidad.

 Roald se dio la vuelta, se sentó y colocó graciosamente la cola del chaqué por encima de su butaca.

Sin ser consciente mis manos trataron de imitar a los espectadores grabados cuando aumentó el volumen ante la llegada del director. Batibol tenía la batuta entre las dos manos y saludó a la orquesta invisible, a la línea de asientos de terciopelo rojo, al mayordomo, situado al lado del gramófono, y al pianista, recto, con las manos sobre sus muslos hasta que ambos asintieron levemente.

La batuta se levantó en el aire y las manos de Roald cayeron sobre el teclado dando comienzo a la enérgica y romántica melodía.

La posición de sus hombros, la inclinación del cuello, los dedos sobre las teclas del concertista eran impecables. Sin hablar de Botibol, sus escápulas contraídas, y atento, los leves gestos de sus muñecas, las entradas directas mientras hacía los dibujos exactos de acuerdo con los ritmos de la música. Los staccatos, los dolcissimos, in crescendo, hasta el final apoteósico.

Tal y como me habían dicho ambos, estaban dentro de eso que habían llamado interpretación pura. Totalmente empapados y dentro de sus roles como director y pianista.

Fue un espectáculo memorable. Un salto desde la extrañeza, a un estado en que, hasta las luces apagadas, los focos sobre ellos, y alguna tos de fondo, creaban el ambiente contagioso de formar parte de un concierto de verdad.

Cuando acabaron, ambos sudando, pero satisfechos, con una sonrisa de lado a lado en sus caras enrojecidas, Roald se puso en pie y el director se dio la vuelta. La aclamación fue tan entusiasta que salieron cinco veces a saludar y terminé, igualmente, acalorado y con unas cosquillas en el estómago muy agradables.

Aunque cueste creerlo me levanté del asiento aplaudiendo rabiosamente, con las palmas al rojo vivo, hasta que Roald levantó una de sus cejas y me recordó, » la interpretación pura» que allí se representaba. En seguida me fundí con el sonido, vocalizando bravos mudos, incluso gesticulando mi entusiasmo con el espectador ausente del asiento de al lado.

Batibol quedó satisfecho con mi participación, tanto es así que repetí la semana siguiente, y hace poco me he estrenado con el sólo de oboe de Pedro y el Lobo Opus 67 de Prokófiev.

Cómo la experiencia está siendo tan gratificante estamos abriendo este proyecto a un espectro más amplio. Vamos, necesitamos público, de poquito en poquito claro, dos está bien para empezar. Si estáis interesados venid a la sesión del siguiente miércoles a las 20:00h:

El concierto número 3 de Violín de Mozart.

¡Ah! Avisadme la tarde antes, para daros vuestras entradas, y un curso rápido de interpretación de aplausos.


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