Hoy os traigo a un joven originario de Salamanca. Los números que rodean su vida son aterradores: tenía 16 años cuando los militares llevaron al país a la guerra civil, 19 cuando fue detenido y encarcelado junto amillares de demócratas por defender la legalidad, pasó 23 años en una cárcel franquista, con una condena a muerte que se le conmutó por la cadena perpetua (quizás por haber sido defendido por Amnistía Internacional o por la campaña de solidaridad que se desencadenó en
su favor). Tenía 41 cuando salió de ella.
Tiene el ignominioso récord de ser uno de los presos políticos que más tiempo estuvo encarcelado durante la dictadura: toda su juventud y la mitad de su vida. En su poema Autobiografía, él mismo nos dice cuál fue su pecado:
Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.
(…)
Dedicó su estancia en la cárcel a escribir poesía y por eso se dice de él que fue poeta, pero antes que poeta fue preso político, y antes que eso, un joven marcado por la Guerra Civil española.
Os hablo de Marcos Ana, cuyo nombre real era Fernando Macarro Castillo, y autor del poema ¿La vida?, cuyos versos transmiten su tragedia: pasó tantos años encerrado que olvidó cómo era el mundo exterior.
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar, habladme
del olor ancho del campo,
de las estrellas, del aire.
(…)
Veintidós años… Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a tientas: «el mar», «el campo»…
Digo «bosque» y he perdido
la geometría de un árbol.
(…)
En prisión, vivió las duras condiciones que tenían destinadas para los vencidos: aislamiento, hambre, castigos… Y a él, como a otros intelectuales, le reservaron otra forma de tortura: la censura absoluta.
La particular de este caso es que Marcos Ana no era un intelectual cuando entró en la cárcel: fue en aquel siniestro lugar donde empezó a escribir poesía.
Nació en el silencio de la represión.
«Estos poemas fueron escritos en una prisión, cuando la noche era más profunda, a la macilenta luz de un extraño candil, construido con un viejo tintero, un poco de alcohol que conseguía en la Enfermería y una mezcla trenzada con la cinta de unas alpargatas. (…). Solía despertarme muy temprano, antes del toque de diana y trabajaba mis versos en la fría soledad de las madrugadas, hasta que despuntaba el día. Después, cuando amanecían los ojos y las llaves, me escondía la voz en un zapato y mientras paseaba en el patio de la cárcel, por caminos circulares que no conducían a ninguna parte, iba memorizando los poemas, dándoles forma y armonía».
Poemas de la prisión y la vida. Nota del autor.
Ese patio al que le escribió un poema duro, Mi corazón es un patio:
La tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
(…)
Su poesía no hablaba solo de política; lo hacía también de la ausencia del mundo exterior, de la pérdida del tiempo, de la juventud robada, del aislamiento y la memoria, del dolor de no haber vivido. Es una poesía de experiencia vivida, no hermética ni retórica, que en palabras del poeta: «no pretendían alcanzar el cielo de los elegidos, sino llevar calor humano y esperanza de libertad a los que sufrían cautiverio y llamar a las puertas del mundo para despertar a los que dormitaban, ajenos a nuestro drama personal y a la tragedia colectiva de España».
Durante ese tiempo, el régimen intentó hacer lo mismo que con tantos otros: borrar su voz, su identidad, su pensamiento. No podía escribir libremente. No podía publicar. No podía hablar al mundo.
Era, literalmente, una voz encerrada. Memorizaba versos para que no se perdieran, porque muchas veces ni siquiera podía conservar el papel. Sus poemas fueron sacados clandestinamente, escondidos, viajando de mano en mano hasta llegar al exterior.
El franquismo intentó silenciarlo de dos maneras: encerrándolo físicamente, aislándolo del mundo, e impidiendo que su obra circulara, censurando su voz. Pero no lo consiguió.
Gracias a redes clandestinas y al apoyo internacional, su caso empezó a conocerse fuera de España. Intelectuales y organizaciones presionaron por su liberación. En 1961, tras más de dos décadas, Marcos Ana salió de prisión. Repito el dato: tenía 41 años.
Había entrado siendo un adolescente. Salió siendo un hombre que no había vivido la vida fuera de los muros.
Tras su liberación, se exilió en Francia y comenzó a difundir su obra. Se convirtió en un símbolo de los presos políticos del franquismo y en una voz de memoria.
Fuera de los muros de la cárcel, fue ignorado como poeta por las editoriales principales, porque no formó parte de ningún círculo literario dominante y porque durante la transición fue una voz incómoda. Pero a él no le importaba. Lo que le negó el mundo editorial se lo dieron los organismos oficiales. Recorrió Europa y parte de América donde fue recibido en Parlamentos, Universidades y centenares de concentraciones populares; fundó y dirigió en París el Centro de Información y
Solidaridad con España, que presidió Picasso, apoyado por personalidades de la cultura y la política europea.
La crítica y la historia literaria destacan el carácter testimonial de su poesía, en la que su valor reside en la fuerza histórica y humana más que en la estética pura. Autores y estudiosos de su obra la califican de poesía de memoria, un poeta que convierte la palabra en acto de dignidad. Algunos críticos lo sitúan como una voz imprescindible del siglo XX español.
He querido acercar la figura de Marcos Ana a Voces porque, a pesar de que no lo mataron, de que no le quitaron la voz de golpe, intentaron borrarlo lentamente, desgastarla durante veintitrés años. Aunque sobrevivió, su vida quedó marcada por el tiempo robado. Le arrancaron el tiempo, la juventud y la posibilidad de ser escuchada. Solo que él y su voz sobrevivieron a las condiciones tan extremas a la que, como tantos republicanos, fue obligado a vivir. Siguió escribiendo para no
desaparecer.
Un ejemplo que demuestra que el silencio no siempre es inmediato: a veces es largo y sostenido.
@Encarna Pérez
@Imagen Pinterest
Nota de la autora: aunque debería haber escrito las cifras con letras, son más impactantes cuando las vemos en números. Y ese impacto es el que buscaba.
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