

De manera recurrente me suele llegar información de las películas que pasan en unos cines de Madrid, “los Verdi”,que siempre ofrecen cosas muy interesantes: por supuesto en versión original.
A día de hoy, después de tantísimos años viendo ese tipo de cine, me
resultaría imposible ver ni tan siquiera un solo film doblado.
Uno de esos días donde parece que el tiempo se detiene, porque es domingo,
me encuentro con una extraña película del director camboyano-francés, Rithy
Panh, traducida como Camboya, 1.978, cuyo título original es: Rendez-vous
avec Pol Pot, que es candidata a los premios Oscar de este año por Camboya.
No conozco la trayectoria de ese director y documentalista; no obstante, quiero
ver ese film, que sé que no proyectarán en ningún otro cine de la capital,
porque conozco la historia de los Jemeres Rojos en los años setenta del
pasado siglo. Además, me encuentro con una agradabilísima e inesperada
sorpresa, porque la actriz principal del film no es otra que la franco-suiza, Irène
Jacob. Yo, como seguramente tantos otros, me enamoré de su belleza
tranquila en el fantástico film, Rojo, que forma parte de la trilogía, Tres Colores,
que dirigió en 1.994, el director polaco Krzysztof Kieslowski, en la que comparte
papel con un venerable Jean-Louis Trintignant, que también cae rendido frente
a la belleza de Jacob. Ahora, me reencuentro con ella después de tantos años
y descubro que mantiene casi incólume esa belleza tan particular, a pesar de
que está a punto de cumplir sesenta. Cuando actuó en la película de
Kieslowski, tenía menos de treinta. Mientras escribo, no puedo resistir la
tentación de volver a ver Rojo, que hace ya algún tiempo que no he vuelto a
visionar. Lo hago y quedo igual o más fascinado que la primera vez que la vi.
Irène Jacob interpreta magistralmente su papel y su belleza inunda toda la
pantalla. Ahora que la vuelvo a ver en este recientísimo film, tiendo a pensar
que la madurez la ha hecho más bella y sensual si cabe.
A pesar del interés que provoca en mi la experiencia de la Kampuchea
Democrática, que es la denominación que van a utilizar los Jemeres Rojos
cuando conquisten el poder en 1.975, reconozco que el hecho de que esté
Iréne Jacob en el film no es en absoluto baladí.
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Hay que empezar diciendo, que esa experiencia límite de los Jemeres Rojos,
entre 1.975-1.978, hasta que fueron desalojados del poder por las fuerzas
vietnamitas, en enero de 1.979, supuso la eliminación y el exterminio de más
de un millón y medio de personas en toda Camboya, según las cifras que
maneja Amnistía Internacional. La locura de Pol Pot y de los dirigentes del
Partido Comunista de Camboya (el Angkar), supusieron la destrucción de todo
el tejido industrial, comercial, sanitario, educativo, etc., incluida la supresión de
la moneda. Tal vez, quepa decir que es la única experiencia histórica donde se
destruyó el modo de producción capitalista porque no quedó nada en pie, lo
cual no significó en absoluto alcanzar una sociedad comunista; todo lo
contrario. Los camboyanos residentes en las ciudades fueron deportados en
masa para hacerlos trabajar, a la fuerza, en el campo. Las personas mayores
eran consideradas contrarrevolucionarias. Los niños y los jóvenes ocuparon el
grueso del ejército y se introdujeron en la estructura que pusieron en pie los
Jemeres Rojos. El mensaje del líder máximo, Pol Pot, era: “quien no pueda ser
reeducado debe ser aniquilado”.
Pol Pot y otros dirigentes comunistas camboyanos habían cursado estudios en
la Sorbona, en París. Es conocida la anécdota de cómo se le podía ver sentado
a la mesa, como un “buen burgués”, de uno de los restaurantes míticos del
Boulevard Montparnasse, La Coupole.
Si bien esos estudios supusieron diversas lecturas de las obras de Marx, está
claro que no entendieron nada de nada. Cuando regresaron a su país,
mayoritariamente de extracción agrícola, se enajenaron de sus conciudadanos,
tal vez debido a esa experiencia burguesa parisina, hasta tal punto que,
leyendo de manera, también fatal, las enseñanzas de los jacobinos de la
revolución francesa de 1.789, instauraron un régimen de terror que provocó
uno de los genocidios más repugnantes llevados a cabo en un país tan
minúsculo, en torno a los ocho millones de personas. Sin embargo, quienes sí
estaban ideológicamente, y militarmente, detrás de estos delirantes asesinos,
eran los maoístas chinos, que algo sabían de lo que era reprimir
sanguinariamente; sobre todo, después de haber llevado a cabo “La
Revolución Cultural”. Sin la ayuda china, los Jemeres Rojos no hubieran
logrado mantenerse en el poder. Los chinos, pretendían neutralizar la
penetración soviética en esa zona del planeta, como ya estaba sucediendo en
Vietnam.
También sería interesante señalar que el brillante militar “Vietcong”, general
Giáp (cuya biografía leí hace ya mucho tiempo), vencedor en la primera guerra
de Indochina, en Dien Bien Phu, contra los franceses, en 1.954, y en la
Ofensiva del Tet, en 1.968, contra el ejército norteamericano y en la campaña
final de Hanoi en 1.975, derrotando para siempre a los EE.UU., no le diera la
necesaria relevancia a los Jemeres Rojos, lo que hizo que Vietnam consintiera
durante demasiado tiempo la amenaza que estos suponían para la integridad
del territorio vietnamita (hubo continuos enfrentamientos en los confines de
esos dos países), y también para muchos de sus conciudadanos que vivían
dentro de Camboya, que fueron asesinados en gran número; esa
infravaloración de la amenaza jemer, supuso que no decidieran acabar con ese
régimen deleznable y criminal hasta finales de 1.978.
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He simpatizado desde siempre con el “Vietcong”, por eso le agradezco
enormemente a la República Socialista de Vietnam, espero que el resto del
mundo también, que liberaran al pueblo camboyano de la locura jemer. Nunca
se lo agradeceremos lo suficiente.
La paranoia maoísta de Pol Pot, al igual que la estalinista (y no sólo en la Unión
Soviética) supusieron la degradación y la manipulación de las enseñanzas de
Marx y Engels a tal escala, que la mayoría de los seres humanos, a nivel
planetario, siguen haciendo responsables de esas experiencias deleznables, a
los dos grandes pensadores alemanes. No obstante, bastaría sólo con ir a las
obras originales de éstos, para saber que nada de lo que escribieron y
teorizaron tiene que ver lo más mínimo, ni con el maoísmo, en cualquiera de
sus variantes, ni con el “capitalismo de Estado”, implantado en todo el Este
europeo, siguiendo la experiencia estalinista soviética.
Abandono la sala oscura bastante apesadumbrado, a pesar de que la belleza
de Irène Jacob llene la pantalla. Sin embargo, en ese momento, cuando las
últimas luces de un día invernal están a punto de sumirnos en la noche, nada
hace prever con lo que me voy a encontrar en apenas media hora, que es el
tiempo que invierto en mi recorrido a pie hasta la sede del Círculo de Bellas
Artes. Las calles están llenas de gente; nada de extraño en un domingo casi
navideño. Ardo en deseos de llegar cuanto antes a ese recinto “liberado” que
es la biblioteca de esa institución que conozco tan bien. Me aguarda la
maravillosa biografía de Kafka, escrita magistralmente por: Reiner Stach. Tiene
casi tres mil páginas y me ha atrapado desde la primera. La leo a diario, sin
prisa, pero sin pausa. No obstante, devorar esas tres mil páginas me va a llevar
bastante tiempo, como es fácil suponer; también, debido a mis otras
ocupaciones. A pesar de esas enormes ganas por continuar con la lectura de
esa biografía, tal vez la definitiva, sobre el escritor judío, de lengua alemana, de
Praga, hoy no voy a poder satisfacerlas. La razón, como comprobarán
enseguida las lectoras y los lectores, es una razón bastante poderosa; sobre
todo, enormemente seductora.
Una vez ya dentro del edificio, subo hasta la cuarta planta, en el ascensor,
como hago siempre, a pesar de que la biblioteca se encuentre en la tercera
planta. El motivo es muy simple, los ascensores no paran en esa planta, y por
esa razón hay que subir un piso más arriba para después descender las
escaleras una planta más abajo. Cuando las puertas del ascensor se abren en
esa cuarta planta, que normalmente aparece vacía y silenciosa, a pesar de que
en ella esté ubicada la sala de billares, me encuentro con un numeroso grupo
de gente sentada en los tres escalones que separan ese enorme hall de las
puertas de entrada que dan acceso a la “sala de columnas” (así denominada)
donde se llevan a cabo diversos tipos de eventos. Enseguida me apercibo que
hay en curso una especie de “performance”, que lleva a cabo una artista grácil
y bella que deja escurrir su vestido algo escarlata dejando al descubierto su
ropa interior oscura. El público, mayormente conformado por hombres y
mujeres jóvenes, sigue con inusitado interés el desarrollo de los movimientos
que hace la artista. Durante unos breves instantes, dudo si abrir la puerta y
comenzar a descender las escaleras hacia la tercera planta donde se halla la
biblioteca; no obstante, algo en mi interior me dice que debo quedarme y seguir
el desarrollo de los acontecimientos; lo hago, apoyándome contra una de las
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paredes de ese enorme vestíbulo. Pasados algunos minutos, el espectáculo
finaliza y se producen los esperados y previsibles aplausos. En ese momento,
que yo intuyo que es el punto final del espectáculo, una de las personas del
público se pone en pie y comienza a dirigirse al resto haciendo algunas
indicaciones. Por lo que habla, parece que la cosa va a ponerse aún más
interesante. Enseguida me doy perfecta cuenta de que debe ser el director de
ese grupo que yo creía público, pero que en realidad parece que no lo es. Dice
que en la “sala de columnas” van a continuar con el espectáculo, y hace otra
observación: “en primer lugar deben entrar los músicos, después el resto de los
artistas, y, por último, el público”. No obstante, invita a ese público, que no sé
de cuántas personas se compone, a que se integren en lo que va a tener lugar
en la sala, si bien deja absoluta libertad (faltaría más) para que sean
participantes o simplemente público espectador. Me produce una cierta sonrisa
al oírle decir, cuando parte de los músicos y de las músicas, se van en
dirección a los lavabos femeninos, que hagan su incorporación a la sala
después de hacer “pipí”, o “popó”, para que luego no haya ningún tipo de
interrupción. Es lo mismo que yo hago, dirigiéndome a los retretes masculinos.
Cuando salgo de ellos, ese supuesto “director”, se dirige a mí para
preguntarme si soy público o participante: “público, público”, respondo sin
vacilar lo más mínimo. Entonces, me invita a entrar ya en la sala sin perder
tiempo, porque parece que el resto del público ya lo ha hecho anteriormente.
Y amigas y amigos lectores, lo que sucede a continuación es algo que
difícilmente podré detallar, de manera fiel y precisa, en estas líneas que estoy
escribiendo. El mundo se transforma, la vida dejar de tener un hilo conductor,
las cosas dejan de ser lo que parecen ser. Cada uno de los hombres y mujeres
de ese grupo heterogéneo, ataviado con los más diversos atuendos, empieza a
danzar y a moverse alrededor de esa sala, sin seguir ningún esquema
preconcebido. Las músicas, diversas, empiezan a llenar ese espacio que se
ilumina y se apaga de manera sincopada, como en espasmos eróticos
improvisados. Las mujeres, algunas de las cuales visten de manera muy
sensual dejando así traslucir sus encantos más ocultos, se deslizan
suavemente por el suelo de losetas frías, como serpientes silenciosas. Sobre el
escenario, alguien hace sonar, de tanto en tanto, una especie de viola
renacentista tallada en madera de haya. Por lo que observo, el público real no
debe de superar las cuatro o cinco personas, incluido yo mismo. Las danzas
más extrañas y sensuales se suceden sin pausa; a veces, un grupo de cuatro o
cinco bailarines y bailarinas, portan sobre sus hombros a alguien, simulando
una especie de cortejo fúnebre. En ese momento la música deja de sonar. En
mi cabeza irrumpen con fuerza las imágenes del film mudo de Luis Buñuel, Un
perro andaluz, si bien en la película del director de Calanda, las notas del
Tristán e Isolda wagneriano, acompañan ese movimiento atrevido e innovador,
cámara en mano. De hecho, me dirijo al supuesto director de ese grupo de
danzantes (el mismo que hacía de interlocutor antes de que todo comenzase)
para recordarle ese fragmento del film de Buñuel. No obstante, sigue con su
trabajo sin hacer demasiado caso a mi atrevida interrupción.
Estoy entusiasmado, fuera de mí. A veces, me muevo alrededor de los
danzantes en sus más diversos trazados, casi rozándoles. Otras, me retiro
hacia una de las columnas y me dejo resbalar contra la suavidad de su
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estructura de mármol verde oscuro, hasta que mi esqueleto queda
completamente apoyado contra esa estructura pétrea. Durante algunos
minutos, siento que voy a perecer en medio de todo ese movimiento
supuestamente anárquico que todos y todas han puesto en acto. Cuando
instantes después me incorporo, una figura femenina, ataviada con una
especie de tules ajados, de tonos marfil, viene de la parte de atrás de la
columna en la que yo estaba apoyado, y pasa casi rozándome. Se para cerca
de mí y siento cómo su mirada penetrante me traspasa. En ese momento,
empiezo a mover mis brazos y a mover mi cuerpo en un intento por fundirme
con todo lo que sucede en la sala. Cuando la figura femenina está a punto de
rozarme con su cara, una voz clara y potente emerge desde su garganta
mientras se va alejando lentamente. El timbre de su voz inunda todo el recinto;
nada parece distorsionar esa potencia sonora. Sin embargo, desde un rincón
oscuro, en el lado izquierdo del escenario, las notas de un piano comienzan a
interferir ese canto. Me acerco hasta él, y veo que es la misma mujer alta, y de
larga melena, que al comienzo de todo este sarao hacia sonar una especie de
clarinete. Me había fijado en ella, porque me habían atraído sus largas piernas,
perfectamente torneadas, y su elegante vestido de fruncidos aleatorios, que
imprimían una estética poderosa a toda su figura. Sin embargo, a veces las
cosas no son lo que parecen; volveremos sobre ella.
De tanto en tanto, el supuesto director escénico de todo ese increíble enjambre
humano, alecciona al minúsculo y privilegiado grupo de espectadores a
observar todo aquello que queramos ver y que normalmente no nos atrevemos
a mirar. Eso hace que aún me acerque más y más a algunas de las danzantes
que activan mi curiosidad más morbosa. La libertad es total, y nada ni nadie
osa disturbarla.
Sé que esta noche de domingo me he convertido en un ser privilegiado, más
allá del ruidoso ajetreo algo estulto que inunda las calles de mi ciudad. La “sala
de columnas” del Círculo de Bellas Artes, es la metáfora de un tiempo pasado,
pero también de un tiempo por venir. Los danzantes no parecen tener fin. Las
esculturas humanas que en ciertos momentos entretejen entre dos o más
bailarines, asemejan a las poses imposibles que les conminaba a hacer a sus
modelos el escultor Auguste Rodin.
Después de más de dos horas, lo que no parecía que iba a tener fin jamás,
concluye. Todos y todas se aplauden; por supuesto, yo también aplaudo a
rabiar. Pasados unos instantes, ese grupo humano, casi salvaje y amoroso, se
sube sobre el escenario y posa para algunas instantáneas que lleva a cabo
alguien con su cámara. En un determinado momento, preso de una enorme
emoción, decido intervenir. Me dirijo a ellos para decirles que quiero más y
más, que cuándo puedo volverlos a ver actuar a todos juntos. Me responden
que eso es algo difícil, porque no siempre actúan todos juntos. No forman un
grupo homogéneo. Entonces les hago saber que esta noche he experimentado
algo muy especial, tanto como lo que viví en una lejana tarde, en marzo de
1.975, cuando sin saber cómo me hallé en un salón del antiguo conservatorio
de Madrid, el actual Teatro Real, viendo una representación improvisada, en
una muy libre adaptación, de Poeta en New York, de Federico García Lorca. En
ella, un grupo de chicas y chicos exhibieron sus cuerpos desnudos, ante un
público estupefacto, logrando que los poemas de Federico cobrasen realidad
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material. Les hago saber (como estoy seguro que todos saben) que estábamos
aún en la dictadura fascista del General Francisco Franco y que todavía habrá
fusilamientos en septiembre de ese mismo año; también, que en ese mes de
marzo nadie osa pensar que su fin está ya próximo. Les sigo contando que, en
un cierto momento, la policía uniformada, “los grises”, está a punto de hacer su
irrupción en esa pequeña sala. Las voces se propagan; la representación se
interrumpe. Me precipito hacia uno de los ascensores, en él que, de improviso,
me encuentro con alguien que no conozco personalmente, pero que sé muy
bien quien es: el escritor Antonio Buero Vallejo. Bajamos los dos solos,
mientras él me susurra con voz cálida y segura: “será mejor que usted y yo
salgamos a la calle, antes de que todo se ponga más feo”.
La noche de hoy, para mí, les digo, ha sido junto con la tarde de aquel marzo
de 1.975, las dos representaciones que guardaré para siempre en mi memoria.
Más aún, les hago saber que vengo de ver una película muy dura sobre Pol Pot
y los Jemeres Rojos, y que gracias a ellos me he podido reintegrar a la vida.
Cuando exhalo mis últimas palabras, me dan las gracias desde ese escenario
donde todos están reunidos. De repente, sin que ni ellos ni yo sospecháramos
nada, todo el grupo se precipita y se viene hacia mí, contra mí, para darme un
abrazo colectivo. Mientras les digo que tengan cuidado, porque soy demasiado
frágil, la emoción y la alegría me inundan por dentro. Esos instantes únicos son
la experimentación material de la belleza absoluta. Después, el director habla
conmigo para decirme que Poeta en New York, siempre ha formado parte de
su vida como artista, que ha hecho alguna representación basada en ese texto
lorquiano. También me hace saber que (aunque yo no haya sido consciente) se
ha fijado en mi pequeño intento, al acercarse esa danzante, por incorporarme a
la actuación. Le confirmo que he estado a punto de desmadrarme del todo,
pero que al final he logrado contenerme, no sé muy bien por qué. En ese
momento, se acerca hasta nosotros esa imponente figura femenina, la que
tocaba el clarinete y el piano, y puedo ver cómo el maquillaje oculta su
incipiente barba. Me da las gracias por mis palabras, y me estampa un par de
besos. A pesar de haber descubierto que no es lo que parecía que era, me
sigue pareciendo bellísima, o bellísimo, qué más da.
Antes de abandonar la “sala de columnas”, sabiendo que he vivido algo
inolvidable, único e irrepetible, el director se dirige a los pocos que aún
permanecemos dentro, para comunicarnos que parte de ese grupo va a llevar a
cabo una representación en una sala alternativa en la zona de Usera, dentro de
unos días. En mi cabeza queda registrado el nombre de esa sala para poder
indagar después cuando vuelva a casa.
Me quedo con las ganas de poder intercambiar impresiones con algunas de las
danzantes que han participado, porque habían llamado poderosamente mi
atención, al haber provocado esa mirada atrevida que el director nos animaba a
poner en práctica. Se han escapado mientras yo hablaba con ellos; no importa.
Pol Pot y los Jemeres Rojos quedan ya muy lejos.
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Algunos días después, mis pasos me llevan en dirección a un barrio de Madrid
que conozco, a pesar de hacer bastante tiempo que no recalo dentro de sus
dominios. Se trata del popular distrito de Usera, ese en el que está ubicada la
sala Exlímite, que es donde volverá a actuar parte de aquel grupo mágico que
presencié en el Círculo de Bellas Artes.
El barrio de Usera ha cambiado mucho en los últimos años; de hecho, no
exageramos nada si lo denominamos: El Chinatown de Madrid. El porcentaje
de residentes chinos es bastante grande. Cuando llego a la estación de metro
de Usera, es ya de noche. Al salir al exterior, apenas sí puedo reconocer algo
de ese barrio que he transitado muchos años atrás. Las calles están atestadas
de negocios regentados por ciudadanos o ciudadanas chinas. Hay peluquerías,
salones de belleza, tiendas de alimentación, restaurantes, bares, cafeterías, y
un largo etcétera que regentan esos ciudadanos asiáticos.
La calle donde está ubicado el teatro no me dice absolutamente nada.
Enseguida tengo que entrar a algún local para ver si me pueden indicar en qué
dirección debo encaminar mis pasos. Mi recurrente optimismo se da de bruces
con el desconocimiento general cuando pregunto por esa calle. No obstante, no
desfallezco en mi intento. El problema es que tampoco tengo la menor idea de
si está muy lejos del metro o no. Tras salir del local donde no he tenido
demasiada suerte con la información, decido probar suerte con alguno de los
transeúntes que deambulan por las aceras. Una joven me indica de manera
poco precisa hacia donde debo dirigirme. En una de las calles más conocidas
(su nombre resuena en mi memoria) y más transitadas, una pareja de
viandantes me explica de manera bastante pormenorizada hacia donde me
tengo que encaminar. No obstante, de sus explicaciones puedo darme cuenta
de que está bastante lejos.
Empiezo a callejear, hacia adelante, hacia la izquierda y hacia la derecha,
sumido en la luz mortecina (anaranjada) que arroja el alumbrado público. No
deja de sorprenderme que aún hoy, se persista en esa iluminación que llegó
(supuestamente para ahorrar gastos) cuando la famosa crisis del petróleo de
1973. Es verdad que, en otras zonas de la ciudad, esa luz lánguida hace ya
mucho que desapareció del alumbrado público. Sin embargo, en Usera sigue
permaneciendo, como si el ciclo de la historia no hubiese cambiado.
Cuando creo que estoy a punto de dar con ese sitio tan recóndito, el local no
aparece por ninguna parte. Un señor me dice que esa calle está donde la
comisaría de la policía nacional del distrito. Sigo caminando, a veces hacia
adelante y otras hacia atrás. Finalmente, después de algunos rodeos que me
permiten entender dónde demonios está esa calle que busco tan
denodadamente, encuentro la sala Exlímite. Efectivamente está enfrente de la
comisaría, como muy bien me había indicado ese transeúnte. En ese momento,
antes de entrar, cuando dirijo la mirada hacia el edificio policial, una cierta
sonrisa irónica alumbra mi rostro, a pesar de que no pueda verlo. No puedo dar
crédito a lo que esto viendo. El edificio me recuerda de manera bastante
precisa la arquitectura futurista (y delirante) de la inquietante y magnífica
película de Stanley Kubrick: “A Clockwork Orange” (“La Naranja Mecánica”).
Durante algunos instantes pienso que me voy a encontrar con “Alex” y sus
“drugos”. El edificio, por supuesto, desentona de manera evidente con la
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arquitectura del barrio. Menos mal que está situado en el extrarradio, en torno a
una extraña vegetación que lo circunda por completo.
Ya dentro, los gestores del local comprueban que tengo reservada mi entrada.
Días atrás, había tenido que enviar un e.mail confirmando mi asistencia. Sin
embargo, no obtuve ninguna respuesta. La incertidumbre de saber si al final
había conseguido una localidad había quedado ahora despejada. De no haber
enviado ese correo, es muy posible que no hubiera podido entrar a presenciar
el espectáculo. Una vez que se nos sortea el paso hacia la sala, puedo darme
cuenta de que no hay muchas localidades para el posible público asistente.
Antes de que las luces se apaguen y comience la representación, puedo
reconocer a aquel supuesto director que nos dirigía la palabra en el Círculo de
Bellas Artes. Del resto de participantes, no logro reconocer a nadie de aquella
noche de domingo. Enseguida empiezan a salir detrás de las cortinas, muy
lentamente, algunas actrices; se arrastran con parsimonia. En un extremo del
escenario, una pareja de jóvenes maneja la música que sirve de soporte
sonoro al espectáculo que acaba de comenzar.
Todo es bastante abstracto; sin embargo, en nada me recuerda a lo que pude
presenciar en el círculo. Es verdad que allí eran en torno a veinte personas y
aquí son sólo seis. En un cierto momento, uno de los actores masculinos (que
porta consigo una maquinilla de cortar el pelo) se dirige hacia una de las
actrices que luce una bellísima melena rubia y empieza a afeitarle uno de los
laterales de su cabellera. Yo imagino que le va a propinar un pequeño rasurado
(una especie de “performance”) para seguir después con la función. Sin
embargo, me equivoco de manera estrepitosa. Poco a poco, sin prisa, pero sin
pausa, va acabando con los mechones de esa melena tan preciosa. El pelo cae
sobre el suelo del escenario y se acumula en un pequeño montón como si
fuese una suerte de pelusa que la suciedad hubiese ido acumulando. En un
cierto momento, el improvisado “peluquero” se dirige hacia el público con
alguno de los jirones de esa melena rubia que acaba de rasurar. Una mujer que
no está lejos de mí, accede a tomar entre sus manos esa supuesta
recompensa.
En el escenario, como adormecida, yace la artista con su cabeza convertida
ahora en una perfecta bola de billar. Yo mismo, y algunos miembros de ese
escaso público (en torno a las quince personas) estamos algo perplejos. No
damos crédito a lo que acabamos de presenciar en directo. “Pero esto es
asombroso, excesivo”, me pregunto. Incluso llego a barruntar la posibilidad (por
lo increíble que me ha resultado la acción) que debajo de esa cabeza rasurada
esté el pelo real de la actriz. Es decir, tal vez lleve puesto una especie de
esparadrapo sobre el que se habría pegado la melena de mentirijillas. Tendré
que esperar a la finalización de la función para poder asegurarme.
Todo, como decía, es bastante abstracto; y aunque al principio parece que las
cosas no funcionan del todo, a medida que va pasando el tiempo, la puesta en
escena coge fuerza y levanta el vuelo. Tanto qué, el epílogo está estructurado
sobre el desmontaje que lleva a cabo el supuesto director (también actor en la
función), de todos los elementos: altavoces, escaleras, focos, y demás. Incluso
me hace levantar de mi silla y también se la lleva. Las luces se apagan y se
hace la oscuridad en toda la sala: la experimentación ha terminado
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Después de los aplausos habituales, trato de hablar con el director para saber
de qué ha ido lo del rasurado. Me dice, tranquilizándome, que antes de cada
función el grupo se reúne y se toman en consideración los deseos de todos los
componentes. El rasurado lo había pedido ella. Además, esa actriz a quien,
antes de que su cabeza brillase como una bola de billar, había creído
reconocer como la que había hecho la performance sobre la fuente, en la
cuarta planta, en el Círculo de Bellas Artes, es la misma, según me aclara el
director. Todo en orden, pues. No obstante, la mujer del público se queda con
el trofeo que le había ofrecido durante la acción el actor-peluquero. El resto,
que había quedado esparcido por el suelo del escenario, es recogido de
manera muy meticulosa por uno de los actores.
Abandono la sala Exlímite, sin dejar de mirar ese extraño edificio kubrickiano
que aloja las dependencias de la policía nacional del distrito de Usera. Me
apercibo, aunque lo sé perfectamente, de que mi memoria espacial no me va a
traicionar a la hora de hacer el recorrido de vuelta hasta la estación del metro.
El Chinatown madrileño aparece ahora algo más oscuro y tranquilo: la mayoría
de los comercios ya han echado el cierre. El camino de retorno hacia Vicálvaro
aún es largo.
La imagen de la izquierda es una fotografía que fija la entrada de los Jemeres
Rojos, el 17 de abril de 1.975, en Phnom Penh. En ella, podemos ver cómo la
composición de ese grupo está formada por muchachos muy jóvenes, e incluso
niños.
La imagen de la derecha es una instantánea, tomada con la cámara de mi
teléfono móvil, de ese grupo de bailarines, danzantes, artistas, etc.,
encaramados al escenario de la “sala de columnas” del Círculo de Bellas Artes
de Madrid, después de esa interminable “performance” o lo que fuese lo que
sucedió en ese domingo inolvidable.
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