Refrescar pantalla proporciona las mismas satisfacciones que abrir y cerrar una heladera: las entrañas de un limón sin jugo, condimentos vencidos del McDonald’s. Lo descubrió durante la primera semana. Optó por escribir más seguido, con sinceridad avinagrada. Los escasos “me gusta” alegraban los cielos de sus tardes, pero se desinflaban indefectiblemente por las noches, cuando más anhelaba un corazón.
Los bebés se toman, aproximadamente, unos nueve meses.
Los árboles frutales, treinta y seis.
Las editoriales, entre seis y para siempre.
Con desesperación, abrió la heladera una vez más. La falta de oxígeno le oprimía el pecho. Notó que el limón se encogía en una esquina, seco del terror. Furiosa, o acaso harta, le vació encima un sobre de mostaza y se lo tragó entero, con cáscara y semillas incluidas. Todavía masticaba con dificultad cuando llegó al gimnasio. A la vuelta tendría que pasar por el supermercado, ya que no podía vivir sin comer. Poco le importó.
De momento, podía respirar.
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