Delgaducho: la poesía como acto de equilibrio
La poesía de Antonio García, el delgaducho, se sostiene en el filo de una cuerda floja. Como él mismo escribe en uno de sus versos: «Vivo poseído por el espíritu de un–a equilibrista». Alguien que supongo en vida cometió un trágico error. Y así es su obra, un intento persistente de mantenerse en pie sobre el abismo de la existencia, sin importar cuántas veces la caída sea inminente.
Hay en su poesía un eco de Leopoldo María Panero, no solo porque le dedica un poema (A ti), sino porque comparte con él esa lucidez que duele, ese desencanto feroz con el mundo y sus habitantes. No es casual que Delgaducho advierta con ironía: «Qué puta lucidez por todas partes». La conciencia en su poesía es una carga pesada, pero también es el motor que lo impulsa a escribir.
Su verso es directo, sin ornamentos superfluos. No le interesa la metáfora por el mero juego de palabras, sino la imagen que golpea, que sacude. La tristeza no es solo un sentimiento, es un órgano más del cuerpo: «Porque habita en la saliva / en el lagrimal / entre las costillas». Su poesía es anatomía del dolor y del deseo.
El amor en su obra es un territorio incierto, donde la luz y la oscuridad se confunden. Me deslumbraba tu oscuridad, dice en uno de sus poemas, y en ese verso condensa la contradicción de sentirse atraído por lo que puede consumirnos. Es un amor que arde, que se vive con urgencia, que se saborea con la certeza de que también puede destruirnos.
Pero delgaducho también nos hace reír en medio del desgarro. Su humor negro es un respiro, como en Halloween como en conjunto, donde compara la vida con una noche de disfraces en la que aceptamos caramelos de extraños sin cuestionarnos el peligro. Es esa ironía la que lo aleja de la solemnidad y nos acerca más a su voz, porque habla desde la misma incertidumbre que habitamos
todos.
En sus versos, la vida es un negocio que tarde o temprano cierra, y el aterrizaje es forzoso. Pero mientras dure el vuelo, su poesía sigue siendo ese acto de equilibrio sobre el vacío. Y nosotros, lectores suyos, seguimos atentos, hipnotizados por la danza de sus palabras.
Su poesía logra capturar lo crudo y lo bello de la existencia, cómo su voz resuena en quienes han sentido la vida como un equilibrio precario, y cómo sus versos nos siguen cuidando, como él mismo decía en «Que me cuiden».
Y nos reunimos esta tarde, si puedes acercarte te deleitaremos con su poesía. ¡Os esperamos!
@María José Luque Fernández

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