Serie Cartas desde la Otra América
Llega al simulacro de tienda, en Oaxaca, un hombre con la cara como encogida en el envase de su angustia, como si lo pintara Bacon o un expresionista en un mal día, se abalanza sobre el mostrador y desliza tres, cuatro carretes al mozo que le atiende tras el mostrador, un muchacho delgado como la aguja de un reló, tal la aguja mismo de un reló silencioso que va marcando en la estancia mínima el tiempo de la vida.
–¿Y qué desea usted?
–Revelado, joven. Una copia, formato económico. Es para mi archivo.
–Ya. ¿Y rápido será?
–Lo más. Dejo pronto este pueblo.
–Ah, pues no me puedo dar prisa. Será para mañana.
–Cómo mañana, dejo esto hoy le digo, joven.
El muchacho se aturrulla, pero concede. Hace números en su cabeza y mira al frente, donde en la calle una chamaca se persigna, junto a puede que su madre.
–Tal vez para esta tarde, cuando eche el cierre. No le puedo garantizar.
El hombre de la angustia le dice que sí, pero ese sí queda como si sembrado en el corazón de esa mañana ya grandota, desinteresada de todo, y sobre todo de sus fotos.
–Vale, yo le espero. Sigo nomás por el pueblo. Me tiene allá, en esa cuadra de ahí…
Y el hombre angustiado señala la esquina de un punto lejano, donde una muchacha tiende algo, no se ve bien.
El hombre sale de la tienda, que apenas mostraba el cartelito de revelado, oculto por uno de cerveza. Va el muchacho y repara que no tiene cómo llamarlo. Busca en los carretes que le ha dejado, pero tampoco. Se da cuenta de que el hombre, para angustiarlo a él también, quiere que el trabajo esté lo más pronto posible y se ciñe al plazo de la tarde-noche.
El hombre llega por la noche, con una angustia mayor, que ya es casi tristeza. El muchacho, azorado por tanto trabajo (ha tenido que cerrar el despacho y esconderse en la trastienda), sale como si lo hubieran descubierto en un crimen, pero entrega las copias. Hay mucho dolor en las fotografías. Vacas muertas. Gente con la mirada perdida no se sabe en qué. Paisanos que no conoce, pero que intuye en las cercanías del lugar. Chamacos tendidos, ojalá que dormidos en el suelo terroso y seco. El hombre lo ve todo bien. Paga. Se lo mete todo en una bolsa donde lleva también queso, nueces y un botellín sucio de agua.
–¿Y estas para tal vez mañana? –dice como pensando en otra cosa. El muchacho desespera, pero sigue accediendo– Estas son de aquí mismo. De hoy. –sigue diciendo el hombre, como si eso lo pudiera convencer al muchacho.
–Tal vez, pero será en la tarde o en la noche otra vez…
–Así será.
El hombre se da la vuelta para salir de un solo giro a la calle, pero el mozo lo detiene seco, con la misma mano donde lleva el pago.
–¿Y un nombre?
El hombre le entrega su rostro más cansado. No, no es cansancio, es tristeza:
–Ah. Juan Rulfo. Pero no estaré ya en esa cuadra.
Juan Rulfo (1917-1986) es el cuentista, novelista (de una sola novela, Pedro Páramo), guionista y fotógrafo cuya imaginación asoló a toda una generación de realistas mágicos, tendencia expresiva que abre con su desoladora Comala. Introvertido, casi lúgubre, alumbra su serie de cuentos El llano en llamas, y después El gallo de oro, tomando casi apuntes de fotógrafo (como en la troquelación) de un mundo irremediablemente trágico, donde la muerte es hermana de la vida. Cuentos como ¡Diles que no me maten! definen, por breves que sean, toda una literatura. Además de las escasas páginas de su obra lacónica, Rulfo ha publicado un centenar de sus fotografías. Quién sabe si alguna de ellas la reveló en esta Oaxaca…

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