Se retuerce la tarde sobre siluetas irregulares,
libera el balance de un día sin tregua,
ritmo enloquecido a falta de silencios
ahogado por la cadencia de la rutina.
Nos salva el reflejo del sol
y la cercanía de un abrazo que cura.
La mirada se pierde en el infinito
mientras la luz adormece los recuerdos del día.
Se recupera la calma,
el pensamiento del que calla por obligación
en la orilla,
en el deseo de cruzar al otro lado
y la curiosidad de observar desde allí
a aquel ser que mira,
callado,
sin atreverse a cruzar la línea
que se supone que nunca ha de atravesar.
Val Marchante
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