Anaís llegó a la casona una noche cerrada. El coche la dejó en los pórticos de entrada, por ello, se vio obligada a caminar el kilómetro que había hasta el caserón de los Dubois. Después de golpear varias veces la aldaba, la recibió el ama de llaves, una anciana que a duras penas podía caminar. Al ver el bastón de madera y los pesados andares, no pudo evitar preguntarse, cómo una mujer tan entrada en años, lograba llevar la organización de tan imponente hogar.
La joven había sido contratada para cuidar al hijo de la viuda de Dubois, que sufría una severa parálisis desde que volvió de la guerra. Era un hombre de unos veinte años que apenas lograba mover sus párpados y algunos días, sus endebles manos.
Anaís trabajó como enfermera durante los primeros meses en el frente de batalla. No solo curando a los soldados heridos, sino, ayudando a un prestigioso médico que experimentaba con un novedoso tratamiento, llamado acupuntura, y que adquirió los conocimientos en un viaje a China. Los resultados fueron magníficos, dándole fama entre los regimientos y llegando a oídos de la desesperada madre de Bastian. Esta, era un ser misterioso, sombrío, que guardaba luto desde su juventud debido a la muerte de su marido. El pelo canoso sobresaltaba entre el velo negro que siempre llevaba y que solo retiraba para comer y dormir, por supuesto, en soledad. Los zapatos con medio tacón que siempre llevaba resonaron en el mármol lustrado, alertando de inmediato al ama de llaves, que la dueña se acercaba a la entrada.
—Puede retirarse Margarette, yo me encargaré de la joven. ¾Despachó al ama de llaves y la observó con atención antes de dirigirse a ella¾. Debe ser la enfermera. ¿No es así?
—Sí señora, mi nombre es Anaís And…
—Sí, sí, ya lo sé. Por aquí, sígame que le explicaré todo. ¾Subiendo las escaleras principales la acompañó hasta una gran habitación¾. Como le he comentado en las cartas, mi niño sufre de una fuerte parálisis. Su vida a cambiado drásticamente. Veo su sufrimiento todos los días y estoy dispuesta a pagar lo que sea necesario para que vuelva a ser feliz. ¾Miró el reloj de mano un par de veces antes de guardarlo entre los pliegues de la falda¾. No tengo mucho tiempo, pero deje que le aclare. Sé que no puede prometerme nada, pero cuente con una gran suma de dinero, si utiliza el nuevo tratamiento con él. El coronel Moreau me ha informado de los resultados que han conseguido en el frente.
—Sí señora, así es, pero como ha dicho, no puedo garantizarle que funcione. ¾Anaís comprendía el dolor de esa mujer, pero si de algo estaba segura, es que el tratamiento no reaccionaba igual con todos los pacientes.
—Le pagaré el sueldo de un año, solo por intentarlo. ¾Extendió su mano para darle paso¾. Esta será su habitación, espero que encuentre todo a su gusto. Mañana a primera hora le presentarán a mi hijo.
—Sí señora, es un lugar hermoso y espero poder serle de ayuda.
—Estoy segura de que así será. ¾Antes de salir de la habitación se giró de forma prepotente1. Solo hay una condición. Cuando suene las campanadas de medianoche, nadie debe salir de sus habitaciones hasta el amanecer. La casa es demasiado grande y muy oscura.
Los golpes retumbaron con fuerza en las paredes de los aposentos y vibraron los cristales de las ventanas, era el campanario anunciando las doce de la noche.
La mansión se encontraba a las afueras de un pequeño pueblo llamado Montrésor en el centro de Francia, a orillas del río Indrois. Sus paisajes verdes en varias tonalidades contrastaban con sus edificaciones de piedra y sus calles antiguas. Las grandes arboledas rodeaban el lugar, mientras los prados eran aprovechados para los cultivos de la zona.
Esa mañana la joven enfermera se levantó con el cantar de los pájaros, entre suaves sábanas de seda y con un gran desayuno. Estaba claro, que la dueña deseaba mantenerla fuerte y saludable. Pasadas las diez, una de las sirvientas la acompañó hasta la puerta de la habitación del joven paciente y se retiró a toda prisa, con tal pavor, que ella no comprendió. La iluminación era muy buena, los grandes ventanales dejaban entrar una suave brisa primaveral. En una esquina y apoyado con sumo cuidado, un violín descansaba entre el terciopelo de un lujoso sofá. Grandes estanterías repletas de libros cubrían las paredes y en una gran cama, el muchacho la observaba con sus ojos llenos de intriga.
—Hola. —Se acercó un poco para que pudiera verla mejor¾. Me llamo Anaís, soy la nueva enfermera y vengo a tratar tu parálisis.
En respuesta, recibió un gemido gutural que salió de la garganta del paciente, haciendo a su madre y a varios empleados correr hasta la habitación.
—Tranquila Anaís, se pone nervioso con las personas que no conoce y al no poder hablar, puede dar un poco de miedo. —La mujer se acercó a su hijo y comenzó a acariciarle la mano, mientras los sirvientes retiraban a la enfermera del lugar¾. Tranquilo cariño, ya te lo expliqué, no tenemos otra alternativa. Tienes que hacerlo.
La joven caminó de un lado a otro por la sala de estar, preocupada. ¿Cómo podía tratar a una persona que no deseaba su ayuda? ¿Qué le sucedió a ese pobre hombre? Los gemidos roncos retumbaban por toda la casa, dejando claro, la furia que estaba sintiendo Bastian. No deseaba verla.
El día pasó tranquilo, entre té y masas en la terraza de la casona. La dueña, le había garantizado que todo cambiaría, solo necesitaba darle un poco de tiempo a su hijo, para que aceptara de una vez su ayuda. Al caer la noche, le sirvieron la cena en su lujoso cuarto y le recordaron que no debía salir hasta el amanecer.
Sobre las tres de la madrugada, las voces comenzaron a retumbar en su cabeza. Al principio dio por asumido que se trataba de un sueño, pero poco a poco fue tomando conciencia.
—¿Cuántos crees que sobrevivieron? Muchos ya no quieren jugar. ¾Los murmullos eran inentendibles, otros lograban hablar más fuerte¾. Todos llegamos engañados, con promesas en el aire que no dejaban ver la oscuridad.
—Sí, ella nos traicionó. Con sus palabras de súplicas y ahora… —Otros susurros decían divagaciones, palabras sueltas que no tenían sentido. ¾Llegará la hora… La sangre… el dolor… ¡Zorra! Esposa de Satanás… ¡Aléjate de mí!
—Cuando las entrañas se te retuerzan, allí estaremos esperándote. —Anaís se acercó a la pesada puerta apoyando la oreja en la madera cuarteada—. Estamos aquí… ¡Huye! ¡Los demonios se acercan y ya no podrás hacer nada!
Con sumo cuidado salió al pasillo, intentando que las bisagras de la puerta no chirriaran. Los pies se le helaban en el frío mármol y por momentos no podía evitar pisar la tela de su largo camisón. Dudó si bajar por las escaleras, pero las voces se escuchaban con más intensidad. Llantos, súplicas, lamentos agonizantes, eso eran los susurros que se confundían entre las demás palabras. Al llegar a la entrada del salón principal, las puertas cerradas comenzaron a temblar de forma persistente, como si alguien quisiera escapar desde dentro. Los pestillos giraban sin sentido y las lámparas se agitaban de forma violenta en los techos.
—Todos salen. —La risa de la dueña de la casa le asustó, sintiendo una brisa gélida en la nuca—. Ninguno puede evitar las voces y terminan saliendo después de medianoche. Tú has sido la más precoz, sabía que tenías posibilidades. ¿Por qué será? —Se acercó a paso lento, mientras un par de hombres le cortaron el paso—. Bueno, ahora ya no importa, poco tiempo te queda.
Anaís, corrió desesperada por el lugar, intentando abrir cada puerta a su paso. ¿Qué quería esa anciana de ella? ¿En qué lugar maquiavélico estaba? Una de las entradas cedió y la joven se perdió en la oscuridad. Era un amplio baño de azulejos blancos. Buscó a tientas dónde esconderse o tal vez, alguna salida. El gran espejo reflejó su rostro asustado y lloroso, su camisón orinado y sus pies violáceos producto del frío. Sus cabellos revueltos, dejaban rizos desordenados en una melena llena, despeinada y ahora sucia. ¿Por qué había sido tan tonta de salir de la habitación? No comprendía el motivo, pero estaba claro que no era nada bueno. La lluvia caía con fuerza en el exterior y un par de relámpagos retumbaron en la casa, en el preciso instante que uno de los hombres golpeaba su cabeza contra el espejo. Los cristales estallaron hacia todos lados y la sangre comenzó a caer por su frente, mientras un dolor penetrante le avisaba que los cortes eran profundos.
Se arrastró por el suelo, intentando escapar, pero la visión borrosa se lo impedía. Un golpe en las costillas la dejó sin aliento, acompañado de varias patadas más en otras partes del cuerpo. Esos hombres la estaban matando y no tenía escapatoria. Suplicó a Dios, pero poco podría hacer en ese momento.
—Traedla a la sala, no hay tiempo que perder. —La mujer sujetó su cabeza un instante antes de dejarla caer de un golpe otra vez sobre el mármol. —Estúpidos, la habéis malherido demasiado, este cuerpo se demorará en recuperar.
—¿Qué queréis de mí? ¡Dejadme! —Anaís gritó y se retorció en los brazos de aquellos hombres.
—Bueno, veo que aún no perdiste las fuerzas. —La anciana sacó un cuchillo del armario y comenzó a cortar la carne del muslo de la joven, mientras los hombres la sostenían sobre una gran mesa—. Sabes niña, mi pobre pequeño no tuvo opción. Pocos lo entienden, pero todos queremos vivir, él, no es la excepción. Lástima que el último cuerpo que seleccionó fue el del paralítico ese, el pobre tampoco tenía opción, el antiguo depósito se moría.
Anaís apenas lograba escuchar la voz de la anciana, su mente se encontraba nublada, aturdida por el dolor. El primer golpe que le propinó con un martillo en la rodilla, la volvió a la realidad. El dolor insoportable, la regresó a la conciencia y gritó, gritó con todas sus fuerzas, pero nadie era capaz de ayudarla.
—El cuerpo debe estar al borde de la muerte, para que el alma no desee quedarse en él y así poder funcionar como un depósito. Es decir, tenemos que sacarte a ti, mocosa estúpida, para que mi hijo pueda quedarse con tu cuerpo.
El joven Bastian entró arrastrado por uno de los ayudantes en la silla de ruedas, mientras gemía de forma grotesca a la madre.
—Lo siento cariño, pero es el cuerpo que tenemos. Tendrás que soportar ser una mujer por una temporada, pero no te preocupes, ya encontraremos otro depósito. —Otro golpe resonó en la casa, detrás restallaron los huesos de las piernas de Anaís y sus gritos suplicantes—. Tranquilo mi vida, los dedos no voy a tocárselos, así volverás a tocar el violín.
***
Francis entró por la mansión una hermosa mañana de agosto, el calor arreciaba, por ello agradeció el frescor que producía el mármol. Una suave melodía retumbaba en las paredes, parecía una canción de cuna. Instintivamente, y a por falta de alguien que lo recibiera, subió las escaleras siguiendo los acordes embriagadores.
En una de las habitaciones, una joven, sentada en una silla de ruedas, tocaba el violín con pasión. Sus dedos se deslizaban con agilidad por las cuerdas, mientras su cabello rizado danzaba al son de los movimientos.
—Hola, perdona no quiero asustarte, es que no había nadie en la puerta. Soy Francis, el enfermero que contrataron hace unas semanas. —Apoyó su maleta en el suelo mientras ella le sonrió con mucha alegría—. Vengo recomendado del hospital central, supongo que contaban conmigo.
—No se moleste en hablarle, no podrá contestarle. Anaís perdió sus cuerdas vocales. —La anciana apareció detrás del joven con un gran manojo de llaves—. Sé quién es, lo hemos contratado para tratar a mi pobre pequeña. Por desgracia sufrió varias fracturas en sus piernas y no se pudo recuperar. Veo su sufrimiento en sus ojos. —Extendió la mano, señalando al enfermero una de las habitaciones—. Por favor, sígame que le mostraré su habitación y le explicaré todo bien. Pero no se preocupe, será fácil. La única regla que tenemos en esta casa, es no salir después de la medianoche. La casa es grande y muy oscura.
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