¿Qué podrían tener en común Elsa Lanchester, Simone Simon, Janet Leigh, Sigourney Weaver y Jamie Lee Curtis? Que son mujeres, actrices… y “reinas del grito”. Sí, todas ellas, en algún momento, han sido consideradas scream queens por sus intervenciones en películas de terror. Aunque esta etiqueta les sirvió como catapulta hacia su estrellato, también las encasilló en el rol de víctimas atractivas, chicas en apuros que necesitaban la ayuda de un hombre para escapar o acabar con su tremenda angustia. No obstante, en unos segundos, siguen siendo capaces de concentrar la atención de los espectadores y frenar la acción en medio del caos. Así debutó también Gloria Stuart (Santa Mónica, 1910) en “El caserón de las sombras” (1932), con Boris Karloff y Charles Laughton; y en “El hombre invisible”, dirigida por James Whale en el mismo año. Más tarde, continuó en “Un beso ante el espejo” (1933) y en “Time out for murder” (1938), donde interpretó a Margie Ross.
¿Quién fue Gloria Frances Stewart? A pesar de que este nombre no nos diga nada a priori, me atrevería a asegurar que gran parte de nosotros la recordamos por su intervención en “Titanic”, la producción más costosa del cine hasta 1997. Se trata de la anciana Rose DeWitt Bukater, la superviviente de la catástrofe y narradora de los acontecimientos, la conexión entre pasado y presente. Gloria la rodó con ochenta y siete años, cuando llevaba mucho tiempo retirada de la gran pantalla. La maquillaron para que pareciera aún mayor, fue nominada al Premio Oscar como mejor actriz de reparto y, en contra de la mayoría, defendió a Cameron, asegurando que era un director que sabía lo que quería y no dudaba cuando tenía que expresarlo.
Desde niña, la farándula la atrajo y uno de sus juegos favoritos consistía en hacer teatrillos para los niños de su calle. En la escuela, fue integrante de un grupo infantil, con el que llegó a ser protagonista de la obra “El cisne”, del dramaturgo Ferenc Molnár. Luego, se licenció en Filosofía por Berkeley, donde conoció al escultor Gordon Newell y con quien contrajo matrimonio. En la ciudad de Carmel se unieron a una comunidad bohemia y convivieron con artistas de todos los ámbitos. Nada fue de color de rosa, ya que se empleó como periodista, mesera en un restaurante, bordadora de manteles, y tuvo que subsistir sin acomodos.
Por iniciativa propia, acortó su apellido porque pensaba que cuadraría a la perfección en la marquesina de los cines. No obstante, siguió trabajando en pequeños teatros californianos, hasta que el montaje de “La gaviota” (Antón Chéjov, 1896) -estrenado en el Pasadena Playhouse-, le brindó un contrato de siete años con la Universal. En diciembre de 1932, la Asociación Occidental de Anunciantes Cinematográficos la situó entre las quince nuevas actrices con más probabilidades de triunfar. La primera de sus películas fue “Street of women” (Archie Mayo, 1932) y se sucedieron muchas otras, como “Vampiresas de 1933” (1933), “Escándalos romanos” (1933), “Identidad desconocida” (1933), “Aquí viene la armada” (1934) o “Gift of gab” (1934). Actuó con Shirley Temple en “La pobre niña rica” (1936) y en “Little Miss Broadway” (1938), y para Jonh Ford en “Prisionero del odio” (1936). A finales de los años cuarenta, decidió abandonar su pasión, decepcionada, cansada de los mismos papeles y frustrada por formar parte de la serie B de la Fox. Para entonces, ya se había divorciado de su primer marido y se había vuelto a casar, esta vez con el guionista Arthur Sheekman, con quien tuvo una hija.
En su nueva etapa retomó las artes plásticas y la escritura -vocaciones que aparcó siendo muy joven-, además de dar la vuelta al mundo en barco con su familia. En el Museo Jeu de Paume (París) halló la inspiración en Renoir, Degas, Gauguin, Monet y Van Gogh. Más tarde, sus pinturas fueron expuestas en la Galería Hammer de Nueva York, en 1961. Le siguieron Los Ángeles, Palm Springs y Beverly Hills. Tras la muerte de su segundo marido, se encontró con Ward Ritchie, que le propuso la publicación de libros sobre arte. Con su ayuda, aprendió a manejar la impresión tipográfica y montó una imprenta en el estudio de su casa. También, cultivó el arte del bonsái y llegó a poseer un pequeño bosque con cien ejemplares.
Gloria, desde sus inicios, fue muy consciente de la explotación a la que estaban sometidos los actores y las actrices por parte de la industria; por ello, no dudó en fundar un sindicato junto a sus colegas. Del mismo modo, luchó contra la intolerancia y la xenofobia desde su particular trinchera. Perteneció a la Liga Antinazi de Hollywood y, al lado de la escritora Dorothy Parker, creó la Liga de Apoyo a los Huérfanos de la Guerra Civil Española.
Volvió a coquetear con el cine y la televisión realizando algunos cameos, como cuando bailó con Peter O’Toole en “Mi año favorito” (1982), o junto a Angela Lansbury en uno de los capítulos de “Se ha escrito un crimen” (1987). Después de “Titanic”, participó en otros proyectos y podemos verla en “El hotel del millón de dólares” (2000) o en un videoclip de los Hanson, uno de los grupos musicales de moda en los años noventa. En 1999 publicó su biografía, “Gloria Stuart: I just kept hoping” -escrita con la ayuda de su hija, Sylvia Vaughn Thompson-, y traducida como “Sólo seguí esperando”.
Unas semanas antes de fallecer debido a un cáncer de pulmón, la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas le rindió un homenaje al cumplir cien años. Murió mientras dormía la siesta. Vivió según sus principios; sin lamentarse, sin desistir.
María Rodríguez Velasco. Escritora y actriz.
Nace, crece y, actualmente, vive en Aceuchal, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz. Licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca y Máster en Neuropsicología y Educación por la UNIR. Colabora en la revista cultural digital Amanece Metrópolis reseñando obras de teatro, novelas y poesía; también, ha participado escribiendo relatos cortos en la sección de bloggers de la Editorial Acto Primero. Es integrante de la Asociación Acebuche-Teatro desde hace más de una década y ayudante de dirección en su cantera infantil. Ejerce profesionalmente como orientadora en los Equipos de Orientación Educativa y Psicopedagógica de la Junta de Extremadura, en diversos centros. Apasionada del cine, la música, la lectura y el teatro, que le han aportado sosiego, sentido común y horizontes infinitos donde proyectar sueños y realidades posibles. La interpretación y el escenario le han permitido viajar lejos y profundizar en las entrañas de muchos personajes; en definitiva, explorar la inteligencia emocional.
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