La ética como faro en la tormenta by Avelino Muleiro

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Nos ha tocado vivir una época en la que se despliegan acontecimientos fantásticos que nos envuelven con su fulgor. Vivimos inmersos en un tiempo de desafíos científicos seductores, de reivindicaciones tan nobles como la defensa del medio ambiente y la anhelada paz mundial. Sin embargo, este mismo tiempo nos confronta con inesperados dilemas sociales y con alarmantes tempestades políticas que sacuden los cimientos de nuestra realidad.

Nos ha tocado ser testigos de una era en la que el conocimiento humano se aventura más allá de los límites imaginables. La irrupción de la Inteligencia Artificial y los misterios revelados por la mecánica cuántica nos invitan a trascender un pasado reciente que se ha desvanecido, irreparable y sin retorno. Es un privilegio compartir la esperanza que florece en los avances científicos, esos destellos que iluminan el horizonte con promesas grandiosas para el porvenir de la humanidad.

Pero, junto a esta espléndida amalgama de regalos del progreso, emergen sombras inquietantes. Surgen problemas acuciantes y necesidades imperiosas; irrumpen temores inéditos que desafían nuestra fortaleza, y se agitan nostalgias antiguas que nos recuerdan lo que fuimos y lo que dejamos atrás. Así, transitamos este tiempo complejo, entre luces y penumbras, entre sueños y desvelos, abrazando la incertidumbre mientras tejemos las expectativas del mañana.

En una Naturaleza exhausta, una pobreza al alza

La explotación de las materias primas que la Naturaleza nos ofrece de manera gratuita está llegando a un punto crítico debido a su acelerado agotamiento. En los últimos años, ha surgido un lucrativo negocio centrado en la búsqueda y extracción de tierras raras, esenciales para la fabricación de productos tecnológicos. Recursos fundamentales como el petróleo, los cereales y el agua están volviéndose cada vez más escasos y limitados. Esta situación ha generado un aumento significativo en los precios de los mercados nacionales e internacionales, agravando la desigual distribución de bienes esenciales y acelerando el crecimiento de la pobreza a nivel global.

El constante ascenso en el precio de los cereales durante los últimos años presagia un sombrío futuro, con la posibilidad de que cien millones más de personas caigan en la pobreza en el mundo en los años venideros. Si a este inquietante escenario añadimos el encarecimiento de otras materias primas, muchas de ellas al borde del agotamiento, y el imparable aumento del desempleo, el horizonte inmediato se perfila desalentador para la mayoría de la población. Nuestras aspiraciones de bienestar y disfrute se ven menguadas, mientras que los avances sociales, tan anhelados, se tornan cada vez más arduos de alcanzar.

No obstante, todo aquello no será más que una nimiedad frente a la miseria que, implacable, habrá de cebarse sin piedad en los más vulnerables. Creo que ante estas cuestiones debemos adentrarnos en una reflexión más honda, evitando quedarnos en el roce superficial de su epidermis.

En el vasto horizonte de las crisis que nos asolan —ecológica, bélica, económica, política y social— surge la pregunta ineludible: ¿cómo detener el avance de la pobreza y emerger con dignidad moral de este abismo? La respuesta, quizás, yace en la justicia, ese concepto poliédrico y siempre debatido. Desde su esencia, podríamos articular un nuevo enfoque global para gestionar bienes y riqueza, cimentado en valores éticos que ofrezcan alternativas sostenibles.

Aunque parezca una quimera reconstruir la sociedad desde una justicia originaria, como la concebida por John Rawls en su teoría de la «posición original», sus principios podrían ser una brújula eficaz. Rawls nos invita a imaginar un escenario donde las decisiones se toman bajo un «velo de ignorancia», despojados de privilegios y prejuicios, para garantizar equidad. Este modelo propone dos pilares fundamentales: igualdad de libertades básicas y un sistema que beneficie especialmente a los menos favorecidos, asegurando oportunidades justas para todos.

En este marco, la justicia como equidad no solo es un ideal filosófico, es una herramienta práctica para enfrentar las desigualdades estructurales que perpetúan las crisis actuales. Al adoptar esta perspectiva ética y universal, podríamos comenzar a trazar el camino hacia una sociedad más justa y sostenible, donde el bienestar colectivo se erija como el centro de nuestra acción.

Sabemos que nuestros deseos no se distinguen precisamente por su lealtad a nuestras ideas ni por su perseverancia en los proyectos que abrazamos. Más bien, se manifiestan como fuerzas impertinentes y caprichosas, ajenas a la disciplina de la razón. Esa naturaleza errática, cuando se entrelaza con la vida del resto de ciudadanos, engendra inevitablemente distorsiones en la convivencia social y da lugar a conflictos de honda gravedad. Solo un liderazgo firme y luminoso de la ética, siempre presente como guía insoslayable, puede rescatarnos de esa potencial deriva colectiva. Es imperativo reivindicar la ética no solo como el faro que ilumina nuestra existencia personal, sino también como la brújula que orienta el rumbo de la sociedad. Porque en la ética habitamos, no por elección circunstancial, sino por el profundo mandato de nuestra propia naturaleza.

Ética y moral

La palabra ética proviene del griego êthos, que en un principio significaba estancia, morada, lugar donde se habita. Posteriormente, Aristóteles precisó este sentido y, a partir de él, significó manera de ser, carácter. La ética es como una segunda casa o naturaleza. No se puede confundir con la moral, aunque nunca faltan quienes las identifican. La palabra moral traduce la expresión latina moralis, que derivaba de mos (en plural, mores) y significaba costumbre. Inicialmente, en la cultura latina, con la palabra moralis se recogía el sentido griego de êthos, interpretando que las costumbres también se alcanzan a partir de una repetición de actos. A pesar de este profundo parentesco, la palabra moralis se aplicaba a normas concretas que han de regir las acciones. Así, pues, desde la etimología, hay poca diferencia entre la ética y la moral, pues ambas hacen referencia a una realidad parecida. La ética, desde una definición real, es una reflexión sobre la moral, es una filosofía de la moral. La ética se pregunta, entre otras cuestiones, por qué consideramos válidos unos comportamientos y no otros. Ella investiga qué es lo específico de la conducta moral, analiza los principios generales de la conducta, crea teorías que justifiquen lo que merece la pena vivir.

La ética tiene carácter universal por fundamentarse en la razón, en cambio, la moral se fundamenta en la cultura, en la tradición, en un determinado modelo de sociedad. La moral da pautas para la vida cotidiana, explica los principios de la conducta adquiridos por asimilación de costumbres y valores de nuestro entorno (familia, escuela, iglesia), explica las normas que se sustentan en la autoridad… En definitiva, la ética se sostiene en la razón y depende de la filosofía, mientras que la moral se apoya en las costumbres y queda formada por un conjunto de normas que la sociedad acepta cómo válidas. Los códigos morales existen desde el mismo momento en que existe la sociedad humana. Todo grupo tiene estos códigos y en ellos se revelan los valores buenos y malos de las acciones. Debajo del concepto “ética” aparecen los valores; debajo del concepto “moral” encontramos los principios.

Los valores no son inmutables, porque pueden ser modificados en función de la interpretación de la realidad en cada etapa de la vida. La única autoridad que reconoce los valores es la razón, y son sus argumentos los que determinan el criterio de validez axiológica. Fue Kant quien estableció por primera vez la distinción entre éticas formales y materiales. Las formales se atienen a la estructura de la acción; las materiales se ajustan a su contenido. Este contenido suele ser un objeto, una propiedad o estado de cosas que se considera un bien supremo y que va unido a la felicidad. Qué sea el bien, en qué consista la felicidad o dónde ubicarlos será tarea de las distintas escuelas o sistemas filosóficos. Así, nos encontramos con el hedonismo (Aristipo, Epicuro…), con el eudemonismo (Aristóteles), con el utilitarismo (Jeremy Bentham), con la paz interior (estoicismo), con los valores (Max Scheler)… Lo opuesto a una ética material es una ética formal. Ésta trata de justificar la moral sin un contenido específico y considerando solo la forma de la acción. El imperativo categórico establece en la ética formal el principio de conducta.

Existen diferentes formas de clasificar las teorías éticas, entre las cuales destaca la distinción entre las denominadas «deontológicas» y «teleológicas». Las primeras, también conocidas como «contractualistas», se centran en principios vinculados al derecho y la democracia. Por otro lado, las teorías teleológicas, llamadas también «consecuencialistas», están asociadas con una perspectiva práctica orientada hacia la obtención de resultados. En las éticas deontológicas, el concepto clave es el «deber», lo «correcto» y lo «exigible», mientras que en las teleológicas el foco principal recae en lo «bueno».

En la actualidad existen las denominadas éticas procedimentales, que intentan recuperar la tradición kantiana, aunque con ciertas diferencias. Comprendiendo que tanto los valores como la felicidad pueden considerarse realmente como muy subjetivos, esas éticas pretenden analizar el aspecto universalizable de la moral, es decir, de las normas éticas. A diferencia de Kant, hay quienes consideran que no tiene que ser una sola persona la que ha de comprobar si una norma es universalizable, sino que han de comprobarlo todos los que estén afectados por ella aplicando procedimientos racionales. ¿Qué procedimientos son esos? Hay dos sistemas éticos que los ofrecen: la ética del discurso de Apel y Habermas, que propone una situación ideal de habla entre todos los afectados por la norma, y la ética de la situación ideal de negociación de Rawls, denominada posición original.

La ética del discurso

Esta ética organiza su enfoque en dos secciones principales: una destinada a establecer los fundamentos de la moral y otra enfocada en su aplicación práctica en la vida diaria. La ética discursiva se centra en el concepto de acción comunicativa como su idea clave. La acción comunicativa se caracteriza por la intención de los participantes (emisor y receptor) de alcanzar un entendimiento mutuo, lo cual es esencial para coordinar sus objetivos personales. En contraste, la acción estratégica implica que ambos interlocutores se utilicen mutuamente como herramientas para satisfacer sus propios intereses individuales, tratándose entre sí como medios y no como fines en sí mismos.

En la acción comunicativa el sentido y la meta del lenguaje consiste en lograr un entendimiento. El uso estratégico del lenguaje es, por el contrario, derivado, ya que instrumentaliza el mutuo entendimiento. Para que una acción comunicativa sea racional, hay que dar por entendido que los interlocutores aceptan implícitamente estas cuatro pretensiones de validez del habla: inteligibilidad, veracidad, verdad y corrección. La verdad y la corrección solo pueden quedar resueltas a través de una argumentación, ceñida a las reglas lógicas, y también a las reglas que surgen al considerar la argumentación como un proceso de comunicación y como una búsqueda cooperativa de la verdad y de la corrección. Tal argumentación recibe la denominación de discurso. Descubrir lo que es verdadero y correcto solo es posible si suponemos la idea de una comunidad ideal de comunicación o de una situación ideal de habla en la que los científicos, en el caso de la verdad, y los afectados, en el caso de las normas, pudieran decidir a través de un diálogo celebrado en condiciones lo más próximas posible a la simetría, aceptando únicamente la fuerza del mejor argumento. La ética discursiva tiene por justas tan sólo las normas de acción a las que todos los afectados darían su consentimiento en estas condiciones. En esta interpretación, la falsedad y la incorrección lógica intoxican y denigran el discurso.

La teoría de Habermas se complementa con la teoría de la justicia de J. Rawls. Su libro Teoría de la justicia contiene la respuesta a la pregunta: ¿Qué es una sociedad justa? Una sociedad justa –dice Rawls – es la que se somete a unos principios de justicia que sus miembros eligen en condiciones de justicia. Rawls señala esas condiciones en unos trazos que denomina posición original. Una norma es justa cuando favorece a todos y a cada uno de los individuos, con independencia de sus características. Lo contrario sería la parcialidad y, en consecuencia, la injusticia. Este concepto de justicia descansa sobre la idea de equidad, que proviene de la tradición democrática occidental.

Rawls describe la posición original como una situación imaginaria donde los miembros de una sociedad todavía no saben qué características naturales y sociales van a tener: están, pues, cubiertos con el velo de la ignorancia. Esos individuos tienen que decidir a qué principios se quieren someter. Cada uno de ellos, afirma Rawls, piensa que le puede tocar en el futuro la peor situación: enfermo, pobre, miembro de una raza discriminada, analfabeto… Por eso tratará de maximizar los mínimos: proponer unos principios que beneficien al máximo al peor ubicado, que es el principio maximin. Esta es una situación de equidad y, por lo tanto, de justicia, porque se proponen unos principios como si cada uno fuera el peor situado en la sociedad.

Rawls considera que lo ideal sería que todas las personas fueran iguales, pero como no es así y como cada uno tiene que dar lo mejor de sí para que se beneficie la colectividad, solo estarán justificadas las desigualdades que beneficien a los menos aventajados. Como resulta imposible retroceder a los orígenes de la sociedad para vertebrarla con ese modelo de justicia bajo el velo de la ignorancia, que sean los actuales legisladores quienes traten de ajustarse a esos mismos principios. Y que los gobiernos exijan su cumplimiento. Se ve esto posible?

La razón de la fuerza

En estos momentos de grandes incertidumbres, de cambios y corrupciones… una explosiva dana política está destrozando el tablero geopolítico internacional que había sido diseñado después de la Segunda Guerra Mundial. La vieja proclama hobbesiana del homo homini lupus ha resucitado del vetusto cementerio asinario de Plauto en este nuevo imperialismo. Valores humanos como la verdad, la lealtad, la justicia, el amor, la dignidad, la empatía… han desaparecido de la sociedad postmoderna barridos por el vendaval político de un nuevo imperialismo y por el contagio de los filósofos de la sospecha, como Nietzsche o Freud. Estamos asistiendo a un disruptivo cambio social que nos descoloca psicológica y socialmente.

Estamos al borde de caer en un estado de pánico existencial frente a lo que parece ser la consolidación de un nuevo tipo de imperialismo posdemocrático. Este imperialismo del siglo XXI se manifiesta a través de la expropiación económica, la recolonización política y el intervencionismo militar. En un contexto de creciente tensión entre las grandes potencias globales que buscan redefinir las relaciones internacionales, se vislumbra un cambio profundo en la geopolítica contemporánea que genera temor e incertidumbre. La competencia entre estas potencias está alterando el orden mundial, sumiéndolo en una mayor imprevisibilidad, porque en sus desvaríos patológicos, triza los principios de la democracia. Frente a esos desvaríos patológicos solamente cabe aplicar la terapética, la terapia ética.

Esos nuevos líderes imperialistas se atreven a desafiar a los gobiernos de países más vulnerables, económica y militarmente, obligándolos a someterse a sus decisiones, como trocear el territorio para explotación del invasor. Al no moverse por la fuerza de la razón, sino por la razón de la fuerza, no dudan en humillar públicamente a los gobiernos de naciones menos poderosas, exhibiendo una actitud de dominación avasalladora que resulta indignante.

¿Es esa la forma en que debe brillar el espíritu de equidad y de justicia en una sociedad que se proclama democrática? ¿Nos traerán los próximos años un nuevo amanecer de justicia y equilibrio social? Solamente la ética puede  ser el faro en esta tormenta perfecta.

 

 

 

 


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