Hace ya unos años leí que en el Támesis las anguilas están especialmente activas. Bailes culebrinos, destellos eléctricos y ojos de mirada dilatada, y muy inquietante, les habían convertido en el terror subacuático. Desde el Kings College tomaron muestras de agua y aclararon que era el resultado directo de que los londinenses tenían, y tienen, una alta querencia a las drogas y las plantas usadas para el tratamiento de agua no daban abasto para eliminar los restos que llegaban hasta ellas.
Los días de lluvia, en que se desborda el alcantarillado, tiene el mismo efecto esnifar una rayita que tomarse un chupito de agua Tamesiana.
Los niveles de cocaína, y benzoilecgonina, son tan altos que la flora y fauna del río Londinense vive en un continuo aftera eso de las siete de la mañana.
Así que no me extrañó nada cuando Lizzy Bennet me comentó que había visto a William Shapiro soltando chorritos de agua, como un delfín, en medio del río, a la altura de los jardines Jubilee. Bien podría haber sido una alucinación en plena borrachera de mi amiga o una aparición mariana por parte de William.
Para que se entienda bien esta conclusión inicial a la que llegué hay que añadir el apunte de que se suponía que William estaba muerto, o mejor dicho desaparecido. Corría el rumor, desde hacía semanas, que se había vuelto a meter en líos y estos habían acabado con él. Así que esa alucinación, por parte de mi amiga, era tan plausible como cualquier otra versión con tintes fantásticos. Además, las buenas historias tienen cabida por estos lares, sobre todo en los entornos acuáticos. Como refleja Dickens en una de sus novelas, el Támesis da para mucho, es la arteria principal, el camino que acerca Londres al mar y lo aleja. Es un cajón desastre, el reino de irás y seguramente no regresarás, el mejor lugar para deshacerte de cosas, y para encontrar, de vez en cuando, lo más increíble.
Y William Shapiro parece ser uno de esos milagros o desechos reconvertidos que encajan perfectamente en una historia de ciencia ficción o en una noche con varias pasadas de frenadas. Lizzie me convenció que la acompañará, y después de tres intentos con un cucurucho de papel de periódico de fish and chips, y un paraguas medio roto, acabamos las dos allí, y a eso de las ocho mis ojos pudieron convencerse de que Lizzie no había estado ni estaba bebida. Con gestos me señaló río arriba y donde había menos gente, o pasaba tan a prisa que no se daban cuenta de lo que tenían a su alrededor, William nos ofreció un espectáculo que ni las focas de los acuarios. Cuando se acercó a la orilla, con una voltereta hacia atrás se sentó en el bordillo así que tuve la oportunidad para observarle mejor bajo las luces de las farolas. No era del todo él, pero sí lo era al mismo tiempo. Había desarrollado unas branquias en el cuello, unas membranas interdigitales, y tenía los ojos un poco hinchados, como bolitas de cristal desde las que su desparpajo lanzaba destellos junto a ese modo de sonreír de lado tan reconocible, tan suyo. La piel era resbaladiza pero rugosa en las articulaciones, donde se acumulaban las escamas como capas superpuestas hasta dibujar hexágono, iguales al caparazón de una tortuga. Los restos de los pantalones vaqueros que llevaba, y los mechones de pelo apelmazados le daban cierto aire de náufrago submarino. Como si la tierra lo hubiera arrojado a propósito al agua y su nuevo medio aún no tuviera claro qué criatura era.
-Yo Tritón. Yo hombre. – Su imitación de un Tarzán reciclado, con gestos incluidos golpeando su pecho y el mío, alivió la tensión inicial.- Ahora soy una cosa rarísima ¿verdad? Los muy cabrones probaron cosas conmigo. Ya sabes que a veces peco de confiado y los amigotes de Henry VIII me estaban esperando en la fiesta de Charline. ¡Qué putada! Bah, mi negocio de zapatillas robadas no iba nada bien y Charlie se fue por patas en cuanto supo que me habían trincado. No puedo culparle, no teníamos mucho futuro. Pero a Henry le debía bastante pasta, y sin más margen de maniobra no iba a poder devolvérsela. En vez de romperme todos los dientes, y algunos dedos según las amenazas de aquel día, en cambio me ofrecieron la posibilidad de dejarme inyectar una sustancia que estaban probando otros colegas turbios que tenían en un laboratorio. Conejillo de indias. Exactamente en eso me convertí, hasta que algunos efectos secundarios empezaron a aparecer. Me quisieron encerrar y meter en un acuario, pero no se esperaban este tipo de reacción así que no estaban preparados y yo desarrolle unas ganas tremendas de pirarme cuanto antes. Así que entre una cosa y otra me escape lo justito para que el Támesis me acogiera en su lugar. Joder, ahora respirar aire es una putada, aunque aguanto un rato fuera de agua. ¿Podrás creer que me he adaptado la mar de bien? Tendrías que ver la movida que hay bajo el agua. La cantidad de mierda y objetos que hay, además de peces y bichos medio mutantes. Tienen unas expresiones de pasmaos que parece que estén en un estado de coloque continuo. He visto otros especímenes curiosos nadando por ahí. Puede que provengan de otros experimentos extraños, o sean intraterrestres o suicidas, que, combinando pastillas con agua en los pulmones, han sobrevivido sin querer, cambiando el modo de extraer el oxígeno desde una lata de cerveza oxidada del fondo. Y las hay a montones. Si mi madre lo viera le daba un espasmo, pero dadas las circunstancias es lo mejor que me ha pasado, y ahora no tengo que currelar ni me persigue nadie así que otro lío que me he quitado de encima, aunque echo de menos alguna cosilla como el contacto humano ¿No suena un poco a coña?
Ante tamaña situación, y como le he visto bien reacomodado, no me he atrevido a comentarle lo de las anguilas, y la cantidad de droga disuelta que hay en el agua. Tal vez explique su estado de buen humor y como está en el río desde hace poco tampoco puede hacer mucho en ese aspecto. Pero le hemos puesto al día de la redada con que la poli ha pillado a Henry VIII, y como ha salido esposado en las noticias, también de las novedades de la gente del barrio, su hermana y su nuevo novio de pelo verde, y le hemos prometido, solemnemente, que iremos a visitar a su madre. Alguna mentira se nos ocurrirá para hacerla creer que su hijo está bien y chapotea por algún exótico lugar de esos que dan confianza cuando ves las guías de viaje.
Puede que todo esto os suene a una trola monumental, pero os insto a que comprobéis los datos, buscar las noticias de las anguilas y lo que analizó el personal del King College. Lo que tiene que ver con William es más difícil de demostrar, pero si vais de buen rollo, quién sabe, puede que un día quedemos cerca del London Eye y os lo pueda presentar. ¿Qué esperáis de un río, donde si tenéis suerte, podéis una función extraordinaria de malabares y burbujas en sus aguas ricas en alcaloides?
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