Capitalismo y libertad de Milton Friedman es considerada una de las obras más influyentes en el terreno de la economía política de los últimos tres cuartos de siglo. El texto, cargado de esencialismos y afirmaciones convertidas en lugares comunes, aboga por la reducción estatal y por la vinculación de la libertad con la actividad y despliegue de la economía desde varias perspectivas. De manera obvia, comienza tratando el asunto desde una consideración individual en contraste a una visión reduccionista y sesgada sobre las propuestas socialistas. En este último sentido, cabe preguntarse si el estadounidense desconocía (algo poco probable) los mecanismos de otras fórmulas de organización social o si, por el contrario, decidió emplear la hipérbole para reforzar sus puntos de vista. También desprecia los planteamientos socialdemócratas de pensadores como Keynes. En cualquier caso, el análisis deja bastante que desear por la falta de profundidad y, en apariencia, conocimiento en relación a las alternativas al capitalismo. Con todo, es lo de menos, pues la sombra de Friedman resulta alargada y puede vislumbrarse en la actualidad de la mano de los neoliberalismos y sus publicistas.
El economista se considera, frente a las críticas recibidas en su día, como un liberal. Defiende la eliminación del Estado para convertir sus cenizas en un simple árbitro para los agentes económicos. El cumplimiento de las reglas de intercambio y el establecimiento de una moldura para la competencia permitirían, según el autor, un aumento de la libertad, pues cada cual, empresas incluidas, tendrían la oportunidad de dirigir su voluntad de manera autónoma sin el paternalismo estatal o la coacción derivada del intervencionismo planificado. A una mayor oferta y capacidad de asociación y movimiento una mayor libertad, según, claro está, Milton Friedman. En este punto, caben varias enmiendas, pues, si bien sobre el papel el razonamiento parece impecable, la práctica devuelve otro aspecto distinto que termina por constreñir las posibilidades de la ciudadanía.
Frente a los posicionamientos de los liberales clásicos, de los que Friedman es evidente deudor, puede aducirse que los agentes económicos o, lo que viene a ser lo mismo, los individuos y sujetos jurídicos como las empresas y demás organismos que pueblan el mercado, no actúan bajo premisas exclusivamente racionales. Si así fuese, el homo economicus supondría el modelo paradigmático para la antropología y el egoísmo y las relaciones ideales fundamentadas en el libre intercambio supondrían la norma. Ya desde Economía y sociedad de Max Weber había quedado claro que el análisis en función de estos tipos ideales implica una mera aproximación, pues la realidad es mucho más rica y compleja. Como muestra pueden mencionarse las crisis recurrentes implícitas en el sistema capitalista debido a rasgos tan mundanos como el pánico, la pasión o la irreflexión. Estas emociones, ajenas a la órbita de la racionalidad, pueden dar al traste cualquier planificación establecida sobre las supuestas bondades de la racionalidad humana y la autorregulación mercantil; una entelequia necesitada de intervención. La emergencia de cisnes negros, tanto positivos como negativos, puede alterar el panorama económico de manera precipitada e inesperada. Tenemos innumerables ejemplos de estos últimos casos, pero la enumeración no es el objetivo de este escrito, aunque con solo traer a colación a Donald Trump quedaría claro este planteamiento. En otro orden de cosas, no estima, como sí hicieron liberales clásicos como Adam Smith, David Ricardo y compañía la perentoria necesidad de generar un marco moral en el que los tratos, intercambios y transacciones resulten lícitas y limpias. La experiencia en este sentido tampoco ofrece un balance positivo y la realidad, tal y como ha quedado de manifiesto, por poner un ejemplo flagrante, durante la segunda mitad del siglo XIX en el capitalismo británico de la Revolución Industrial, nos devuelve un reflejo tétrico y agresivo para con la comunidad. Es más, fueron imprescindibles, a pesar de la riqueza generada en un sentido neto, regulaciones para paliar la deriva provocada por el desarraigo y la destrucción del sentido telúrico al que está vinculado el ser humano. A colación de este último aspecto es posible profundizar en el tema de la mano de Karl Polanyi y La gran transformación. Por último, y por exponer otra pega, la noción reduccionista de la libertad tal y como la concibe Friedman deja de lado una perspectiva positiva de la misma tal y como analizó Isaiah Berlin. De este modo, la ausencia de coacción, tal y como se concibe en Capitalismo y libertad, debiera acompañarse por una compensación por la falta de oportunidades provocada por la acumulación de riqueza, los monopolios y la existencia de grandes fortunas marcadas por la posibilidad de heredar un posicionamiento en lo más alto de la jerarquía social. Sin la existencia de un auxilio o estado de bienestar muchos individuos, tal y como sucede en sociedades como la de los propios Estados Unidos, quedarían al margen de la posibilidad de un desarrollo académico, cobertura médica asumiendo así una condena de nacimiento al encierro en la ruina con el agravante de la imposibilidad de escapar de la mencionada circunstancia.
Por último, la paradoja fundamental ante el planteamiento de Friedman se presenta en la ejecución de su proyecto gracias a figuras como Margaret Thatcher o Ronald Reagan, ambos dirigentes firmes defensores de estas nociones liberales. Para llevar a término las transformaciones propuestas por el gurú de la economía tuvieron que ejecutarse profundas reconversiones del mercado, la legislación y los instrumentos de regulación. Todo, por supuesto, para conseguir una reducción institucional que acarreaba como peaje el intervencionismo para conseguir el ansiado laissez faire. Pero, de manera más descarnada, puede hacerse mención del papel de los Chicago boys en la gestión de la economía en la etapa fascista del Chile de Pinochet. Por tanto, los adalides de la eliminación estatal tuvieron que aferrarse al totalitarismo o estado total para así poder llevar a término sus proposiciones. Queda, por tanto, de manifiesto lo absurdo de un planteamiento que desea la subversión del orden requerido: la sumisión de la economía a la comunidad. No al revés, marcar desde la economía el camino para la sociedad. Algo que, sin lugar a dudas, ha causado enormes sufrimientos.
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