martes, mayo 26 2026

Suspensión por Vanesa Zamora

Habíamos decidido acampar después de cabalgar toda la noche y calarnos hasta los huesos. Había llovido sin tregua durante todo el día, pero no quisimos detenernos. Debíamos llegar cuanto antes al centro de aquel volcán que podía poner nuestro mundo del revés.

Durante la cabalgata, nos cruzamos con familias que abandonaban sus hogares y con seres de todo tipo —trols, ogros, minotauros, árboles, centauros…—. Muchos de ellos querían unirse a nosotros para ayudarnos a evitar la catástrofe que se avecinaba. Paramos en una zona frondosa de la selva, con árboles altos que nos ofrecían refugio. Queríamos evitar que nuestra tienda de campaña se mojara. Algunos árboles, al vernos, se ofrecieron a ayudarnos: podían hacer crecer sus ramas y así montar allí nuestro tipi.

Medusa improvisó un tendedero atando cuerdas de árbol a árbol, para secar la ropa empapada que llevábamos puesta. Nos cambiamos de ropa y encendimos una fogata para entrar en calor antes de dormir. Sabíamos que debíamos reanudar la marcha cuanto antes.

Al amanecer, nos pusimos en camino. A mediodía, paramos para comer y reponer fuerzas. No sabíamos qué nos esperaba más adelante. Yondu y yo nos acercamos al río y no tardamos mucho en pescar un pez enorme: un ejemplar lo bastante grande para los cuatro.

Mientras tanto, Roland se quedó haciendo ejercicio, levantando troncos como si fueran pesas, y Medusa recogía palos y hojas para preparar el fuego. Empalamos el pez y lo asamos sobre las brasas. Saqué unas tijeras de mis alforjas, lo corté en partes iguales y repartí entre todos. Miré el reloj: ya habíamos agotado el tiempo previsto para comer. Era hora de continuar.

Estábamos en la ladera del volcán cuando empezamos a notar que algo no iba bien. Piedras y pequeños animales flotaban en el aire. Cuanto más nos acercábamos al cráter, más extraños eran los efectos. Medusa nos gritaba que habláramos con los árboles, que les pidiéramos hacer crecer sus ramas, que se unieran a nosotros en la misión.

Cuando llegamos a la cima, lo vimos: en lugar de lava, del cráter emergía un gigantesco imán. Comprendimos que no podríamos hacer esto solos. Gracias a que los árboles estaban con nosotros, no fuimos arrastrados de inmediato. Aquel imán alteraba la gravedad misma, y si no lo deteníamos pronto, todos acabaríamos flotando sin control, perdidos.

Ya estábamos los cuatro, junto a nuestros caballos, suspendidos en el aire. Me deslicé desde la montura, flotando, y grité a mis compañeros que nos diéramos las manos para mantenernos unidos. Le pedimos a los árboles que se aferraran con fuerza a la tierra, que hicieran crecer sus raíces y trataran de sujetar aquel imán colosal. Tenía que romperse. O incendiarse. Había que destruirlo.
Y para eso contábamos con Roland.

Él, el último de los Hijos de Gaia. El único que podía abrazar una montaña y partirla por la mitad.
Roland flotó hasta el borde del cráter, con los ojos encendidos como brasas. Tomó impulso, gritó con toda la furia ancestral de los bosques y se lanzó contra el corazón magnético. No sabíamos si lo lograría. Pero sabíamos que, si alguien podía hacerlo, era él.

@Vanesa Zamora

@Imagen Pinterest


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