sábado, abril 4 2026

Mark Twain y su Carta de Satanás. by Esteban Ierardo

Samuel Clemens, más conocido por su célebre seudónimo de Mark Twain (1835-1910), siempre deslumbró con su iconoclasia. Su Diario de Adán y Eva (1906), de aparente índole costumbrista, convirtió el solemne relato bíblico en una parodia de vasto alcance simbólico. Hacia 1909 Twain escribió las Cartas de la Tierra, cuya primera edición, por su carácter polémico, no se autorizó hasta 1962. Esta libro incluye «La Carta de Satanás», un heterodoxo texto que fue censurado hasta 1940. Aquí, Twain se estima religioso, pero se rebela ante el Dios del Antiguo Testamento.

Para Mark Twain, el autor de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, Dios es fuerza absoluta, creadora, superior y ajena al hombre, pero que nunca se ha manifestado plenamente. Pretender interpretar la voluntad divina que se revela en un libro sagrado es torpeza arrogante, o una velada estrategia de manipulación sacerdotal. Lo divino (lo llamaremos de forma impersonal para diferenciarlo de un dios personalizado o humanizado) nunca entregó un mensaje. Así, el antiguo y nuevo testamento son invenciones humanas. Parte de la filosofía des enmascaradora de la ficción religiosa tradicional que formula Twain, se expresa en este fragmento de su «La carta de Satanás»:

«La Tierra es un lugar extraño, un lugar extraordinario, e interesante. No hay nada que se le parezca allí. Toda la gente es loca, los otros animales son todos locos, la Tierra es loca, la Naturaleza misma es loca. El hombre es una rareza maravillosa. En las condiciones más favorables, es una especie de ángel de grado más bajo enchapado en níquel; en las peores, es indescriptible, inimaginable; y antes, y después, y todo el tiempo, el hombre es un sarcasmo. Y sin embargo, con toda sinceridad y sin ningún esfuerzo, se llama a sí mismo «la obra más noble de Dios». Es verdad lo que les digo. Y esta idea no es nueva en él: la ha pregonado a través de todos los tiempos, y la creyó. La creyó y no encontró a nadie en toda su raza que se riera de ella.

«Más aún, -si puedo obligarlos a Uds. a hacer otro esfuerzo de imaginación- él cree ser el favorito del Creador. Cree que el Creador está orgulloso de él; hasta cree que el Creador lo ama; que siente pasión por él; que se queda levantado de noche para admirarlo; si, y para protegerlo y alejarlo de problemas. Le reza y cree que Él lo escucha. ¿No es una idea curiosa? Llena sus oraciones de toscas alabanzas floridas y del mal gusto, y piensa que Él se sienta ronroneando a gozar de esas extravagancias. Los hombres lloran pidiendo ayuda, y benevolencia y protección, todos los días; y todavía más, lo hacen con esperanza y con fe, aunque ninguna de sus oraciones ha recibido respuesta jamás!» («La carta de Satanás», en Cartas de la tierra, ed. Galerna, Buenos Aires, 1968 pp. 22-23; trad. Alicia Varela).

Y también la filosofía religiosa de Samuel Clemens, según notas realizadas por él hacia 1880, se expresa así:

«Creo en Dios todopoderoso.

«No creo que haya enviado nunca un mensaje a los hombres por intermedio de nadie, o que lo haya entregado oralmente, o que se haya hecho visible a ojos mortales, en ningún momento y en ningún lugar.

«Creo que el Antiguo y el Nuevo testamento fueron imaginados y escritos por el hombre, y que ninguna línea de ellos fue autorizado por Dios, y muchos menos inspiradas por Él.

«No creo en providencia especiales. Creo que el universo esta gobernado por leyes estrictas e inmutables. Si la familia de un hombre es barrida por la pestilencia y al de otro hombre se preserva, se trato sólo del funcionamiento de esa ley: Dios no interviene en ese asunto íntimo, ni en contra de uno de los hombres ni a favor del otro…

«Creo que las leyes morales del mundo son el resultado de las experiencias del mundo. No era necesario que ningún Dios bajara del cielo a decir a los hombres que el asesinato y el robo y las otras inmoralidades eran malas, tanto para el individuo como para la sociedad que las sufre.

«Si rompo todas esas leyes morales, no logro entender cómo ofendo a Dios con ello, pues Él está más allá del alcance de mis ofensas -del mismo modo podría yo ofender a un planeta arrojando barro contra él» (citado en prólogo de Cartas de la tierra, ed. Galerna, Buenos Aires, 1968, pp.8-9).

En la carta XI, Twain expresa un pliegue fundamental de su doctrina. En el Antiguo Testamento, los madianitas son sometidos a cruentas vejaciones bajo la justificación divina. El Dios que tolera y promueve la violencia, la amenaza. la culpa y el castigo, es incompatible con el dios del amor evangélico. Twain diferencia así entre lo divino en alto grado y sus formas sustitutivas creadas por los hombres para mitigar su inseguridad, o para legitimar sus propios intereses. Por lo que, según su exhortación, donde se dice revelación divina, se debe escuchar el encubierto rumor de la palabra humana.

Presentación fragmentos de «La Carta de Satanás» y notas de M.Twain, E.I.


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