—¿Ves lo qué hacen? —dice Ivo.
—No —dice Nathan.
—Igual quieren enterrar un tesoro.
—No seas crio.
—¿Y por qué no? Son nazis.
Lo cierto es que a Nathan también se le ha ocurrido la idea del tesoro, pero no piensa confesarlo porque es una fantasía de niño. Están tendidos sobre la hierba de El Hocico del Diablo, un acantilado de setenta metros que sobresale por encima de una playa de arena blanca. Solo es accesible por mar y una barca cabecea entre las olas.
—Están empezando a cavar —dice Ivo. Los alemanes abren un agujero al pie del acantilado, supervisados por un capitán y vigilados por otros dos soldados —. ¿Y si están desenterrando algo?
—Ya lo había pensado. —Pero no es cierto. Nathan se envalentona y saca medio cuerpo por el filo del acantilado.
—Nathan —dice Ivo. Hay miedo en su voz porque el capitán está mirando en su dirección. Nathan retrocede y su amigo gatea lejos del borde. Imitarle sería lo más sensato, pero Nathan necesita saber si el capitán los ha reconocido. Da más miedo esa incertidumbre que enfrentarse con el alemán. Cuenta hasta cien y se asoma hacia la playa. El capitán y uno de los soldados están observándolos. El soldado tiene el fusil pegado al rostro y abre fuego. Nathan no puede reaccionar y la bala se pierde sobre su cabeza. Entonces se levanta y huye tras Ivo. Otra bala silba a su lado y Nathan sobrepasa a su amigo. Alcanzan el pueblo y se separan sin despedirse. Nathan corre hacia su casa y se detiene tres calles antes. Hay alemanes por la zona y los esquiva hasta comprender que hacerlo resulta sospechoso. Intenta tranquilizarse y reduce el ritmo de sus pasos. Es imposible que los nazis del Hocico hayan abandonado la playa y no parecían llevar equipo de radiotransmisión. Además ¿qué iban a decir? ¿Que dos mocosos merodeaban por El Hocico? Hay demasiados mocosos en Lougardin tan flacos y sucios como ellos.
Nathan entra en casa y anuncia su llegada con un grito. Su madre está en la cocina y su padre en el pesebre. Nathan no comenta la aventura porque recibiría un castigo. Y a medida que pasa la mañana y los alemanes no van a buscarlo se convence de que está a salvo, de que solo fue un rostro difuso para el capitán.
Me han disparado, piensa. Y la idea lo hace sentir orgulloso. Pocos hombres en Lougardin pueden presumir de algo así. Ayuda a su padre con las tareas y cuando su madre los llama para comer lo hacen sumidos en el silencio habitual. Antes de la ocupación sus padres hablaban y reían con facilidad. Ahora comparten demasiados silencios. Su madre sirve el café aguado y Nathan corre hacia los pastizales. Las últimas lluvias los han reblandecido y las botas se le llenan de barro. Se entretiene tirando piedras que fingen ser obuses aliados y Tuné se une al juego. Nathan lo revuelca por el barro hasta que el perro se aburre y decide regresar a casa. Nathan corretea por el camino del cementerio y se detiene cuando el capitán aparece desde el otro extremo. Camina en su dirección y lo hace con calma y las manos enlazadas a la espalda. No lleva escolta y Nathan ya debería estar huyendo. El capitán lo observa y se detiene cuando llega a su altura. Sonríe y ladea la cabeza en dirección al mar.
—No es mal lugar, chico, no es mal lugar —dice en francés. Se despide tocándose la gorra y cuando Nathan puede moverse encuentra que se ha orinado encima.
Pasa el resto de la tarde refugiado en casa, sentado junto a la chimenea y jugando con los soldados de plomo. Guarda tanto silencio que su madre busca síntomas de fiebre. Nathan desea confesarlo todo para aliviar su terror y encontrar consuelo. Pero se limita a espiar las calles desde la seguridad de los postigos. Por suerte las botas alemanas siempre pasan de largo.
Antes de la cena llueve con tanta intensidad que reaparecen viejas goteras. Nathan ayuda a su padre a colocar calderos en el desván y después de cenar se mete en la cama. Escucha cómo la lluvia se amansa hasta desaparecer y dejar paso al viento. Intenta dormir y siempre que cierra los ojos tropieza con el rostro del capitán. Imagina que pasará la noche en vela y se sorprende cuando le despierta un chasquido en la ventana. El ruido se repite y Nathan se levanta. Antes de la guerra Ivo y sus amigos lo buscaban en la noche para correr por los campos. Anunciaban su llegada arrojando guijarros contra la ventana. Nathan la abre y descubre a Ivo y a los demás. Portan un candil y lo mueven para formar un semicírculo. Es la señal que indica que lo esperan en la tapia del roble. Nathan enciende su propia luz y devuelve la seña. Sus amigos desaparecen y Nathan se viste con resignación. Si rehúsa la llamada todos sabrán que tiene miedo de los alemanes. Se pone la gorra y el abrigo y baja las escaleras evitando los peldaños más escandalosos. En la calle Tuné acude a su encuentro y lo sigue hasta la tapia del roble. Sus amigos aguardan bajo las ramas, silenciosos y abrigados. Jean Paul y Travis son los mayores y líderes del grupo. Luego los siguen Nathan, Ivo y Denoots. Se saludan en susurros y Tunécorretea de uno a otro entre gemidos de alegría.
—Mándalo para casa —dice Jean Paul. Nathan acaricia a Tuné y lo ordena que se vaya. El perro lo mira, sacude el rabo y da dos vueltas a su alrededor antes de perderse en la noche.
—Ivo nos contó lo del tesoro —dice Travis. Se ponen en marcha y Nathan sabe a dónde se dirigen.
—No creo que sea un tesoro —dice.
—¿Y por qué no? —dice Jean Paul. Nathan se encoge de hombros y sigue a los demás. Han bajado la intensidad del candil y avanzan con cuidado de no tropezar con las piedras del camino. Las luces del pueblo quedan atrás y el viento acerca el fragor de las olas. Se detienen junto a las ruinas de un muro y Jean Paul saca de una oquedad rollos de cuerda, azadas y picos.
—¿Qué vamos a hacer? –dice Nathan.
—Robarles el tesoro —dice Jean Paul. Vuelven a ponerse en marcha y alcanzan El Hocico del Diablo. El viento es tan intenso que irrita los ojos. El mar se despedaza contra los escollos y Nathan lo siente vibrar bajo los pies. Jean Paul da más luz al candil y alguien grita. Nathan también lo hace porque el capitán está allí, encarado al viento y al mar, el gabán flameando y las manos unidas a la espalda. Ivo sale corriendo y el capitán se gira en su dirección con demasiada calma. Sonríe con tristeza y cansancio y solo mira a Nathan. Habla y sus palabras se desbaratan con el viento.
—¡Cerdo! —grita Jean Paul —¡Cerdos! —Y antes de que nadie pueda detenerlo golpea con su azada la cabeza del capitán. La gorra salta en el aire y el cabello se tiñe de sangre. El capitán se tambalea hacia el borde y cae por el acantilado sin apartar los ojos de Nathan. Los amigos se agrupan y aguardan la réplica porque ningún alemán muere sin que haya represalias. Pero están solos en El Hocico. Denoots empieza a llorar y sus gemidos los devuelven a la realidad.
—Ni una palabra de esto —dice Jean Paul —. Si alguien habla estamos muertos. —Sacude a Denoots hasta conseguir una promesa de silencio. La gorra del capitán permanece sobre la hierba y Travis se la devuelve de una patada.
—Vamos —dice. Pero Nathan todavía no puede marcharse. Coge el candil y se asoma hacia la playa. Las sombras se dispersan y las olas devuelven su resplandor. El mar inunda la arena y rociones de espuma salpican el aire. Nathan descubre el cuerpo del capitán y hace un esfuerzo para no salir huyendo. Ha caído en el agujero que los soldados cavaron esa mañana. Una fosa que la marea no tardará en alcanzar. Entonces la resaca y la arena cumplirán su cometido.
—Vamos—dice Jean Paul. Y Nathan recuerda las palabras del capitán: No es mal lugar, chico, no es mal lugar. La oscuridad que llena el acantilado cuando se aleja es tan intensa que siente lástima por el hombre que queda abandonado a su destino.
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