Pasan los años, cambian las formas de leer, los dispositivos, los ritmos… pero hay textos que nos siguen atravesando como un rayo. «El dolor» es uno de ellos. No es popular en TikTok ni tiene una serie en Netflix (al menos no todavía), pero cuando alguien lo encuentra, siente algo parecido a haber descubierto un secreto. Como cuando das con una canción vieja que parece escrita justo para ti.
Entre lectores jóvenes, el texto tiene un poder muy especial. En una época donde las emociones se comparten en hilos de Twitter, en reels de “5 frases para sanar”, El dolor es la antítesis de lo rápido. Es una escritura pausada, contenida, profundamente íntima. Y eso precisamente lo hace potente: en un mundo donde todo pasa volando, Yourcenar nos obliga a detenernos. A sentarnos con el dolor. A no huir.
En talleres de escritura emocional o literaria, El dolor es una herramienta increíble. ¿Por qué? Porque muestra que no se necesita un gran argumento, ni una trama épica, ni siquiera un final claro para que un texto sea profundamente transformador.
Quienes lo leen en estos contextos muchas veces terminan escribiendo sobre sus propias pérdidas: una abuela, una pareja, un cambio de país, una amistad que ya no está. Yourcenar abre una puerta: la del duelo narrado con honestidad. Sin florituras. Sin drama de más. Solo la verdad cruda que necesita decirse para no quedarse atrapada dentro.
Además, en espacios donde se trabaja el dolor desde lo literario —como círculos de escritura terapéutica, grupos feministas o talleres LGBTQ+— este texto resuena doblemente. Porque habla del amor entre mujeres, del duelo silenciado, del cuidado mutuo, de lo que no se dice… pero se siente. Y ahí conecta con una generación que está aprendiendo a hablar de lo que antes se escondía.
Es curioso cómo «El dolor» también genera un puente inesperado entre generaciones. Hijas que lo leen y se lo prestan a sus madres. Estudiantes que lo comentan con profesoras. Personas que lo leen a los 20 y lo vuelven a leer a los 40, y descubren que el texto es el mismo… pero no. Porque ahora les duele diferente. Porque ahora lo entienden más.
Y eso es lo mágico: El dolor cambia contigo. No envejece. O mejor dicho, envejece contigo. Como un espejo que refleja lo que llevas dentro, incluso si no sabías que lo tenías.
Sólo añadir para cerrar este pequeño artículo, que «leer a Yourcenar es leer(te)»
El dolor no es un texto solo para quienes han perdido a alguien. Es un texto para cualquiera que haya sentido que el amor lo cambió. Que la ausencia pesa. Que el silencio puede escribirse. Que hay heridas que no se cierran… pero se pueden narrar.
Y tal vez, al hacerlo, al ponerle palabras a lo que no sabías cómo decir, encuentres algo de paz.
Como dijo Marguerite en otro momento de su vida:
“Cada alma que se eleva, eleva al mundo.”
Pues bien,» El dolor» es esa alma elevada que te toca el hombro y te dice: “Sigue. Escribir también es vivir.”
@María José Luque Fernández
@Imagen Pinterest
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