El pensamiento moderno, nacido y consolidado con la Ilustración, se caracterizaba por una promesa de emancipación y por una esperanza de libertad y progreso que hoy semeja haberse vuelto anacrónica. Aquel ideal moderno de progreso parece haberse resuelto en la digitalización cibernética del mundo industrial, en la progresiva sofisticación de las ciencias aplicadas al cuerpo y en el avance de la Inteligencia Artificial. Todos estos avances comportan formas inauditas de control y se han convertido en un terreno abonado para que en él renazcan y crezcan viejos modelos políticos totalmente denostados por el pensamiento ilustrado.
Por eso, los ciudadanos, absolutamente impotentes, asistimos sedados por las redes sociales y los medios de comunicación al resurgimiento de unas formas de control político y social que ponen en cuestión los valores clásicos del humanismo, como son la libertad, la justicia, la ética, la dignidad, la información veraz, la solidaridad y la confianza. El avance de los nuevos autoritarismos marca una de las tendencias políticas más preocupantes del siglo XXI.
En la actualidad, la democracia vive su peor retroceso en décadas, mientras las autocracias consolidan su poder económico y político afectando a casi el 72% de la población mundial. En las dos últimas décadas, el número de autocracias en el mundo supera al de las democracias: 91 autocracias frente a 88 democracias. Las estadísticas revelan que 45 países que concentran casi el 40 % de la población mundial experimentan un declive significativo de sus instituciones, normas y prácticas democráticas. Esta cifra viene aumentando de forma constante en los últimos años. En 2024 eran 42 países en ese declive institucional cuando en 2021 apenas había 25.
El avance de regímenes autoritarios como China y Rusia, que amplían su influencia geopolítica, refleja que el sistema global se aleja cada vez más de los valores liberales. Esa tendencia hacia el autoritarismo se intensifica con la reciente decisión del gobierno estadounidense de eliminar la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) y reducir de forma significativa los recursos destinados a promover la democracia en el extranjero.
Estas estadísticas son motivo de gran inquietud en la ciudadanía, ya que las naciones con regímenes no democráticos están produciendo un porcentaje cada vez mayor de la riqueza global, alcanzando niveles de prosperidad económica sin precedentes en los últimos decenios. En estos tiempos, el poder económico está concentrado en manos de regímenes autoritarios -a pesar de que algunos, solo formalmente, se denominan democráticos-, lo que fortalece su capacidad para influir y socavar de forma sistemática las normas democráticas y los valores liberales en las instituciones internacionales.
En el ámbito económico y cultural, los mecanismos del poder han impuesto la aceptación del capitalismo como horizonte único, desatando una ola de homogeneización que arrasa las diferencias sociales diluyéndolas en el espacio competitivo del mercado global. Así, la diversidad, subrepticiamente sigilada y trágicamente devorada, cede el testigo a la uniformidad, pero por la que hay que pagar un elevado peaje social y moral, como son las desoladoras exclusiones personales, las dañinas desigualdades sociales, las injusticias que se multiplican, etc.
En su incesante y patológico deseo de mantenerse en el poder, los gobiernos actuales -autocráticos, pero también democráticos- llegan incluso a poner en peligro el equilibrio ecológico global, bien sea explotando recursos naturales como las tierras raras o generando múltiples formas de destrucción y alteración en los ecosistemas terrestres y marinos. Y todo eso añadido al consiguiente deterioro que supone para las múltiples especies de animales y de plantas, así como con el alto riesgo en que se pone la vida humana en el planeta. Las luchas feministas y ecologistas, ejemplos emblemáticos de resistencia tenaz, ponen de manifiesto con sus críticas y movilizaciones el sentir popular sobre esas deleznables derivas políticas.
Lo más inquietante de esta grave situación es la ausencia de soluciones y la falta de opciones para evitar las terribles consecuencias de este problema social. La ley, que debería ser el principal instrumento democrático en una sociedad civilizada, es ignorada e incluso destruida por los regímenes autoritarios y los abusos de poder. Sin la existencia de la ley, no puede haber justicia, y sin justicia, la convivencia, el respeto, los derechos y la paz social se vuelven imposibles.
La justicia en la autocracia
La justicia, ese fraude teórico del autoritarismo, está al margen de la ética y de los valores democráticos. Simplemente refleja la voluntad del poder. Ya lo advirtiera Trasímaco, aquel sofista griego del siglo V a.C., al que Platón invita en su libro I de La República a que exprese su idea de justicia: “la justicia es el interés del más fuerte. Las leyes son creadas por los gobernantes para beneficiar sus propios intereses. Cada tipo de gobierno -sea democrático, aristocrático o tiránico- impone normas que refuerzan su dominio sobre los gobernados. La justicia es simplemente una convención impuesta por quienes tienen el control de la sociedad” (Platón: La República).
Sin embargo, Platón invita a Sócrates a opinar sobre ese juicio de Trasímaco. Y Sócrates, aceptando el reto, desafia al sofista e intenta demostrarle que la justicia es una virtud intrínseca que beneficia tanto a la comunidad como al individuo. Trasímaco le replica con el argumento de que las leyes son creadas por los gobernantes para beneficiar sus propios intereses y que la justicia es una herramienta del poder y no de ideales trascendentes.
Hoy podemos catalogar a Trasímaco como representante del realismo político, muy acorde con los presupuestos ideológicos de los gobiernos autocráticos. Sócrates, sin embargo, se convirtió en defensor de una visión más ética y universal de la justicia, en un modelo de quienes aspiramos a convivir en una sociedad democrática y contrarios a todo tipo de autocracias.
La interpretación de la justicia de Trasímaco ha sido retomada por pensadores modernos como Maquiavelo (1469-1527) y Nietzsche (1844-1900), quienes también cuestionaron las nociones tradicionales de moralidad y poder. Maquiavelo considera la justicia en términos de su utilidad política. Nietzsche propone que la justicia no es un concepto absoluto, sino que está sujeta a la interpretación y manipulación de quienes detentan el poder. En realidad, afirma Nietzsche, la justicia funciona como una herramienta utilizada por los poderosos para mantener su dominio sobre los débiles.
La digitalización y la vigilancia como mecanismos del poder
La digitalización y la vigilancia orwelliana nos convierten en títeres diseñados por mentes invisibles, pero manipulados por manos tangibles y fácilmente identificables. Esta ominosa tesitura nos alerta de que los nuevos rostros del poder contemporáneo no actúan solos, sino que cuentan también con entusiastas adeptos dispersados por todo el planeta, propagando mensajes directos de las bondades propiciadas por este nuevo orden económico-político.
Uno de los filósofos del siglo XX que más ha reflexionado sobre el poder ha sido Michel Foucault (1926-1984), quien rechaza la idea de que el poder sea una propiedad que se posee: «el poder no se posee, se ejerce” (M. Foucault: Vigilar y castigar). Desde su punto de vista, el poder se manifiesta en prácticas cotidianas, en instituciones como los hospitales, la escuela, la fábrica o la cárcel, y en mecanismos de vigilancia y disciplina. Según Foucault, el poder no se ejerce únicamente mediante la violencia física y la represión, sino también a través del control disciplinario y la vigilancia constante. Estos mecanismos regulan los cuerpos y las conductas para crear «sujetos dóciles y conformes a las normas establecidas» (Vigilar y castigar).
Para este filósofo y sociólogo francés, incluso la verdad se genera en el poder: «el poder es la capacidad que tiene un determinado sujeto de imponer su verdad, como la verdad para el otro. El poder crea la verdad y tiene la capacidad de imponerla, sofocando otras verdades posibles”.
Veintiseis años antes de que Foucault editase Vigilar y castigar (1975), George Orwell había publicado en el año 1949 su novela 1984, en la que el nudo argumental de la obra gira sobre el poder.
En esa utopía 1984, George Orwell imaginó una sociedad donde el Estado controla cada situación y actividad de la vida de los ciudadanos a través de la vigilancia constante, de la manipulación de la verdad y de la represión de la disidencia. La famosa frase “El Gran Hermano te vigila” se ha convertido en sinónimo de vigilancia estatal y autoritarismo, anticipando la preocupación actual de los gobiernos que utilizan tecnologías para monitorear a la población. Ya casi nadie duda de que habitamos una sociedad cautiva e inmoralmente vigilada por los recursos tecnológicos del poder.
Hoy, muchas autocracias, pero incluso gobiernos teóricamente democráticos, emplean sistemas de vigilancia masiva y manipulación informativa similares a los descritos en esa novela. Por esa razón, 1984 es una advertencia sobre los peligros del poder absoluto y la erosión de las libertades individuales. Su vigencia se mantiene en estos tiempos porque muchos de los mecanismos de control, vigilancia y manipulación que Orwell describió se han materializado -o incluso superado- en los gobiernos autocráticos actuales, haciendo de la novela una referencia clave para entender los riesgos de las sociedades sin controles democráticos.
Acompañando a la vigilancia camina la manipulación de la verdad. En 1984, el Ministerio de la Verdad altera la historia y los hechos para mantener el poder del Partido. De forma similar, regímenes actuales, autocráticos e incluso formalmente democráticos, manipulan la información, restringen la prensa libre y difunden propaganda para controlar la narrativa pública.
En estos regímenes autocráticos se trata de establecer el pensamiento único a través del “doblepensar” orwelliano, ese mecanismo de control mediante el cual los ciudadanos deben olvidar hechos que no convienen al poder, negando incluso la realidad objetiva, aún a sabiendas de que esa realidad existe. Además, esos poderes autocráticos necesitan crearse un enemigo externo contra el que luchar para despertar en la sociedad la empatía con el poder nacional. Ya vendrán sus dos minutos de odio a través de las redes sociales y de la televisión para provocar en los ciudadanos una reacción colectiva de insultos y de ira hacia el correspondiente Goldstein orwelliano de cada poder, es decir, contra los opositores al gobierno.
Es, pues, imprescindible sacudirnos el sopor y salir del letargo al que nos someten diariamente los mecanismos del poder, ya que su intención no es adormecer nuestro sufrimiento, sino más bien provocarlo.
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