María y Martina acostumbraban a recorrer el extenso arenal todas las mañanas nada más amanecer.
Con los brazos entrelazados caminaban despacio recogiendo conchas y piedras pulidas por el mar y el
tiempo.
El cielo estaba cubierto amenazando tormenta pero no les importaba lo más mínimo, dejaban la ropa
en casa y pasaban aún bajo la lluvia. Cada dos pasos una docena de besos, así el paseo lo hacían sin darse cuenta. Tanto era así que a veces, al regresar al hogar se preguntaban si habían salido de casa.
Esa mañana, aún cuando los relámpagos brillaban en las nubes color acero, tomaron las dos el camino de la playa. El calor reinante hacía que cada poco tiempo se metieran en el mar para refrescarse aprovechando para bucear y jugar bajo las aguas de tonos turquesa. En poco tiempo las nubes oscurecieron el cielo de tal modo que parecía ser de noche. Aquel relámpago iluminó lo que en la distancia les pareció una enorme concha Marina, allí donde las olas mojaban la arena dorada.
Martina se levantó de un salto y fue corriendo en busca del posible tesoro, tras ella María que no quería perderse detalle. Al llegar, las dos descubrieron asombradas una enorme caracola de bellas tonalidades entre castaño oscuro y blanco. Lo primero y a la vez, tratar de escuchar las profundidades marinas. Arrodilladas y abrazadas sobre la húmeda arena se pasaron un buen rato tratando de descifrar lo que ella les quisiera contar sobre el fondo de los mares y océanos. La lluvia caía sobre las dos jóvenes, aunque ensimismadas ni lo habían notado. Una luz azulada y siniestra las iluminó y también a la caracola que ante sus incrédulas miradas fue cambiando de color hacia gris oscuro y verde botella. La miraron de nuevo y para ellas nada había cambiado. Con la caracola en sus manos se metieron en el mar hasta el mismo cuello. Arrimaron ésta a sus oídos pero en ésta ocasión no eran los sonidos de los fondos marinos sino lo que parecían los quejidos de peces y otras criaturas agonizantes.
María y Martina sintieron en sus orejas un agudo pinchazo, como el de una avispa. Tras ello, la sensación de que un insecto había entrado hasta sus tímpanos. No se escuchaban entre sí, ni tampoco la lluvia que caía torrencial sobre sus cabezas. Mientras ambas se fundían en un interminable beso, de la misteriosa caracola surgieron sendos seres resbaladizos como anguilas pero mucho más largos, y delgados como lombrices que rodeando sus cuellos las arrastraron a la orilla.
Cuando cesó la tormenta, Martina y María se hallaban en un sueño más que profundo y abrazadas
como si fueran una sola piel. Al despertar sólo recordaban haber encontrado la caracola de bellos
colores que ahora acariciaban sus oídos con mágicos cantos de sirena.
@Carlos Cubeiro
@Imagen Pinterest
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.