sábado, septiembre 5 2026

Los pájaros perdidos por Feliciano González

La brisa de la mañana silbaba en las cañas del tejado pajizo y poblaba el velo de Adja de pájaros de seda azules y amarillos. Los ojos fascinados de los párvulos cantaban las lecciones en el corro de tierra prensada. Apenas vestidos, los pies desnudos, el universo les pertenecía por completo. Adja entonaba canciones remotas que volaban desde más allá de los palmerales y narraban mundos mágicos a los que soñábamos viajar. Un coro de voces afiladas respondía. Con sus dedos de algodón de azúcar nos peinaba al tiempo de volver a nuestras casas. Aún canturreo sus canciones en cualquier momento del día, cuando trabajo, cuando camino o cuando duermo: fueron mi único equipaje, las llevo tatuadas.

Desde que recuperé las fuerzas me propuse la soledad, renunciar al origen, olvidarlo todo como quien se arranca las entrañas para no sentir nostalgia. Quise no ser señalado, deseé diluirme en las aceras, enraizarme en este estrecho retal de suelo que me acoge; necesitaba ser uno más entre la gente de la plaza, pero la piel me delataba. A pesar de ello, nunca he tolerado ser un resto de naufragio: el mar me hizo el héroe de un combate sin honra. Pretendió engullirme y le planté cara; mi desesperación fue más poderosa que su hambre abisal.

La ceguera de los rayos del mediodía abatió a algunos de los que nos aferrábamos a bordo de la barcaza. Ocurrió desde el segundo día, pasada la primera noche, la más larga y amarga de las noches. Los más tiernos son siempre los más vulnerables porque nadie les canta, nadie los escucha en ese corral de hombres y mujeres desahuciados.

Lloran sin consuelo, sin reposo, hasta que el zumbido del llanto es más débil que el tufo del petróleo que alimenta el motor, y entonces esas diminutas gargantas dejan de escucharse. El océano aguarda impaciente el cumplimiento de las ofrendas que reclama.

Hoy es el día de descanso y no se me espera en los invernaderos. Lo dedico a pasear, a sentarme en las rocas y contemplar aquella línea perfecta que me separa de mí mismo, el lejano punto donde el mar y el cielo se disuelven. Me aíslo en este rincón y lloro la vieja canción marinera que Adja nos cantaba.

Esta cunita de mimbres, ay, sirenilla, que meces,
donde no sueña mi niño,
porque se fue con los peces.

He decidido romper la soledad forzada que me impuse. He preguntado a cuantos he podido, y he dado con la dirección donde ella vive con su pequeño.

La segunda noche es terrible, no cabe en el cielo un vértigo tan áspero como el de la segunda noche. Algunos ya nos miran desde lo profundo; no resistieron el rigor de estar vivos. Como cada uno de nosotros entregaron los tres mil euros, pusieron precio a su residencia en la vida, pero el dinero de los humanos sólo es moneda de cambio entre los humanos, no comercia con el azar. Esa noche auguraba un desierto de llagas bajo el sol del tercer día. De nuevo, algunos sucumbieron a la daga sangrienta que los llamaba.

El océano golpeaba con el puño las tablas de la barca, reclamaba su alimento. En la puerta del edificio unos botones indican el número de cada inquilino; nadie anota su nombre. Pulso el número doce; aún podía desistir, podría volver sobre mis pasos y hundirme de nuevo en mis fantasmas; sin embargo, espero. El acento de esa voz me descubre que es ella. Digo mi nombre, le hablo en nuestra lengua. El silencio suspende el tiempo en una duda. Un chirrido eléctrico abre la puerta. Busco el número dos del primer piso. Es un bloque de viviendas humilde, quizás levantado hace cuarenta
o cincuenta años con materiales básicos y robustos. Cada peldaño me cuestiona, me invita a desistir. Me enfrento a la puerta número dos; presiento que espera mi llamada.

Pulso el timbre. La tormenta alivia el rigor del día, pero convierte la noche en unas fauces inmensas que no dejan sin rebuscar una sola esquina. Olas feroces que despojan la cubierta de obstáculos y cuerpos. En la cuarta noche los gritos no se escuchan, sólo las aguas rugen en un festejo insaciable. Nos asimos a cualquier gancho, en cualquier rincón del casco; hinchamos los pulmones entre golpe y golpe de agua para retener una bocanada de aire. Resistes, llegas a no saber si flotas, inerte, en un espacio inabarcable, a la deriva, ni si aún permaneces vivo. La luz de otro día siempre aparece cuando todo se tiene por perdido; nunca falta a esa cita, trae la voz incompasiva de lo cierto. En aquella
barcaza desvencijada y encharcada contemplaba a una mujer sujetando a un niño junto a ella; ella le peinaba y él la sonreía. Liberados del peso del motor, los restos astillados de la barcaza se deslizaban a ningún destino. Nadie más nos observaba.

No la he reconocido cuando ha abierto temerosa la puerta. Creo que tampoco ella a mí. Nos hemos saludado con la mirada; buscábamos qué palabras entregarnos. La puerta deja abierto un pequeño salón con un televisor sobre un cajón, una mesa y dos sillas. Un niño garabateado cuelga de la pared en un dibujo infantil desteñido. Me siento. Con delicadeza, deja dos vasos de vino blanco sobre la mesa. Aún no hemos aprendido a hablarnos. Al otro lado de la calle, un perro orina en un árbol raquítico y retorna junto al hombre que dormita bajo unos cartones.

—Ha pasado mucho tiempo —rompo el mutismo.

—Sí, no acierto a saber cuánto desde aquello —destilamos las palabras entre pausas; una fuerza interior nos impide mencionar el dolor oculto.

—¿A ti vienen a visitarte? —Me arriesgo al rechazo y avanzo.

—Cada noche y cada mañana y cada tarde; no me dejan a solas. ¿Y tú?

—No lo soporto más, —oculto el rostro entre las manos— me asaltan a cualquier hora.

El filamento pardo de la costa tardó largas horas en asomarse, arrogante en la distancia. La sal seguía abrasando la piel mientras nos hundíamos palmo a palmo. Corroído por la desesperación me lancé a las olas cargando con la mujer y su niño a las espaldas; empujaba los brazos surcando los vaivenes del agua, agotando los últimos estertores de los músculos para no sucumbir. El pequeño se desprendió de mí mirándome mientras desaparecía en la oscuridad marina; la mujer fue a buscarlo.

Me hundí detrás de su estela, pero no volví a verlos. Braceé hacia la superficie urgido por encontrar el aire. El ascenso era interminable; la luz difusa lanzaba rayos hacia el abismo. No volví a verlos, ni recuerdo nada anterior al momento en que un joven me golpeaba el pecho sobre la arena encendida tratando de retenerme entre los vivos.

—Pero lo lograste —su voz era de miel diluida.

—Alcancé la orilla, o alguien me empujó hacia ella. Desaparecimos en el mar y ya no recuerdo nada más. Sentí la arena quemándome la piel, rodeado de un grupo de salvamento; tardé horas en reconocerme, en saber si aún vivía o todo lo que me rodeaba era un escenario de muerte.

—Tampoco yo recuerdo cómo alcancé la orilla. Me tuvieron en una sala de urgencias durante días. La memoria fue habitándome de nuevo con lentitud, tenía dañados los órganos fundamentales. Los tres meses en el hospital fueron duros: sabía que quedaría desahuciada, incapacitada para salir adelante, en una tierra desconocida, sin nadie a quien llamar, recluida en la soledad de un cadáver que aún late. Pero, ya lo ves, estoy aquí y sigo adelante. Dime, ¿qué haces?

—Comencé vendiendo baratijas para otros, pero no bastaba para comer cada día.

Pregunté en los invernaderos; me rechazaron varias veces cuando recogían peones de madrugada. Un día me subieron al camión; pasé diez horas recogiendo hortaliza bajo los plásticos asfixiantes, respirando el vapor de los pesticidas junto con otros muchos. Me dieron cuarenta y ocho míseros euros por aquel trabajo denigrante; pero era un paso más inevitable. El día que tosí sangre no volví. Ahora ayudo en la descarga de camiones en el mercado central; puedo romperme la espalda, pero no los pulmones; necesito respirar.

—Aquello nos marcó la vida para siempre. A veces, me siento en la calle tan sólo para sentir el aire golpearme la piel; siempre sola, a nadie necesito.

—¿Y el muchacho? —sus ojos dispararon sobre mí su extrañeza oscura.

—¿Qué muchacho?

—Tu hijo, el que viajaba en tu regazo.

—Yo nunca tuve un hijo.

Adja cantaba con un hilo de voz que llenaba las ventanas de pájaros de colores. Acudían a su llamada, les hacía rodar migas de pan duro por la tierra. Nosotros la mirábamos cantar en el lenguaje de los pájaros, extasiados, como si fuera una bruja de la selva disfrazada de maestra. Hoy me refugio en aquella cabaña cuando me invaden las sombras que me acechan. Llegan en cualquier momento, se sientan a mirarme, me tocan la cara, los brazos. Ellos no alcanzaron la orilla, pero habitan mi casa.

—Viniste en mi ayuda, avanzamos mientras pudimos bracear las olas, uniendo nuestro empuje —se enjuga una lágrima de niña asustada. Yo te aguanté a flote cuando te desvaneciste, hasta que agoté mis fuerzas. Después no recuerdo nada.

—Pero aquel niño me miraba mientras desaparecía entre las aguas. Y tú fuiste tras él.

—Ese niño no dormía en mis brazos —su voz pausada me golpeaba— ningún niño dormía en mis brazos.

—Ese niño del dibujo —señalé la pared.
—Cuido críos mientras sus padres se marchan a trabajar. Uno de ellos me regaló el dibujo.

—¿Te das cuenta? Viven entre nosotros, siento su presencia. Ellos nos arrastraron hasta la arena; no lograron su sueño y el mar los engulló, pero quedábamos nosotros.

Ellos nos trajeron aquí. Nadie más podía salvarnos.

—Yo también presiento que me rodean, a diario, y vivo con ello.

—Pero ahora nos toca vivir.

Me ofreció un pan de maíz antes de irme. Con la mano de algodón de azúcar me peinó el pelo y me despidió como era ella, sin palabras, con su sonrisa. Gemía un perro. La tarde había moderado el calor húmedo de la alameda.

Esta cunita de mimbres,
ay, sirenilla, que meces

Por la calle venía Adja caminando con un niño de la mano, descalzo y un macutillo rojo a la espalda. Su velo azul y amarillo encendía de pájaros la tarde. Ambos iban cantando, donde no sueña mi niño,
porque se fue con los peces.

@Feliciano González

@Imagen Pinterest


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