domingo, septiembre 6 2026

Los ciclos by Nacho Valdés

Todos sin excepción estamos sometidos a periodos fijos indicativos de nuestro ritmo cotidiano. Los hay con un tono biológico, como por ejemplo el día y la noche, o con un sentido más particular y vinculado a las vivencias de cada cual. En este sentido, los ámbitos son múltiples y variados, pero las sociedades presentes han dejado de lado los periodos establecidos sobre lo natural para ofrecer una organización sobre lo artificial. Se trata, pues, de un proceso imparable que nos empuja a zonas inexploradas y de consecuencias imprevisibles. Ya trataba este asunto Hannah Arendt en La condición humana, pues, como evidenció la filósofa germana, vivimos sometidos a distintos condicionamientos que vienen a alterar de manera profunda al ser humano. Es más, los avances técnicos de los últimos decenios, marcados por el proceso de aceleración de los tiempos históricos, han establecido una serie de mutaciones incrustadas y ligadas radicalmente al ser humano. Sería complicada la renuncia a todas las novedades que han llegado para facilitar nuestra existencia, pero también para generar un entorno cultural inseparable de los individuos del presente. Por tanto, y sin dejar de lado nuestra realidad natural, hemos desarrollado un contexto alternativo para así desarrollar una existencia más plácida y segura, aunque sometida al precio de dejar de lado aspectos propios de nuestra mundanidad. Esto, por supuesto, provoca no pocas contradicciones traducidas en unos ritmos frenéticos, en un aumento de las enfermedades mentales y en un crecimiento exponencial en relación a la pérdida de facultades biológicas para dejar paso a las nuevas habilidades establecidas por la mediación de dispositivos y tecnologías. No podría decirse si esta deriva es buena o mala ya que se hace necesario un análisis más profundo, pero sí podemos garantizar la dificultad para catalogar estos cambios desde una perspectiva absoluta. Nos encontramos, por tanto, incrustados en una amplia gama de grises necesitada de atención y reflexión. El mundo que estamos construyendo depende de este tipo de evaluaciones.

Las alteraciones contemporáneas tienen, como rasgo más acusado, la velocidad. Se producen mutaciones constantes en un universo global ajeno a cualquier dimensión humana. Los mercados, la producción y el rendimiento condicionan una ruta establecida sobre el cosmos laboral; al fin y al cabo, el reducto último con el que identificar al ser humano en los tiempos que corren. En este camino hemos dejado al margen el imprescindible cuidado de nuestra condición zoológica y hemos claudicado a las imposiciones impersonales de las demandas emanadas de nuestras propias creaciones. En otras palabras, aquello que iba a hacernos la vida más fácil se ha convertido en una restricción adicional a tener en consideración. Hemos partido del pasado remoto en el que el ciclo solar y las estaciones marcaban la cadencia y la necesidad. Desde luego, se trataba de un momento sometido a la imposición de lo natural, pero en conexión con la realidad circundante desde una perspectiva telúrica y profunda. De manera paulatina, hemos ido dejando atrás esta provisionalidad para desarrollar un envoltorio cultural orientado a la mejora de las condiciones colectivas. De la indigencia y necesidad dimos el paso a la organización reglada desde las instituciones. En este caso, una de las primeras en marcar el paso comunitario fue la Iglesia. Las fiestas, descansos, jornadas de trabajo o alarmas se ofrecían al conjunto desde los campanarios incrustados en todas y cada una de las poblaciones. Es más, existía todo un código, hoy perdido y preservado únicamente en algunos círculos cerrados, para ofrecer cierto grado de información a la comunidad: nacimientos, defunciones, casamientos y desgracias se anunciaban con el repiqueteo de los campaneros. En este punto, ya podía intuirse una alteración profunda, pues el mundo espiritual comenzaba a imponerse sobre el terrenal. Un producto, en principio al servicio del conjunto, como es la institución eclesiástica, dejaba sentir su presión al determinar los usos fundamentales del sujeto.

El cambio más drástico vendría de mano de la sociedad fabril. Aunque en connivencia con la Iglesia, al menos durante sus primeros compases, la factoría y su silbato de entrada y salida llegaron para dinamitar la moral imperante hasta ese momento.  La máquina marca el tempo y el sujeto, necesitado de dar satisfacción a su dimensión biológica, precisaba entreverarse de manera ineludible en este nuevo universo. No había alternativa, o se abrazaba la vida o la muerte, pues la supervivencia se derivaba del turno de trabajo. Las opciones resultaban reducidas y no había posibilidad para regresar al estado de naturaleza previo, que diría Rousseau, dado que estábamos condicionados para la emergencia de estas nuevas fuerzas. De manera paulatina, los modelos organizativos y la bonanza llegaron a un amplio espectro de la población, pero el precio a pagar, en forma de dolor y sufrimiento, fue elevado e inmisericorde. La actualidad puede entenderse en paralelo a este cambio. Seguimos, sin lugar a dudas, vinculados a esta forma industrial de entender la vida, pero hoy es la tecnología y el cosmos digital los complementos determinantes para nuestras sociedades. El silbato del cambio de turno ha quedado obsoleto, aunque en su lugar hayan emergido aplicaciones y productos marcados por la información y la comunicación. No hay descanso, la productividad ha inundado absolutamente todo debido a la ausencia de límites y freno. El día y la noche no sirven de referencia, las estaciones son cosa del pasado y la rueda de la transformación constante y dinámica se ha alojado entre nosotros. Terminaremos por habituarnos a fuerza, como ha venido sucediendo en momentos previos, de pagar un alto precio que nos hará resignarnos ante estas imposiciones ajenas. Ahora mismo, en este preciso momento, nos encontramos en este punto. Debemos, pues, valorar la dirección a tomar.

 


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