Había salido de su casa hecho un manojo de ira, odiaba discutir con su novia y sabía que eso significa varios días de una ausencia que dolía.
Pero era mejor huir de esas confrontaciones que solo traían como consecuencia una inminente separación y no se perdonaría si aquello ocurriera.
Lo más triste es que eran discusiones absurdas que crecían como montañas y ninguno quería ceder por una tregua, como si luchasen por quién debía llevar la razón.
Siempre que salía huyendo, mientras manejaba, las lágrimas salían a borbotones. Elizabeth lo volvía frágil y lo devolvía a su primigenia humanidad. Ese hombre con verdaderos sentimientos.
Encendió la radio y cada que lo hacía, era el mismo dial y la misma música. Era extraño que siempre ocurría en cada pelea y como le gustaba lo que sonaba, solo lo dejaba allí. Esa tarde, la carretera estaba desierta y una miríada de aves sobrevolaban el cielo. Observó aquella simetría que parecía fruto de varios días de práctica, como un grupo de niños en un ballet.
Acomodó el codo sobre la ventanilla y el viento acariciaba su rostro con una suavidad inverosímil.
Sentía que ya había vivido aquel momento y se preguntaba por qué creía que lo había hecho.
De pronto visualizó el rostro de Elizabeth abriendo los ojos como platos mientras le recriminaba algo y se vio a sí mismo, contestándole. ¿Qué estaba sucediéndole?, quiso cambiar la misma música que se repetía una y otra vez y su mano no tenía motricidad y desobedecía sus deseos. Sentía como si todo el cuerpo se empezó a paralizar y del parabrisas emergió una línea que se convirtió luego en fragmento de vidrios rotos.
El tiempo se ralentizó y de pronto el mundo empezó a darle vueltas. Vio los árboles de cabeza, el césped en diagonal y el cemento de la carretera bocarriba.
El dolor de los golpes dejó hematomas y sangraron heridas que después desaparecían de nuevo, no comprendía qué diablos significaba aquello. La sangre se esparció y barbotó escupitajos y bilis negra.
Un bocinazo continuo resonó como un eco en la montaña y sus pupilas se dilataron hasta que todo se oscureció.
La película de su vida se repetía en retroceso y en cámara lenta hasta aquel momento de haber salido furioso tras la discusión y cuando oyó aquel deseo que se materializó minutos más tarde.
—Ojalá te mueras —lo dijo Elizabeth con tanto ahínco tras la discusión.
Elizabeth se enteró de aquel accidente pocos minutos después y corrió como si al hacerlo podía detener aquel instante.
Cuando llegó, la camioneta estaba bocabajo y él allí atado al cinturón estaba irreconocible. No le sirvieron de mucho las lágrimas ni el desconsuelo. Porque todo había acabado para él… para ellos.
El fantasma del recuerdo se repetía una y otra vez. Francisco moría cada día y su alma no descansaba en paz desde aquel episodio.
Había salido de su casa hecho un manojo de ira, odiaba discutir con su novia…
Y el ciclo empezaba de nuevo.
©2025 Marcos B. Tanis.
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