Al calor de la vida, en el chisporrotear de la conciencia como si decenas de pensamientos se asaltasen entre ellos, unos ojos se perdían en el fragor de una batalla, la de la mente y el corazón. Ambos, dueños de un mismo cuerpo, titiriteros al acecho de su cuerpo y una intermediaria, la mejor mediadora para frenar a los demonios, esos malos pensamientos o actos que podrían acabar como la noche de San Juan, su alma, formando parte de una hoguera de dimensiones impensables.
Corazón y cerebro, en manos de aquel hombre que sólo buscaba poner fin al desequilibrio, buscar un entendimiento, llegar a un punto dónde todo fuera neutral, sano para ambos. Pasaban los minutos, las horas y aquellos ojos, aquellas manos se agarrotaban, presionaban sin darse cuenta, llegó un momento en el que sufrió tal delirio, que creyó ser una de esas llamas al rededor de sí mismo, quemándose como cuando ese papel en el que has escrito todo lo malo, es echado a la pira para que se vuelva cenizas, polvo al polvo. A veces para calmarse, se bebía una copa de vino. Dejó a cada lado de su cuerpo al corazón y al cerebro, se la sirvió y dejó que el fuego del alcohol y el de las llamas, le quemara poco a poco. Ebrio por la bebida, creyó escuchar como el cerebro y el corazón comenzaban una cumbre de paz, decidieron ser consecuentes en ese momento y devolver al alma la cordura en las manos de aquel cuerpo. Ambos regresaron a sus lugares de encuentro, la calma y un nuevo calor, dieron comienzo esta vez con un nuevo sabor de vida, un buen café frente a un nuevo amanecer. Hoy, un nuevo hombre, renace.
@ Fabiola Rubio Gil.
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