Llegué de tierras lejanas para labrarme un porvenir, porque quería que mis hijos, a buen recaudo con mi madre tuvieran un futuro, lejos de la miseria, el hambre, las guerras y la inseguridad que reinaba en país, era enfermera y pensé que podía ejercer de tal, convalidé el título y empecé a buscar trabajo. Ardua tarea para quien tiene la piel de otro color, ni siquiera soy negra, más bien indígena de América del sur.
Después de mucho buscar, me cogieron en un puesto de enfermera como interna para cuidar a un anciano, no sólo tenía que curarle las llagas de estar postrado en una silla de ruedas, por el mismo precio, tenía que cocinar, limpiar, o sea, todas las tareas del hogar por el SMI, acepté porque me jugaba el bien de mis hijos.
Desde el minuto uno, aquel hombre dejó bien claro que era el amo de mi persona, se comportaba como un algodonero del siglo XVIII, me hablaba a gritos, me daba órdenes imposibles, criticaba todo lo que yo hacía, no me quejaba, asumía y cada vez que sus hijos venían a visitarle, poco por cierto, yo sonreía y callaba.
Hasta que un día hizo que me pusiera de rodillas de espaldas a él, con la excusa de que recogiera algo que había manchado en el suelo y me levantó la falda, me volví para recriminarle su actitud y sacó su peor versión, qué te crees que eres zorra, tu trabajas para mi y harás lo que yo quiera, aunque no se me levante, tu harás que suceda, me dijo encolerizado. Salí corriendo de la habitación esperando que se calmara y dejará de gritar y tirar cosas al suelo.
Ese día yo procuraba acercarme a él sólo cuando tenía que darle de comer y acostarle, aparentemente se calmó y a la mañana siguiente le tuve que llevar de compras, al bajar de un autobús, lo hice de la manera reglamentaría de espaldas y entonces empezó a gritarme delante de todo el mundo, eres una inútil, no vales para nada, me vas a tirar estúpida.
Todas las personas que estaban en la parada murmuraban, qué mal educado, ingrato, no se puede tratar así a quien te está cuidando, pero nadie se le enfrentó, nadie paró los pies a la injusticia, esta sólo nos afecta en la medida que se comete con nosotras, cómo hubiese agradecido ese enfrentamiento social en ese momento, pero me quedé tan sola con él como estaba de puertas para adentro, escuchando todos los vecinos el trato que me daba.
Me explota la cabeza cada vez que escucho que las personas migrantes venimos a quitar el trabajo a los nativos ¿aguantarían servir como esclava a un tirano?
¿soportarían su maltrato? ¿bajarían la cabeza ante la injusticia si se cometiera con ellas?
Ya os digo que no, por eso dejad de juzgar a quien viene a tener mejor vida después de que los países “desarrollados” hayan diezmado los nuestros, dejadnos vivir.
Una vez tuve un sueño, todos éramos iguales, pero eso sólo fue un sueño.
@Pilar García Torres
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