Viernes, 27 de junio
Cinco días sin escribirte. Por falta de ganas. Por flojera. Por cuerpo vencido. No he vuelto a tener fiebre, pero sigo convaleciente. Como si me hubieran lavado en agua fría y tendido sin centrifugar. Y encima, él. Simón. Que el último día me dejó la cabeza del revés con una frase de esas que no se dicen sin avisar:
—Jean es mi marido.
Así, sin sujetarme el corazón. Desde entonces, he hecho lo que hago cuando no quiero llorar: limpiar. He fregado los azulejos de la cocina con vinagre, he tirado tres bragas que no merecían ya otra oportunidad y he reorganizado el cajón de los cubiertos como si estuviera a punto de mudarme o de empezar otra vida.
Y hoy ha vuelto. Ha llamado otra vez a mi puerta. Yo, con moño improvisado, cara recién lavada y una mancha de pasta de dientes atravesándome la camiseta como una banda honorífica, he abierto sin pensar. Venía con un bizcocho. De plátano y nueces.
—Está recién hecho —ha dicho.
Y después, como quien comenta que se va a por tabaco, ha dejado caer que Jean se ha marchado. A Bruselas. Solo. Por trabajo. Yo no he dicho nada. Ni un “ah”. Ni un “qué suerte”. Nada. Porque a veces callar es lo único que evita que te tiemble la voz. Y entonces me ha pedido el número de teléfono.
—Para saber cómo estás.
Y se lo he dado. Claro que se lo he dado. Aunque solo sea para no arrepentirme de no haberlo hecho.
Sábado, 28 de junio
Me ha escrito.
«¿Te apetece bajar a tomar el aire esta tarde? Puedo llevar más bizcocho. O, si no, algún abrazo.»
Abrazos. Qué fácil se le da camelarme. He leído el mensaje tres veces. He abierto las ventanas. Me he peinado. Me he vuelto a peinar. Y después le he contestado:
«A las seis. Sin bizcocho.»
Luego me ha mandado un audio que no he abierto. Ahí está, como una granada sin anilla. Como si pulsar play pudiera acelerar o detener el mundo entero.
Domingo, 29 de junio
No sé si fue una cita. Nos sentamos en un banco viejo. Esta vez, casi todo lo habló él. Me contó que Jean sigue sin llamarle. Que quizá deberían concederse un tiempo… Escuchar eso me aceleró el corazón. En un momento, al hablar, nuestras manos se rozaron. Solo eso. Un segundo. Pero una descarga eléctrica me atravesó de arriba a abajo.
Después volvimos a casa. Entramos al portal como dos personas que saben que no deben mirarse. Cogimos el ascensor y, cuando se bajó en el tercero —yo vivo en el séptimo—, me dijo que más tarde me mandaría un WhatsApp. Y sonrió. Esa sonrisa. No la normal. Esa.
Cerré la puerta. Me apoyé detrás. Y me quedé quieta. Con el corazón en huelga. Y el móvil en la mano. Esperando. Porque a veces, un WhatsApp es solo un WhatsApp. Y a veces… lo es todo.
Y justo cuando estaba a punto de meterme en la cama, me llegó:
«¿Subimos otra vez a la azotea?»
Así. Sin florituras. Yo, ya con el pijama puesto, lo pensé un cuarto de segundo. Me vestí a toda prisa y subí. Él ya estaba allí con una botella de cava, dos copas y un par de porros. Muy en su línea.
No hubo sexo. Ni falta que hizo. Entre el humo, el alcohol y las miradas, ya íbamos servidos. Charlamos. Reímos. Y, de vez en cuando, nos rozábamos como por error. Pero los dos sabíamos que era absolutamente premeditado.
La cosa fue subiendo de temperatura. Y yo, que todavía estaba floja —tanto que mi cuerpo seguía pareciendo de gelatina—, notaba todo a lo bestia: el cava, la tensión, las ganas. Bajamos en el ascensor. Y ahí, sin decir ni pío, cuando paró en el séptimo, me besó. Y entonces, como si mi cuerpo se hubiese puesto de acuerdo con el karma, me entraron unas ganas de vomitar tremendas.
El beso no tuvo la culpa, que conste. Fue el alcohol, que se me había subido como un disparo. Y creo que fumarme un porro yo sola también hizo su parte. Me inventé una excusa para salir de allí antes de provocar una catástrofe. Porque un tío puede soportar muchas cosas, pero que le vomiten en la cara… eso no lo borra ni con hipnosis.
Esta mañana al despertar me he acordado del audio. El que me mandó ayer. El que no me atreví a abrir. Por fin le he dado al play: “Hace mucho tiempo que una mujer no me pone tanto como tú.”
Lo he escuchado un montón de veces. Incluso lo he hecho con los auriculares puestos, como si fuera un poema prohibido o una canción que necesitaba aprenderme de memoria. Reconozco que su bisexualidad me da morbo. Me muero de curiosidad por saber cómo es Jean. Qué tipo de hombre enamora a alguien como Simón. Si es más guapo, más alto, más culto. Si huele mejor. Si también sabe cocinar. Si tiene un lunar en el cuello o una de esas voces que se te instalan en la ingle. Todo eso. Me lo imagino como una especie de competencia imposible. Un enemigo de piel perfecta. Pero también, y no me enorgullezco, como un fetiche.
Hoy Simón no me ha escrito. Nada. He estado tentada de escribirle, pero el orgullo es una cosa muy absurda que, cuando se activa, no hay quien lo pare. Así que me he vuelto a pasar el día limpiando. He dejado el apartamento como un quirófano. Hasta los marcos de las puertas he repasado. Me ha faltado planchar los trapos del polvo.
Y aquí estoy: todavía con resaca, sin mensajes, pero con los suelos brillantes.
Continuará…
@Emecé Condado
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