Puso en el diminuto mortero dos dracmas de chocolate, tres pizcas de esencia a rosas y dos dientes de león bien trinchaditos.
Con el pistilo de vidrio y quebrantando todas las promesas y juramentos hipocráticos, obtuvo una pasta anaranjada que dejó reposar.
Permitiendo que el oxígeno y el tiempo hiciera su tarea, se tomó un baño de hinojo y salvia, entonó un aria y salteó de sonrisas los azulejos del baño. Con un albornoz a sotavento de un mandil con bolsillo de quita y pon, siguió la segunda parte de la receta.
Tenía que buscar el punto justo de cocción. Ese almíbar ambarino estaba destinado a llegar a la temperatura adecuada. Calentó un mechero de alcohol, y con una cucharilla de plata fue removiendo hasta que un aroma intenso se desprendió, quebrantando los latidos de todos los habitantes del bloque siete.
Cuando miró a través de la gota a punto de hebra fina entre su índice y su pulgar, contempló a través de ella, la perfección de Eva desnuda, entrando a la cocina.
@Maripau González Bodeguero
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