En la vasta y siempre creativa industria del desprecio humano, ciertos perfiles han mantenido un puesto de honor a lo largo de la historia. Traidores que rompen la lealtad como si fuera papel de envolver; violadores que reducen la dignidad a un botín; ladrones que sienten que lo ajeno les pertenece por derecho divino; mentirosos que maquillan la realidad con tal destreza que se convierten en artistas de la falsificación moral; hipócritas que exhiben virtudes que nunca practican; corruptos que canjean justicia por beneficios personales como si fueran cupones de supermercado; violentos, intolerantes, desleales, injustos, egoístas, arrogantes, discriminadores, impunes e indiferentes. Todos ellos desfilan con méritos propios en la pasarela de la ignominia.
Y aunque su repertorio es tan variado como predecible, comparten un núcleo duro: la falta de consideración por los derechos ajenos, un ego que exige adoración constante y una afición particular por la manipulación, el acoso y, cuando se sienten creativos, la sátira hiriente. Son, en definitiva, especialistas en hacer de la crueldad un oficio.
Ahora bien, la historia nos enseñaba que este ranking era bastante estable. Pero, como en todo mercado, de vez en cuando aparece un nuevo producto que revoluciona la competencia. Y hoy ese producto tiene nombre: los bots de redes sociales.
Porque si antes la vileza se ejercía cara a cara, en callejones oscuros, en oficinas con expedientes manipulados o en la calidez hipócrita de un salón de té, ahora puede ejecutarse desde la comodidad del sofá, con una taza de café y un buen Wi-Fi. El bot es la criatura predilecta del siglo XXI: un programa diseñado para imitar a un ser humano, pero sin la molestia de la conciencia. Sí, existen bots “benévolos”, como las hadas madrinas digitales que recomiendan música o te avisan de la llegada del bus. Pero esos no son noticia. Los verdaderos campeones del repudio son los bots maliciosos, creados para distorsionar la realidad, manipular la opinión pública y dinamitar reputaciones a la velocidad de un clic.
Aquí entramos en la jerarquía interna del oprobio bot:
El creador. Ese ingeniero o programador que, armado de código y cinismo, fabrica una máquina para vomitar mentiras en cadena. Cobra su tarifa, entrega el producto y se va de vacaciones a un resort, donde, suponemos, no hay Wi-Fi para que no le llegue el hedor de su obra.
El cliente. Normalmente un asesor político o jefe de campaña que, convencido de su genialidad, contrata el servicio para “posicionar” a su candidato. No tiene tiempo para ética: está ocupado diseñando la próxima mentira.
El operador. El soldado raso de la infamia digital. Maneja la cuenta falsa, lanza los mensajes, mide el impacto y celebra cuando su bulo se convierte en tendencia. Todo ello sin despeinarse y sin mostrar la cara.
Y aquí surge la pregunta que tanto incomoda:
¿Quién es más despreciable?
¿El que vende el arma, el que la compra o el que la dispara?
Incluso los mercenarios, esos profesionales del conflicto armado, parecen más dignos en comparación. Ellos, al menos, arriesgan la piel y respetan códigos —torcidos, sí, pero códigos al fin—. Dan la cara. En cambio, el ecosistema bot se oculta tras pantallas, protegido por el anonimato y la impunidad, como ratas digitales que infestan el sótano de la democracia.
El problema no es solo la mentira que fabrican, sino la sensación de impotencia que generan. Porque, mientras un sector de la sociedad trabaja, cuida a sus hijos y trata de sostener un mínimo de decencia colectiva, estos entes —humanos o de código— convierten el espacio público en un lodazal. Y lo peor: una masa creciente de indiferentes contempla el espectáculo sin mover un dedo, subiendo rápidamente en el ranking de la vileza.
Tal vez haya llegado el momento de actualizarlo oficialmente: en la cima ya no están los traidores, ni los corruptos, ni siquiera los violentos. En la era de las redes, los bots maliciosos y sus titiriteros ocupan el trono. Y lo defienden sin honor, sin riesgo y sin vergüenza.
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