Na penumbra do tempo
Cuadro del pintor Antón Pulido
Hay que recordar, pero recordar antes…
Hay que recordar hacia mañana
Mirar una fecha en el calendario y decidir que a partir de ella todo cambiará es algo profundamente humano. La vida humana, a nivel individual y colectivo, está marcada por el calendario, más allá del simple transcurrir cotidiano. Y así, las personas proyectan metas y actos importantes a partir de fechas concretas, utilizándolas como hitos simbólicos o simplemente como recursos prácticos. Esta tendencia refleja la necesidad de ordenar el tiempo y dotar de significado a nuestras acciones. Tal necesidad se plasma en fechas como el inicio de año, los cumpleaños y aniversarios, los cambios de estaciones del año, las fiestas patronales o locales…
En el ámbito colectivo, los gobiernos, las instituciones y distintos tipos de comunidades también se organizan desde fechas señaladas: planes de desarrollo que comienzan tras una legislatura, proyectos ecológicos y medioambientales después de unos terroríficos incendios forestales, celebraciones culturales que marcan un calendario de eventos y compromisos, programaciones académicas que arrancan a comienzos o finales de curso…
Organizar nuestros actos alrededor de un día específico o de un tramo de tiempo concreto es una forma de darle contorno al futuro y de domesticar lo incierto.
Lo interesante de todo esto es que, aunque el tiempo fluya de manera continua, los seres humanos lo fragmentamos y lo cargamos de significados para hacerlo manejable. Elegir una fecha concreta no solo organiza nuestras acciones, también otorga un valor emocional que refuerza la sensación de comenzar algo nuevo. Y aunque cada fecha señalada no sea más que un día como otro, lo cierto es que al cargarla de significado la transformamos. No es el tiempo quien nos dicta el inicio de nuestros proyectos, somos nosotros quienes se lo pedimos al tiempo, a pesar de que éste no siempre respeta nuestros deseos.
La fecha se convierte en bandera, en una ilusión de certeza que nos tranquiliza. Y, sin embargo, más de una de esas promesas queda suspendida, atrapada en el vacío entre la declaración programada y la acción ejecutada.
Los políticos lo hacen continuamente. Presentan un programa y lo enmarcan en fechas simbólicas: “a los cien días del triunfo electoral”, “después del primer año de gobierno”, “la paz en Ucrania después de la reunión en Alaska”, “la reconstrucción de Gaza después de eliminar a Hamás”, “los pactos de Estado contra la emergencia climática después de que terminen los incendios” …
Lo mismo ocurre con proyectos personales o profesionales. Muchos jóvenes esperan ganar una oposición o conseguir un trabajo fijo, y después, con esa tranquilidad económica, proyectan investigar, escribir su primer libro o crear su propio gabinete profesional. Pero a menudo, cuando llega esa estabilidad, el cansancio cotidiano ya no deja espacio para la ilusión que antes parecía imponerse con fuerza.
Esto también tiene repercusiones en el ámbito más íntimo y personal. Eukene y Lancelo compartían una larga amistad. Sin embargo, Eukene, inmersa en un conflicto familiar que intentaba resolver, le pidió a Lancelo poner en pausa su relación hasta encontrar estabilidad y claridad en sí misma. Lancelo, sabiendo que la vida no suele ajustarse a plazos concretos ni a fechas previstas, dudó de que ese día llegara realmente. El tiempo continuó su curso: meses y años pasaron, y aquella ocasión que Eukene esperaba para retomar el vínculo se desdibujó. Finalmente, Lancelo renunció a la idea de recuperar la amistad, convencido de que ésta no puede depender de condiciones externas y de que los problemas rara vez desaparecen en el tiempo que uno se imagina. Así, aquella relación quedó interrumpida sin que Eukene hubiese alcanzado a resolver lo que la inquietaba.
La gran lección sobre los proyectos que los humanos depositamos en el calendario nos demuestra que su comienzo nunca llega desde fuera, sino que lo inventamos y lo programamos nosotros. La fecha es solo un recordatorio, un símbolo; pero lo que realmente cuenta no es el día en que decidimos actuar, sino la constancia con la que transformamos ese gesto en hábito.
La vida rara vez obedece a nuestros plazos; no hay fecha mágica que resuelva lo que no somos capaces de sostener en lo inmediato. Las promesas políticas se cumplen solo si hay voluntad, las amistades renacen no en un día marcado, sino en un acto de coraje en cualquier instante, y los proyectos personales florecen cuando se les dedica tiempo hoy mismo.
Federico García Lorca nos ha dejado una lección magistral sobre esos proyectos a futuro. Dentro de su producción literaria se encuentra una breve pieza teatral titulada Así que pasen cinco años, publicada el 19 de agosto de 1931. Cinco años después, el 18 de agosto de 1936, como si de una premonición se tratase, García Lorca era fusilado en Granada.
La historia de esa pequeña obra de teatro narra la vida de un joven que, al comprometerse con su novia, le propone esperar cinco años antes de casarse. Transcurrido ese tiempo, el muchacho regresa con la intención de cumplir su promesa. Pero como el tiempo -siempre implacable e inexorable- no se detiene, se entera de que ella ya ha contraído matrimonio con otro hombre. Él, en su desconsuelo, y profundamente desilusionado, intenta empezar un nuevo amor con una mecanógrafa, quien, durante todo ese período, lo había amado en secreto. Sin embargo, esa mujer, espejo cruel de su propio destino, le impone la misma condición: posponer la boda por otros cinco años. Finalmente, el protagonista termina muriendo solo en su hogar, aguardando ese amor que nunca pudo lograr.
Esta obra es una profunda reflexión sobre la naturaleza del tiempo, que se convierte en eje central y símbolo de la acción dramática lorquiana. El tiempo aparece aquí como protagonista invisible, marcando destinos y delimitando las posibilidades de los personajes.
En una conversación que mantienen el viejo y el joven -éste es el protagonista de la obra-, le dice el viejo:
“Me gusta tanto la palabra recuerdo. Es una palabra verde, jugosa. Mana sin cesar hilitos de agua fría”.
Y el Joven le responde:
“Sí, sí, claro. Tiene usted razón. Es preciso luchar con toda idea de ruina…”
Viejo:
“Hay que recordar, pero recordar antes”.
Joven:
“¿Antes?”
Viejo:
“Sí, hay que recordar hacia mañana”
(El Joven absorto):
“Hacia mañana”.
La lección parece clara. En las promesas depositamos un poder en el futuro que en realidad no le pertenece. Prometemos que así que pasen las fechas que elegimos en el calendario actuaremos sobre nuestros proyectos aplazados, sin pensar que nuestras promesas suelen acabar desinflándose.
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