EL ORIGEN DE LA PRIMERA RED SOCIAL by Jorge Zenteno

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Aquella que intentaba preservar la especie humana

En tiempos remotos, cuando los humanos aún no habían inventado la escritura, ni siquiera un idioma propiamente dicho, la comunicación se limitaba a gruñidos, gestos y miradas que intentaban decir más de lo que podían. En aquel mundo salvaje, un hombre —cuyo nombre se perdió en el eco de los siglos— tuvo una idea que creyó brillante: clasificar.

Era un visionario, o al menos eso pensaba él. A su gato doméstico lo etiquetó mentalmente como “felino”, para diferenciarlo de la gallina (“ave”) y de la oveja (“ovino”). La lógica, en su cabeza, era impecable. Así, cuando conversaba con su vecino —un individuo que vivía en una caverna a poca distancia y que compartía con él más silencios que palabras— podía “hablar” de sus animales con cierta precisión.

El vecino, impresionado, aceptó la novedad como si fuese una revelación. Hasta que un día, jadeante y con los ojos como platos, irrumpió en la entrada de su cueva.

—No vayas al monte del sur —logró articular—, porque anda un felino.

Nuestro clasificador, orgulloso de su sistema, interpretó el aviso con ingenua literalidad. Felino, pensó, ¿otro como mi gato? Maravilloso, así tendrá compañía. Y sin pensarlo dos veces, se encaminó hacia el monte, convencido de que volvería con un nuevo amigo para su mascota.

Lo que encontró fue menos “adorable” de lo que había imaginado: un tigre dientes de sable, tan imponente como hambriento, que le saltó encima antes de que pudiera reconsiderar su entusiasmo. La digestión del animal fue rápida, aunque no tanto como para evitar que la víctima entendiera, en sus últimos segundos, que su sistema de clasificación tenía un problema de… precisión.

Así aprendimos, a un precio bastante alto, que no todos los felinos son inofensivos. A partir de entonces, la humanidad comprendió la urgencia de inventar algo más elaborado que gruñidos y gestos para evitar malentendidos de este tipo. Fue así como, por pura necesidad —y un poco por instinto de supervivencia—, nació la lengua.

Porque, después de todo, nada une más a la especie humana que la tragedia… y la ironía de morir devorado por el primer concepto mal definido en la historia.

 

El hombre evolucionó y pasamos de enviar mensajes a través de corredores valientes a recibirlos de influencers con labios rellenos y opiniones alquiladas. Antes, la imprenta democratizaba el conocimiento; hoy, el Wi-Fi democratiza la ignorancia. En Chile, el 90% de la gente usa redes a diario y más de la mitad se informa ahí. O sea, que el futuro de nuestras decisiones colectivas depende del video de la tía que comparte cadenas de WhatsApp para “protegerse de la radiación del 5G”.

Las redes prometieron comunidad, pero entregaron un circo de tres pistas donde las noticias falsas son los payasos, los estafadores son los malabaristas y los trolls son el público que lanza tomates. Según la OMS, el uso problemático en adolescentes subió un 11% en 44 países. Qué raro, ¿no? Un ecosistema hecho para adictos y diseñado por corporaciones cuyo único objetivo es que no sueltes el teléfono. La misma herramienta que puede difundir una receta de pan también puede convertir a tu vecino en negacionista antivacunas en menos de una semana.

El lenguaje se convirtió en un ciberanzuelo. El algoritmo decide qué es real y qué es irrelevante. La reputación se destruye en un hilo de Twitter; la economía se tambalea por un rumor en Facebook. La democracia… bueno, hoy la defienden bots con más actividad que la mesa de votación. Y lo más divertido: no es casualidad. Está diseñado así. Si te escandaliza, felicidades: ya estás un paso más cerca de ser etiquetado como “contenido sensible”.

Saber distinguir el Gato del Tigre…, no se trata de volver a las cavernas —aunque sería un alivio—, sino de reconocer que las redes sociales no son neutras. Son máquinas de fabricar narrativas y venderte una versión de la realidad… siempre que pagues con tu atención. La alfabetización mediática y el pensamiento crítico ya no son virtudes intelectuales; son medidas de defensa personal.

Porque si aquel primer “¡felino!” significaba correr para salvar la vida, hoy significa decidir si lo que tienes delante es un gatito adorable… o un tigre que ya te está lamiendo la cara mientras lees este post.

 


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