Cartas desde Europa: Carta 17: Ágota Kristóf by Félix Molina

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—¡Ágota! ¡Levántese! Póngase en un lugar donde todos sus compañeros la vean. No, junto a la esquina no, es un lugar demasiado secreto…

—¿Aquí está bien?

—Vale. Pero con las manos en cruz. Así está bien. Ahora explíquele al resto de la clase por qué ha escrito El gran cuaderno. ¿Qué necesidad tenía de escribir otra vez el Diario de Ana Frank pero con dos niños endurecidos y una abuela cruel?

—Disculpe, señor profesor, pero no creo que Ágota haya recreado mi cuaderno, digo, mi diario. Tal vez la forma, pero yo era una niña esperanzada, a pesar de todo. Y a Ágota le pesa todo.

—Usted se calla, Ana. ¡Aquí soy yo quién dicta los parecidos y las diferencias!

—Sí, me suena eso, señor profesor…

—Además, Ágota, quién le ha mandado escribir en francés, usted y su familia son húngaras. ¿Qué gana escribiendo en francés?

—Bueno, si me permite decirlo, señor profesor, estuve un tiempo viviendo en Suiza, aburriéndome mientras trabajaba en una fábrica. Sí, de relojes —toda la clase ríe—. Así que me fui haciendo con el idioma. Lo encuentro más preciso que el húngaro, que es más vago, más poético si se quiere.

—Doy fe de que ha conseguido una precisión exacta, muy francesa, al pintarnos la crueldad, señor profesor…

—¿Cómo puede hablar usted de fe, marquesito de Sade? A usted lo tengo castigado desde el primer día de clase. ¡Contra la pared!

—En descargo de Ágota, puedo decirle que si hubiera escrito en húngaro lo hubiera hecho igual de bien.

—Cállese, Márai, usted también podría haberse decidido por escribir en italiano.

—Muchas gracias, Sándor. Usted sí que es mi maestro —dice Ágota, ruborizada.

—¡¡¡Señorita Kristóf, acérquese a mí y muéstreme la palma de la mano!!!

 


Ágota Kristóf (1935-2011) es una de esas raras aves migrantes de la literatura, como Graham Greene (que no cambió jamás de lengua) o Samuel Beckett (que terminó escribiendo en dos). Ágota fue francófona en Suiza y decidió que esa lengua definía mejor que el húngaro la complejidad moral y mental de sus personajes, enredados siempre en conceptos como el castigo o la culpa. El gran cuaderno (que recuerda en su forma y en su progresión al famoso diario) recoge las anotaciones de Claus y Lucas, dos gemelos a cargo de una abuela que el lector no puede dejar de relacionar con un símbolo de la Europa más oscura y cruel. No obstante, Ágota Kristóf reincide en su sadismo con la segunda y tercera partes de esta novela, La prueba y La tercera mentira. Y en sus excelentes cuentos de Da lo mismo se hace más bien compañera de Patricia Highsmith. Su inclusión aquí hace que este antólogo, que es también el autor de Cartas desde Europa, le quite la plaza de húngaro a Sándor Márai, admirado por Ágota, y uno de los escritores más interesantes que ha dado el continente. Con todo, ahí está, el primero de su banca…

 

 


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