Entró rápido, casi corriendo. Llevaba las manos, como de costumbre, en los bolsillos del larguísimo sobretodo negro que le llegaba casi hasta las rodillas. Cuidó, sin embargo, de cerrar la puerta suavemente.
Siempre prefirió entrar por la puerta trasera de la casa. Lo hacía así, según él mismo decía, para poder disfrutar del viento del Atlántico que a esa hora inunda las calles lisboetas. Pero en realidad lo hacía por asco: una especie de escalofrío le recorría el cuerpo de sólo pensar que si quería entrar por la puerta principal debía pasar, obligatoriamente, por ese café de mala muerte que estaba en una de las esquinas y que sería inevitable mezclarse con toda aquella gente , con esos entes desconocidos y lejanos, con esos marineros… con esos marineros que probablemente vinieran de Durban. A pesar de todo, y tal vez inspirado en lo común de las gentes que allí se daban cita o en lo cromático de la decoración del local, fue en ese café donde imaginó el encuentro con el siempre desasosegado Bernardo Soares. Varias veces, de hecho, estuvo tentado a confesárselo a Gaspar Simoes y si bien es cierto que nunca lo hizo, existen pruebas irrefutables de que así sucedieron las cosas.
–Le esperan, señor –le dijo, apenas entró, una de las muchachas que trabajaban en la casa- Están arriba, las tres.
–Lo sé –respondió él- O, el abrigo no; todavía no.
sólo le entregó el sombrero. Ella lo colocó en la sombrerera del rincón; lo colocó un poco más alto que los demás, como simbolizando que se trataba de alguien especial. Insistió en que le cediera su gabán, pero recibió idéntica respuesta
–Como guste –respondió ella, retirándose- Voy a cumplir con mis tareas. Si me necesita estaré aquí abajo.
Él asintió ligeramente, al tiempo que subía la escalera que lo llevaría hasta su destino.
Cuando entró en la habitación, que ellos, como para mostrarse a sí mismos el tono elevado y riguroso de lo que allí se hacía, llamaban Habitación Principal, comprobó que todo estaba dispuesto Lo más importante: la lamparita, que con su luz lúgubre y mortecina bien venía en estos casos. Y no porque fuera indispensable: (la inminente ceremonia bien podía llevarse a cabo en la más absoluta oscuridad) sino por caprichos y convencionalismos de una psique exageradamente tímida e introvertida como la suya. De hecho, él planeaba decir a las tres mujeres que mejor era prescindir por completo de la lámpara. Además, así ignoraría el empapelado de las paredes y el grotesco cuadro de Leda y el cisne que pendía de una de ellas y que resultaba tan chocante a la estética que bien había aprendido en el St. Joseph’s School. Pero, indeciso como era, aun no se había atrevido.
–Llegas tarde –reclamó una de las anfitrionas- Ya es la hora. Además, no tenemos tiempo qué perder, sabes que no eres el único.
No respondió entonces. Sólo se sentó a la mesa que estaba en el centro del recinto. Las mujeres lo imitaron. Cuando se hubieron puesto cómodos, se tomaron de las manos y él cayó en trance. Ellas colaboraban lo más que podían, aportando toda la energía psíquica que una médium profesional es capaz de concentrar. Él, por su parte permanecía en silencio, aunque no dejaba de dar obvias muestras de estar en contacto con un ser metafísico. De pronto se quedó paralizado un instante.
–Sí, sí –murmuraba, manteniendo la cabeza completamente vertical y entrecerrando los ojos, que desde hacía mucho tiempo había puesto en blanco. Las mujeres, entre curiosas y asombradas, se limitaban a observar.
–Voy a seguir su consejo. Téngalo por seguro.
Y sin más volvió en sí. Se secó la frente con el pañuelo y ante la absorta mirada de las tres mujeres dijo secamente que ya sabía lo que deseaba.
–Me voy –dijo, y luego con cierto desdén-:
–Pueden decirle a su próximo cliente que pase… brujas.
Puso en la mesa dos billetes de cincuenta escudos y se marchó.
Aproximadamente a las nueve y treinta de la noche de una noche cualquiera de 1918, Fernando Pessoa bajó la escalera, tomó su sombrero y se fue de la casa tan apresuradamente como había llegado. Se dirigió a la Cervecería Jansen, donde quedó a verse con Gaspar Simoes. Tenía unas ganas inmensas de decirle que sí, que había sido posible comunicarse con el espíritu de Sá-Carneiro y pedirle el consejo que ambos intuían: que era mejor olvidarse del tercer número de “Orpheu” y que se dedicara exclusivamente a la preparación de los “35 Sonnets” y del “Antinous”. También era importante decirle a Gaspar Simoes que sobre sus planes no había recibido información alguna del atormentado Sá-Carneiro.
Cuando llegó era más tarde aún y ya la Jansen estaba cerrada.
–Otro día se lo diré –pensó Pessoa-, otro día se lo diré.
Ese día, sin embargo, no llegó jamás. Pessoa olvidó completamente el asunto y jamás hizo mención de él. A nadie.
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