Miércoles, 16 de julio
Esta mañana me he despertado con los mensajes de ayer todavía zumbándome en la cabeza. Primero, el de Sebas. Una foto absurda: un perro disfrazado de la señorita Rottenmeier. Moño postizo, gafas redondas, expresión de estreñimiento crónico. Y debajo, su texto: “¿No te recuerda a alguien?”
Nada más verla, lo solté en alto: “¡A Lucía!”. Era cierto, era igual. Los dos nos reímos. Él, con sus emojis cómplices. Yo, tirada en el sofá.
Después abrí el de Simón. Me alteró completamente.
Decía: “Volvemos el viernes. Queremos verte.”
En plural. Queremos. Desde ese momento me vuelvo completamente loca. La cabeza me empieza a dar vueltas. El viernes, el viernes, el viernes… Y mientras tanto, yo histérica, repasando qué me voy a poner, cómo voy a reaccionar, qué les voy a decir. Me puse de los nervios y de los nervios sigo. ¿Por qué demonios me siguen temblando las manos como si estuviera a punto de examinarme del carnet
de conducir?
Jueves, 17 de julio
Lucía anuncia que Sebas se incorpora a la plantilla. Que será “un apoyo fundamental para la gestión”. Traducción: el rollo de mi jefa, el tío con el que me acosté hace nada, con el que ayer me reí de la cara de lechuza de ella… va a ser, oficialmente, otro de mis jefes. Esto se complica. Mucho.
Y como si la semana no tuviera ya suficiente salsa, a media mañana empieza a sonar la alarma. Yo estoy en el baño y el pestillo, el maldito tranco, se queda atascado. No se abre. Tiro, empujo, insulto, nada. Cinco minutos que parecen cinco años. Golpeo la puerta pensando que como esto vaya en serio, me quedo aquí de estatua de ceniza.
Por fin consigo abrir. Salgo corriendo y la oficina está vacía. Todos, ya en la calle, perfectamente alineados en el punto de encuentro, con cara de héroes de película.
Y yo aparezco tarde, despeinada, sudando, con pinta de haber encendido yo misma la chispa. Lucía me mira como si hubiera sido yo la que le ha prendido fuego a la impresora. Sebas intenta disimular una sonrisa, pero le brilla en los ojos. Y yo solo pienso: tierra, trágame.
Así, entre noticias bomba y ridículos, se me ha pasado el jueves. Y cada hora que pasa, el viernes se me clava más en el estómago.
Viernes, 18 de julio
Me despierto con el mismo nudo en el estómago. No es hambre, es viernes. Y este viernes lleva tatuado el reencuentro. Desde el primer café ya tengo las tripas enroscadas.
En la oficina, Lucía decide que hoy es el día perfecto para mejorar el “clima laboral”.
Traducción: meditación corporativa, mindfulness versión cutre. Esto es nuevo. Seguro que quiere impresionar a Sebas. Nos encierra en la sala de juntas, baja las persianas y pone música de ballenas. Todos con los ojos cerrados, respirando profundo, como si fuéramos una secta de mamíferos marinos.
Yo intento concentrarme, pero la verdad es que la música de ballenas me pone cachonda. Aunque no son las ballenas. Lo que me excita, lo que me enciende de verdad, es pensar en lo que puede pasar por la noche. Cuando abro los ojos, Lucía me está mirando. Sospecha que no estoy respirando por la empresa, sino por otra cosa. Y tiene razón.
Ahora, ya en casa, pienso que Simón no me ha vuelto a escribir desde el martes. No puedo dejar de mirar el teléfono. Y me atraviesa la idea de que a lo mejor hoy tampoco lo hace…
Continuará…
@Emecé Condado
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