Por aquel entonces, hace unos cuantos cuerpos, sabías cómo pedir tus sueños a domicilio. Dormías en forma de signo de interrogación y el lado vacío de la cama era la respuesta silenciosa. Ahora el silencio se rompe cuando abres la puerta tarde, aturdido. Ahora los sueños son manos de extraños, con los rostros tapados, que dejan un paquete en el umbral, intacto, que encuentras demasiado tarde, al estar amortiguado el ruido del timbre. Pides más de lo que necesitas. Mientes diciendo que están rotos y te reembolsan el importe y te quedas con esos sueños. Te mientes a ti mismo: no los quieres, no sabes dónde ponerlos. Frágiles, con este lado hacia arriba, ahora están medio usados y escondidos debajo de tu cama deshecha. Ahora las ensoñaciones te despiertan a horas intempestivas de la noche, con ese estremecimiento como si estuvieras soñando que estás en caída libre o volando y luego todo se detiene. Nada es suficiente; la nada es demasiado. No puedes decirles que no, aunque tampoco puedes decirles que sí y perseguirlos hasta el final; eso estropearía estos sueños. Además, ni siquiera son tuyos. Más o menos. Dormir sin quitarte la ropa de la calle te hace soñar con el papel burbuja en el que venían envueltos estos sueños. Nunca terminas de explotar las burbujas; tu habitación huele a plástico. En las próximas noches, no quieres más sueños, sino el sonido de las burbujas al explotar; no espuma, sino segundos de saliva salpicada como el rocío de las olas. A tirarlo todo excepto el envoltorio. Peligro de asfixia. Solo entonces podrás cerrarlo del todo, olvidar todos esos olvidos, dejar de sentir esos sueños y ese cuerpo como propios. A dormir boca arriba, recto, correctamente, mirando al techo. A dormir como hace unos cuantos cuerpos, un alguien de camino al trabajo, entregado, soñando despierto con no soñar más, adelante, recto, correctamente. No todas las burbujas estallan
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