jueves, abril 23 2026

EPÍLOGO By Raquel Villanueva

Relato incluido en Relatos de una Adoratriz

No sé cuando lo decidí, uno nunca es consciente de este tipo de decisiones, principalmente porque éstas no llegan de un día para otro, ni se producen así, sin más; al menos las de este tipo. Diría yo más bien que son éstas el producto de las circunstancias, como si ellas, las circunstancias precisamente, fueran un fuego lento, muy lento, en el que se van cocinando, hasta que llega el momento en el que están preparadas, perfectamente tiernas para ser digeridas.

Le amo, independientemente de todo, le amo. No, no creo que una cosa sea incompatible con la otra, yo diría que son complementarías. Tengo claro que él es la persona con la que quiero compartir mi vida, la persona con la que quiero envejecer. Él es parte de mí, parte de mi mente y de mi cuerpo. No entendería mi vida sin su presencia, ya que allí donde poso mi mirada, allí donde tocan mis manos, está él.

Dicen que uno se enamora tres veces en la vida, al menos eso es lo que una vez escuché. Una persona solo tiene capacidad para enamorarse ese máximo número de veces. Quizás sea cierto, en mi caso al menos lo ha sido. El enamoramiento es un sentimiento tan  complejo y al mismo tiempo tan agotador, que sería difícil, y yo diría hasta imposible, el poder soportarlo más allá de esas tres veces.

Me he enamorado tres veces. Él es esa tercera vez, por tanto, se que si mi tiempo a su lado terminara, también lo haría mi capacidad de amar, entonces ¿para qué querría seguir viviendo?, ¿qué sentido tendría ya nada? Porque yo no entiendo la vida sin amor, y en contra de lo que muchos mantienen: que uno puede amar un trabajo, un paisaje, una simple afición, yo afirmo y rebato aquí que eso es mentira. Lo que de verdad se necesita es amar a una persona. No me vale enamorarme de ideas, de conceptos inertes, de ilusiones que no respiran ni palpitan con un verdadero corazón. Hay que enamorarse de aquello que sabemos puede dejarnos, de aquello que tememos poder perder. Las ideas, las aficiones, los paisajes, solo nos abandonan si nosotros queremos, por lo tanto, no es factible, no es posible enamorarse de algo así. Uno no puede enamorarse de aquello que tiene seguro, porque en la seguridad nunca podremos encontrar el miedo, o el ansía de más, no podremos encontrar el deseo…

El deseo, ahí radica el problema, al menos el mío. Mi deseo de él nunca se ve colmado, es por ello, por lo que a pesar del tiempo transcurrido, creo que sigo tan unida, tan necesitada, tan enamorada de él. Pero eso también es lo que  me ha llevado a esto otro. Y es que tal como comentaba al principio, las circunstancias lo son todo.

¿Qué es real? Todo aquello que creamos será real para nosotros, independientemente de que los demás crean o no en ello. No creo en la existencia de un solo mundo, creo en la existencia de cientos, de miles, de millones de mundos paralelos al nuestro. Cada persona es un mundo. Sus ideas, creencias, son su propio mundo. De esta forma, no existe una sola verdad, es imposible la existencia de una sola verdad verdadera. Cada persona tiene la suya propia, y ninguna quita legitimidad a otra.

No sé cuándo comencé a serle infiel. Quizás desde el primer día, o quizás nunca se lo he sido. Me pregunto cada día a mí misma: ¿qué es ser infiel? Mi infidelidad es un mero acto físico que necesito, la mera saciedad de mi deseo. Nunca se lo he contado, no veo necesidad de ello, ahora bien, nunca le he mentido, ya que, que yo sepa, la omisión nunca es mentira. El hecho de consumar mis deseos en otros brazos, no minimiza para nada lo que por él siento. Sé que hay gente que reprobaría esta conducta. La gente es muy dada a criticar aquello que no entiende, a rechazar aquello que desearían hacer y no tienen valor para ello.

Soy feliz. Feliz con mi amor plenamente correspondido. Feliz con mi deseo cubierto. Aún así, no puedo evitar el sentimiento de egoísmo que me asalta algunos días, y no precisamente para con él, ya que a él me entrego por entero, sino con aquel con el que solo satisfago mi deseo. Sé que éste otro es un mero instrumento, sin más implicación que conseguir una recíproca saciedad. Al contrario que en el enamoramiento, en el deseo no puede darse medida. He deseado infinidad de veces, sería imposible acordarme de todas las personas a las que he deseado, ya que algunas solo han sido deseadas un momento. Hay deseos que solo son instante. El deseo es fugaz, perecedero y a veces demasiado concreto. Se desean unos ojos, unos labios, unas manos…

No sé hasta dónde ni hasta cuándo podrá durar esto. Me gustaría poder compartir todo con él, pero sé que no lo entendería. Por otra parte, reconozco que de producirse algo similar de forma contraria, aún no tengo claro como me lo tomaría, el amor es posesivo y celoso por naturaleza.

Me dejo llevar, al menos de momento, en el paso del tiempo. Tengo muy claro a quien de verdad quiero y a quien  meramente deseo poseer.

Al fin y al cabo, el deseo es momento, un momento no es toda una vida, solamente es un pellizco de ella. Así que seguiré escribiendo…


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