Respiro…
Respiro el aire que viene del mar.
Me envuelve la brisa del norte,
esa brisa
con aroma de arenas doradas
y de conchas
pequeñas, grandes, diminutas
o alargadas mezcladas con mágicas
caracolas húmedas en la orilla
Cuando despierto
camino despacio, muy despacio
por el Paseo del Muro.
Desde la iglesia de San Pedro
voy marcando mis huellas en la
húmeda arena de la playa.
Sí, la de San Lorenzo que me guía
buscando el río Piles.
Espejo son sus aguas
antes de besar el mar, ese tan
azul, en su blanco oleaje.
Espejo dónde se reflejan
el Parque de Isabel La Católica y
el Parque de los Hermanos Castro,
Cristal dónde se mira
domingo a domingo el Molinón.
Cristal único de serena calma dónde
el corazón se detiene un instante
escuchando el vuelo silencioso
y el canto hechicero de las aves.
Sentado en la arena
de la Playa de Poniente, respiro…
respiro hondo viendo los barcos
llegar.
Respiro la brisa, su aroma marino
pisando descalzo la orilla de agua
en la Playa del Arbeyal
Respiro, respiro…
el perfume de las flores que nacen
en el Jardín Botánico Atlántico.
Lo perciben mis sentidos
entre árboles y plantas
de tierras lejanas.
Llegan a mí los versos recitados
con voz y alma como hechizo
temprano al despuntar el alba.
Respiro, tomo aire y camino
por el Parque de los Pericones,
verde, verde.
A la sombra, cierro los párpados…
Paseo las calles.
Escucho las notas, los cantos
que rezuman las paredes del
Teatro Jovellanos y entran en mi
corazón
Paseo las calles, las plazas,
las fuentes de aguas cristalinas
y sonidos mágicos.
Miro al horizonte,
al sol que se baña vespertino
pintando de ámbar y grana
el barrio Cimadevilla.
Sus casas, sus iglesias y palacios,
la Plaza Mayor.
Pinta el sol cada rincón
con tonos serenos su origen romano,
pinta de atardecer
las Termas y las Murallas.
Abro los párpados sobre la hierba.
El cielo estrellado me mira,
me mira también la luna.
¡Es Gijón!
Respiro…
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