sábado, mayo 23 2026

La Ironía Del Deseo. by Fanny Santiago

Las palabras flotaban en el aire, punzantes y cargadas de un desprecio tan familiar que ya ni dolía. «Una mujer sin dignidad, poco o ningún valor.» Reinaldo gesticulaba, el rostro enrojecido, como si sus insultos pudieran borrar el deseo que lo había traído una vez más a mi apartamento. Yo lo miraba, cruzada de brazos, apoyada en el marco. La bata de seda negra, que para él era una provocación, para mí era solo comodidad.

— No entiendo por qué —murmuró iracundo—. No sé quién te crees para dirigirte a mí de esa manera.

Solté una risa corta, casi un resoplido. La ironía era tan obvia.

—¿Dirigirme a ti de qué manera, Reinaldo? ¿Con la verdad? Sí, soy prostituta. De eso vivo, con eso me mantengo, y por eso me ves como me ves.

Se acercó, ofendido por mi confesión. Yo no retrocedí.

—¿Acaso crees que eres mi dueño por los dos pesos que me das? —Mis palabras fueron una bofetada. Él se creía superior, con derecho a juzgar por pagar.

—Tengo mejores clientes que tú. Clientes de mente abierta que no intentan herir mis sentimientos. Hace mucho dejé de temer lo que un hombre pudiera pensar sobre mí.

Su mandíbula se tensó. Le había dado justo donde más le dolía: su ego.

—Tú que me consideras vulgar —continué, la voz ahora más baja y grave—. Analiza antes de hablar. Eres casado. No deberías engañar a tu mujer, esa «santa digna de devoción» que no tiene mi profesión. Deberías estar alabándola a ella, no siendo infiel conmigo.

 

La rabia se transformó en una vergüenza incómoda. El fantasma de su esposa se coló en la habitación, esa «virtuosa» a la que yo supuestamente debía envidiar. Pero no envidio a nadie, menos a una mujer a la que él maltrata con celos cuando no contesta una llamada.

—Sé que te gusto, no puedes negarlo. Me deseas. Odias que esté con otros, lo sé.

Mis palabras eran veneno dulce. El deseo en sus ojos era un fuego que ni toda su indignación podía apagar.

—¿Cómo puedes amar de esa manera? —Le pregunté, señalando la incoherencia. El desprecio a ella y el deseo por mí convivían en él de forma retorcida—. Deja los celos, Reinaldo. Los términos eran claros.

La vulnerabilidad cruzó sus ojos.

—Creo que no sabes lo frágil que es tu corazón. Ese hilo se romperá, y dañarás tu matrimonio por una prostituta que es más bella que tu esposa.

Me acerqué, acortando la distancia que lo mantenía a salvo.

—¿Qué te ha hecho pensar que yo llegaría a enamorarme de ti? Sé prudente. Tus amigos ya saben en qué andas. Mi reputación no te conviene. Hazte un favor y usa la cabeza.

Me contuve de abofetearlo. Me aparté y cerré la puerta. Él se quedó estático, mudo y humillado.

—No soy tuya —le dije de espaldas, sin mirarlo, con la voz firme—. Soy del mejor postor, mientras me paguen. Soy de quien paga, pero no una propiedad.

La puerta se cerró. El silencio me envolvió, un alivio fresco. Reinaldo, con sus celos y complejos, se había ido. Y yo volví a ser solo yo. Una mujer libre.


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