Lo intangible by Nacho Valdés

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Estamos rodeados de elementos abstractos y etéreos despreciados por su mera condición, aunque, de detenernos un instante en su análisis, podríamos comprobar la importancia de su existencia. Es más, resulta perentorio alimentar ciertos campos, pues, en caso contrario, quedaremos abandonados al albur y deseo de arribistas y diletantes de toda ralea. En el presente prima, después del triunfo del individualismo más crudo, el producto cuantificable y medible –esto ya fue denunciado en toda época y momento por la intelectualidad–. Es decir, se impone la materialidad del vil metal y hemos llegado a confundir el ser con el poseer.  Se produce, pues, el cruce entre el valor mercantil y el mérito humano, y los absurdamente ricos son aupados a los altares de la contemporaneidad para convertirse en modelos antropológicos. El hecho de conseguir dinero, si bien positivo, no resulta como se pretende la meta última para la condición humana. Más bien al contrario, el éxito económico debiera implicar el pasaporte para la posibilidad de una vida entregada a los placeres genuinamente humanos que, si nos dejamos guiar por la sabiduría clásica, coinciden con la creatividad y el intelecto. No cabe duda de que las grandes fortunas se escoltan de ciertas destrezas de enorme valor, pero no por ello la acumulación compulsiva, como sucede en innumerables casos, debiera entenderse como el sentido final de la acción. ¿Qué sucede con literatos, filósofos, políticos –en su sentido radicalmente comunitario– o los científicos teóricos empeñados en el fomento de disciplinas que no ofrecen un rédito inmediato? Son postergados e incluso ridiculizados en este mundo surcado por la aceleración y la conquista de ganancias. No obstante, y como había anunciado en las primeras líneas, dejamos abandonados ámbitos absolutamente imprescindibles para comprender qué somos y hacia dónde nos dirigimos. Algo sin cabida en un balance de resultados anual.

El mundo de la cultura, respaldado por todo tipo de actividades en apariencia inservibles, marca la hoja de ruta de nuestras posibilidades. Si vivimos en un modelo social determinado o nos acercamos a la realidad con unas herramientas cognitivas concretas es gracias a la tarea titánica de los gigantes intelectuales que nos han precedido y sobre cuyos hombros, como recordaba Umberto Eco, nos elevamos para traspasar el horizonte visible. Se trata de algo tan indispensable e invisible como el aire; respiramos de manera automática sin reparar en una operación repetida en infinidad de ocasiones y que nos procura la vida. La cultura tiene este sentido intangible, abstracto e inclasificable que, sin embargo, hace que seamos lo que somos y que podamos organizar el futuro bajo el parapeto de la colectividad. Nuestro sentido identitario depende en gran medida de todos estos constructos sin finalidad aparente, pero que terminan por ofrecer respuesta a una de las preguntas más radicales a enfrentar: ¿Quiénes somos? Esto es ve claro en un ejemplo tópico como el Quijote. ¿Qué buscaba Cervantes con la escritura de su obra? A buen seguro que una novedad novelesca como la mencionada no permitía predecir el éxito posterior y lo que es un hecho es que el autor no alcanzó la gloria literaria y económica durante su vida. Sin embargo, esta novela forma parte de nuestro ser, de las letras universales, del universo hispano hablante y del cosmos artístico en un sentido amplio y general. ¿Quién recuerda a los grandes comerciantes del periodo cervantino? ¿Qué ha sido de todos aquellos que buscaron el rédito financiero? Absolutamente nada, han pasado al olvido más oscuro y absoluto.

Las actividades eminentemente intelectuales, con la salvedad de ejemplos como el precedente, suelen resultar solitarias y quizás un tanto anómalas para un amplio conjunto de la comunidad. Sin embargo, este tesón hacia lo improductivo permite la conformación del espacio reflexivo y patrimonial en el que nos movemos. Es más, ofrecen satisfacción a la curiosidad e inclinaciones propias del ser humano. De esto sabían los griegos clásicos cuando defendían una noción de paideia que incluía el ámbito interno en conjunción con el externo. El modelo humano para esta época hacía de la belleza, entendida desde una perspectiva no solo física sino también intelectual, el proyecto para la construcción de la polis y de los ciudadanos en ella incluidos. Las actividades remuneradas se consideraban ajenas a la areté entendida como la excelencia a perseguir en la dimensión de raíz humana vinculada con lo intelectivo. La simple techné, si bien válida para los espíritus menos elevados, no conjugaba con lo excelso y elevado perseguido por la formación integral representada en la paideia. No obstante, hemos extraviado este sentido de lo sublime y hemos abrazado la posesión de lo material como remedo del ser, pues el que tiene no es, de manera obligatoria, en un sentido excelso.

Debiéramos atender a estos elementos devaluados e incluso perseguidos ya que arrojarían luz a una época un tanto opaca y carente de objetivos verdaderamente grandilocuentes. La idea de colectividad de desgaja, el populismo avanza y quizás esto no sean más que síntomas de los recortes en educación, ciencia y cultura que venimos sufriendo desde el estallido de la crisis económica de 2008. No es, por tanto, una cuestión baladí dado que esta merma de lo intangible y esta orientación hacia lo concreto podría entenderse como una hoja de ruta que nos permite comprender la emergencia de movimientos sociales orientados a la aniquilación de lo compartido. ¿No es absurdo alimentar la maquinaría que va a acabar contigo? La respuesta parece obvia, pero padecemos el descarrío de nuestra condición crítica. Quizás, en el fondo, la mejor inversión para sobrevivir como colectivo se encuentre en todas estas actividades improductivas que tanto nos ofrecen y que a algunos ofenden.


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