sábado, mayo 23 2026

Paredes blancas por Vanesa Zamora Acosta

Me despierto sobre las nueve de la mañana, como siempre. El ventanuco de la puerta quedó abierto anoche y la clara luz del amanecer entra a raudales. Parece que hace un día soleado, aunque aquí dentro el sol nunca calienta, nunca ilumina del todo. Su brillo se queda atrapado en estas paredes blancas, acolchadas, que me observan en silencio como si quisieran tragarme.

Lo primero que hago al salir de mi habitación es saludar a mi vecino:

—Hola, Tim. A ver qué tal se nos da hoy el día.

—Hola, Mor —responde él, con esa voz cansada que nunca cambia de tono.

Nos levantamos casi al mismo tiempo, sincronizados como marionetas, y nos dirigimos al comedor común. El pasillo huele a lejía y a humedad. El suelo cruje bajo los pasos de los celadores, que nos siguen con la mirada como perros de presa. Sé que nos escuchan incluso cuando callamos.

El comedor está iluminado con tubos fluorescentes que parpadean de forma irregular, como si quisieran transmitir mensajes en clave. Me siento frente a Tim, con un cuenco de café aguado y pan duro.

—Llevo aquí poco más de una semana —le digo, bajando la voz—, pero sé lo que está pasando allá afuera, en mi comarca, en nuestro reino.

Tim mastica sin decir nada, pero yo continúo:

—No todos lo saben. Solo unos pocos vemos la verdad. Los demás obedecen por miedo: miedo a perder sus casas, miedo a que les arranquen lo poco que tienen. Nuestro “querido rey” manda a sus soldados casa por casa para exigir diezmos imposibles y quedarse con la cosecha entera. Y quien se resista… ya sabes cómo termina. —Me acerco más y casi le susurro—: expropiación, tortura, ejecución.

Los celadores nos miran. Fingen indiferencia, pero sé que registran cada palabra en sus libretas. No son guardianes… son espías del rey infiltrados en este lugar. Aquí dentro no solo encierran locos: también encierran a los que saben demasiado.

Tim sonríe con los labios manchados de café. No estoy seguro de si me cree o si solo disfruta viendo cómo me hundo.

—Aquí dicen que estamos enfermos, Tim. Pero yo no lo estoy. Tú tampoco. Ellos son los enfermos, ¿lo entiendes? El mundo allá afuera se pudre, y aquí dentro pretenden silenciarnos.

Las paredes blancas no son para protegernos. No. Son para que nadie pueda oír lo que sucede dentro de las celdas por la noche. Yo lo sé porque las escucho. Cuando todos duermen, las paredes susurran. Se llenan de voces. Voces que hablan del hambre, del miedo, de hogueras encendidas en la plaza del reino. Voces que me repiten lo mismo, siempre lo mismo:

“No olvides quién eres. No olvides lo que debes hacer.”

A veces pienso que Tim también las oye, pero no lo confiesa. Tiene miedo, como los demás. Yo no.

Hoy me he dado cuenta de algo: los guardias cambian de turnos a las tres de la madrugada.

Justo a esa hora el pasillo queda en silencio durante unos minutos. Ese es el momento perfecto. No sé aún qué haré, pero debo hacerlo. El reino me necesita, aunque intenten ocultarlo.

No estoy loco. Estoy despierto. Ellos son los que duermen.

Tim me mira de pronto con los ojos muy abiertos. Yo sigo hablando, pero noto que su mirada desciende a mis manos. Miro también: el cuchillo del desayuno está entre mis dedos, y hay sangre en mis palmas. No sé cuándo he empezado a apretar tanto que me he cortado. Me tiembla todo el cuerpo. Las paredes ya no susurran: ahora gritan mi nombre.

Tim sigue ahí, inmóvil, y por primera vez soy yo quien tiene miedo.

@Vanessa Zamora

@Imagen Pinterest


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