Hoy necesito sentirme especial. Para ello he recurrido a la genial creación de Giacomo Pirandelli, barón de Styletto, y me he calzado unos maravillosos zapatos. Son provocativos, y gracias a su tacón de aguja de punta fina de casi diez centímetros muy altos.
Aupada en ellos me encuentro diferente, otra mujer elegante y sofisticada.
Bandean sin pudor el concepto simbólico de sexualidad, agresividad y fetichismo. Me siento una mujer moderna, elegante y letal gracias a que ellos estilizan mi figura, y aportan a mis piernas un atractivo único.
A penas media hora después de haber salido de casa empoderada, feliz y con el objetivo de deslumbrar a todos aquellos que se crucen en mi camino, mi propósito se ha chafado.
Los pies no encuentran acomodo en la estrecha horma y han comenzado un proceso de inflamación que da paso a infernales deseos.
Ya no son un sinónimo de fuerza, poder y sensualidad. Ni un icono que muestra mi feminidad en cada pisada.
En este instante les considero un artilugio diabólico que con satánicas intenciones secuestra mis pies. Un instrumento que convierte mi vida en un rosario de infernales dolores.
No son un complemento elegante, exclusivo y versátil, son un luciferino artefacto que lastra mis ganas de vivir.
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