jueves, septiembre 3 2026

Carta 6: María, a bordo de su mesa by Félix Molina

María no sabe de otra rima que la de las palabras españolas. Aceite. Crujir. Verano. Su poesía es nuestro andar por las cosas de cada trimestre, de todos los lunes o los jueves. Chorizo. Chocolate. Chacha (no se olviden, académicos: la ch dentro de la c). Su geografía es la de los sinónimos, entretenidos entre la península de la duda y el ancho mar del uso. Lluvia. Llamar. Llanto (recuerden, académicos: la ll siempre dentro de la l).

María es hija de una mesa y sobrina de una regla donde va señalando, derramadas sobre la miel de sus años, las palabras. Romo. Rama. Refugio. Su salud es la de las fichas donde apunta, una tras otro, las voces y los usos, mezclados con el recuerdo, que también anota lo suyo (saltándose el orden ortográfico). Pan. Corazón. Derrota.

María no sabe de más sumas y más restas que las de la costumbre de nuestro hablar: nuestro contar en las novelas, nuestro decir en los rellanos de una escalera, nuestro rezongar entre trastos y minucias.

Hace ya mucho tiempo que María no tiene otra aspiración que la de la h muda, hace muchos trienios que María solo es reina de sus antónimos, hace casi medio siglo que su academia es la loncha que colocamos entre todo nuestro afán para que las palabras lleguen a quien buenamente tengan que llegar.

Y que los otros, al fin, las comprendan.

 

María Moliner (1900-1981) es la filóloga (encuentro muy pequeños los nombres de lexicógrafa o archivera) que pule con la ayuda de unas fichas y su vida el Diccionario de uso del español que han hecho suyo, como un libro más de sus bibliotecas, García Márquez o Javier Marías. No la aceptaron, no, en la (I)Real Academia de la Lengua, pero poca autoridad hay mayor que la suya para hablar de la lengua que hablamos todos nuestros días y nuestras noches. La soledad de su empeño ha merecido varias calles, algunas bibliotecas, más de un colegio, unos cuantos institutos, un sello, una obra de teatro, casi una novela… y la modestia de esta troquelación, encendida como una rosa.


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