domingo, septiembre 6 2026

La ciudad donde no había cementerios by Marcos B. Tanis

Los niños jugaban en el parque en ese momento, más allá, una pareja de ancianos caminaba a prisa; seguidos de un perro que parecía su guía. En ese ínterin, el balón había traspasado la calle y otro sujeto justo apareció para devolverles de nuevo.

—Gracias —gritaron al unísono. Tras ello, volvieron a correr tras el balón y vitoreaban alegrías.

Algunas nubes viajaban con lentitud y el cielo, de un índigo escenario creaba mágicas mañanas y de noche parecía un cuadro de Vincent van Gogh. Los girasoles ornaban las veredas y las flores del lapacho, parecían alfombras multicolores.

Edificios de hasta cuarenta pisos, vehículos guiados por conexión satelital, hombres sobre patines eléctricos y drones que dispersaban noticias en el aire. El futuro ha llegado en todas sus formas; los electrodomésticos eran activados con huellas dactilares, el agua era transportado por acueductos con filtros y no existían los cables eléctricos en ningún lugar. Toda la energía era por generación eólica y por paneles solares.

Androides que custodiaban las calles; también eran agentes de tránsito, profesores, médicos y hasta sacerdotes. El diezmo se hacía ahora por transferencia bancaria y hasta se vendía terrenos en el cielo. Pese a los años, la gente seguía cayendo en las argucias religiosas y ni, aunque haya otra aniquilación, no bastaba para que los feligreses aprendieran a diferenciar lo que se creó para creer, por aquello que queríamos crear.  Un dios verdadero, él único.

Desde que se trasladaron hasta ese lugar, nadie ha presenciado un accidente o tan siquiera una sola pelea. Porque cada habitante tenía un chip con sensores de energía y cuando había pulsaciones que podrían perjudicar el comportamiento humano, se activaba una inyección de dispersión que modificaba el flujo sanguíneo y este se iba directo al cerebro. Esto hacía que se reiniciaran los recuerdos hasta el punto exacto en que ocurría la incidencia y se reescribiera el código para recrear otro escenario.

Las enfermedades se habían erradicado por completo y él último niño que nació fue hace diez años atrás. Ninguna mujer ha quedado preñada desde entonces y no porque no quisieran, ya que apenas tenían la primera regla, estas eran hospitalizadas para una pequeña incisión para sellar las trompas de Falopio y si de pronto alguna que otra pasaba desapercibida, para mayor seguridad y que el control de la población siga en curso; a los niños que cumplían doce años, le practicaban la vasectomía. Quizá era una solución radical, pero desde la última vez que la Tierra empezó de cero, fue porque hubo una superpoblación y ya no había ni peces, ni frutas para alimentar a ningún ser vivo. Se mataba para vivir en ese entonces y ahora la situación cambió por completo.

Los niños del aula se asombraron tras escuchar el relato que escribió el pequeño Ramón, del cuarto grado. Incluso su profesora se había sorprendido por su agilidad mental.

—¿Tú lo escribiste? —Interrogó la profesora, aún no salía del asombro.

—Sí, anoche, después de cenar —confirmó él.

—Dirán que es demasiado… para un niño de tu edad y creerán que alguien lo hizo por ti —correspondió la profesora.

Ramón se quedó observándola, era lo que temía y la razón por el cual no quiso leerlo en público.

—Siempre nos limitan a decir lo que otros quieren escuchar —su voz vino envenenada de verdades. Los demás niños dijeron ¡oh!, al mismo tiempo.

Si antes estaba sorprendida, ahora su profesora abrió los ojos como platos. Sintió que había sido humillada, vapuleada por un razonamiento lógico, sobre todo, que fue un niño quien se lo dijo.

—Está bien, presentaremos tu relato y veremos qué tal no va.

Era un concurso literario para niños y era de libre creación, no importaba el género, sino explotar la imaginación a través de la escritura e impulsar de algún modo el ocio a la lectura.

Ramón cambió de la tristeza a la alegría en segundos y luego se sentó en su pupitre mientas su compañera de aula, Alicia; narraba otra historia, era sobre una abuela que fabricó una tela que se modificaba con el tacto y se autodestruía en el primer lavado.

Ambas historias habían llegado a la final, pero les ganó otro relato de un niño del sexto grado. Jorge González escribió sobre la historia donde dos hermanos siameses se enamoraron de la misma mujer y de aquel amor nacieron gemelos, pero eran sanos y hermosos y el mensaje final fue que el amor puede transformarlo todo.

©2025 Marcos B. Tanis.


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